Y yo con estas barbas

Relatos sobre mis experiencias y expectativas como padre novato


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Día del Padre

Este pasado sábado, hace dos días, ha sido el Día del Padre.

Y seguramente, en mis ocho años como padre, no estoy muy lejos de afirmar que seguramente ha sido el año en que menos ilusión me ha hecho esta fecha.

En general, soy de esta gente triste, rancia y estúpida que minusvalora el hecho de pasar etapas atendiendo al calendario anual: no me hace especial gracia ni ilusión ni mi cumpleaños (raro es el año que lo celebro con algo…) ni los cumpleaños ajenos. Para mí, San Valentín no existiría (de nos ser porque suelo comprarle una planta cada año a mi Churri, por la coña. Bueno, solía, más bien, que ya ni eso, porque me dijo que no quería tener más cadáveres sobre su conciencia, y he desistido por tanto, del tema…), y no os miento si os digo que me cuesta recordar mi fecha de aniversario de boda, ni especial interés que tengo. Por supuesto, tampoco he tenido nunca un «santo» que celebrar.

No es una falta de romanticismo, o algo así… Es que lo de que pase el tiempo supongo que no me hace especial ilusión. De toda la vida ha sido así, y ya está. Alguna inmadurez latente, o algún carajo de eso, qué sé yo. Taritas tontas que tiene uno y ya está. Supongo que veo lo de caer hojas del calendario desde la parte del vaso medio vacío, en lugar de alegrarme por ir pasando etapas, que sería la parte del vaso medio lleno. Y con el Día del Padre me ha pasado siempre un poco igual, como con tantas cosas.

Reconozco que hay celebraciones que a lo mejor se me escapan un poco. Uno es padre, o debería serlo y ejercer como tal, los 365 días al año, y no sé muy bien qué hay detrás de celebrar algo así puntualmente más allá del pelotazo mercadotécnico. Pero reconozco igualmente que bien se puede usar este día como pequeño punto de inflexión para pararse y reflexionar sobre de dónde viene uno y hacia dónde se está dirigiendo.

Como proponen mis queridos papis blogueros, este año uso estos cinco minutos de reflexión para pensar en cómo llevo todo esto; en si de verdad soy el padre que pensaba que sería. Y no, por supuesto que no. Pero tampoco el margen entre uno y otro es algo tremendamente exagerado, por el simple motivo de que nunca he pretendido tampoco ser nada del otro jueves. Quizás suene un poco triste dicho así, pero mis metas como padre son en esencia bastante humildes, en general. Bueno, no sé si humildes, pero desde luego, no grandilocuentes. Lo de conquistar el mundo se lo dejo al Dr. Maligno y a su Mini-Yo.

Y es que creo que en lo básico, sigo cumpliendo: mis criaturas siguen vivas y coleando (¡minipunto para mi Churri y para mí!). Siguen teniendo todas sus extremidades, sus órganos y sus funciones motoras en perfecto estado (más allá de algún hueso fisurado, y esas cosas de ir como críos por la calle…) Siguen creciendo sanos y aparentemente felices (con sus pequeños chascos y berrinches cotidianos lícitos y autorizados de dramachildren…) y no les falta su plato en la mesa, su ropa, su cama, su techo, su educación, su abundante ración de afecto e incluso una más que aceptable presencia de dádivas de las llamadas «superfluas», a las que también tienen su derecho de vez en cuando.

Habrá quienes deseen un futuro lleno de gloria olímpica para sus pequeños. Lleno de abundancia económica o de triunfos laborales. Claro que yo también quiero que triunfen en lo laboral, nos ha jodío, pero no para que simplemente lleven una vida desahogada en lo financiero (que sí, no vayamos de flowerpawers ahora), sino más bien mi anhelo es aspirar a que logren algo que igual suena más a mundano, pero que igualmente me parece algo bastante complejo y complicado de conseguir:

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Yo quisiera que encuentren el camino hacia un desarrollo que vaya en sintonía con sus creencias y su confort, con el que se sientan a gusto y a ser posible disfruten y sean felices, lejos de la alienación, la explotación y el sufrimiento sin sentido. Eso es a lo que realmente aspiro como padre, hoy día.

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Si consiguen eso y además se ganan bien y honradamente la vida, me sentiré la persona más afortunada del planeta.

Pero centrándome en el tema y yendo más al hilo de la cuestión, sí, mentiría si no dijese que…

Me imaginaba viajando mucho más con ellos. Y el «caserismo» nos puede y nos arrastra a todos.

Me imaginaba más resolutivo. Y sigo dejando en manos de mi Churri muchas más cosas de las que debería. Sigo trabajando en ello, y sé que no es excusa.

Me imaginaba dándoles un hogar mejor que el que tienen, pero mi inmovilismo frente al cambio hace que mis contradicciones salgan a flote azotándome a la cara cada dos días y medio.

Me imaginaba compartiendo con ellos muchas cosas que luego descubres que a día de hoy, todavía no les interesan una mierda. Así que aquí sigo, esperando, pero sin arrojar la toalla.

Me imaginaba, de la misma manera, compartiendo con ellos muchas cosas que luego descubres también que en el fondo a ti no te interesan, o no te apetecen, otra mierda. El término «librarse de…» realmente adquiere otra dimensión cuando uno se mete en esto, por fortuna o por desgracia.

Me imaginaba que podría manejar las cosas de otra manera, y resulta que me cuesta aguantarme incluso a mí mismo muchas más veces de lo que me hubiera pensado. Imagínate a ellos.

Me imaginaba con más energía. Así, a secas. No le voy a añadir más coletilla a este punto. Ya tú sabeh…

Me imaginaba más organizado. Y a veces pienso si el caos que a veces veo en ellos no empieza por el reflejo que les proyectamos. -‘Abraza el caos…’- predica en cambio y con razón una sabia que conozco.

Me imaginaba un futuro más luminoso, pero parece que la sociedad se empeña cada vez más en arrojar capas de tinieblas y escombros sobre todos y sobre todo. -‘Corren malos tiempos para los soñadores…’- dijo el poeta. O quizás eso también lo he soñado.

Lo sé. Tengo todavía demasiadas cosas en el «debe» del zurrón de la familia y la paternidad. Pero bueno… -‘Esto es una carrera de fondo, amigo mío…’- dijo el filósofo. O algo así. Pero como este, esta es otra cosa que cada vez me voy tomando con más… filosofía.

Pensar demasiado en el padre que quieres ser está bien, pero prefiero bajar a la realidad e ir bregando con las cosas tal y como van viniendo, y a día de hoy prefiero no perder el norte y poner los checks verdes a lo básico y realmente importante. Supongo que tener metas está muy bien, pero en este tema, ya me va bien simplemente recorriendo los kilómetros feliz de no caerme en una montonera en medio del pelotón, y salir de ahí rezando aquel -‘Virgencita, virgencita, que nos quedemos como estamos…’- que decía el verdadero creyente.

-‘¡Estos críos de hoy en día viven de puta madre…! Ya tirarán p’alante…’- Dijo también el cuñao de alguien. Y algo de razón también habría que darle, sorprendentemente. Al menos eso espero.

Por causas diversas… Cosas que veo flotando en el ambiente… Circunstancias familiares… Llamadlo X... No estaba siendo un Día del Padre especialmente interesante, como os comentaba al empezar. Cero interés. Cero ilusión. Menos ganas que nunca.

Pero en estas que llega mi hijo, y me hizo espontáneamente un retrato en cero coma. Y me lo regaló. Por ser el Día del Padre. También me regalaron otro par de detalles más tarde: un sacapuntas eléctrico y una goma de borrar eléctrica. ¡Qué flipe! Y eso mejoró ampliamente mi día. ¡Minipunto para mi chico y minipunto para mis chicas!

Creo que nunca me he visto tan guapetón.

Mis hijos me quieren, y disfrutan a su manera del Día del Padre. Y eso me parece perfecto. Yo, a mi tosca manera, seguramente también, aunque me cueste demostrarlo.

No podría pedir nada mejor para este día. Quizás no soy el padre que alguna vez pensé que sería, pero… ¿Y quién lo es? Y además… ¿Qué importa en realidad? Seguiré intentando ser el mejor papá para vosotros, que es lo que cuenta. Y prometo (intentar), eso sí, venga, no ser el padre más soso y flojainas de nuestro portal.

Os quiero.

PD01: ¡Ah…! Si estás pasando también por estos pensamientos, no te juzgues demasiado duro. Seguramente lo estás haciendo mucho mejor de lo que crees. Repasa los básicos que te decía arriba, y verás. Y te recomiendo este hilo de Twitter, bien puedes aplicártelo a ti mismo, casi seguro. 😉

PD02: este post viene a cuento como participación en la iniciativa del #MesPadre ’22 de Papás Blogueros, con la propuesta «No soy el padre que pensaba que sería».


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El anillo de mi amigo Carlos

Hay cosas que por mucho que pase el tiempo, parecen no cambiar. Cosas que se repiten. Cosas por las que pasamos este, aquel y el de más allá. Cosas que nos resuenan en la cabeza, por haberlas vivido ya en otros. Cosas que nos sirven de puente, y que de alguna manera, nos van conectando. Dejavús. Defectos en Matrix, o como lo quieras llamar. Sentimos ecos que no son sino reflejo de lo que a otro le pasó antes, y aquello que en su día observaste de lejos, te vuelve hoy de rebote como diciendo: -«¡Hey, que ahora vamos contigo, venga…!»-

Hace un rato, antes de comer, mi hijo pequeño estaba jugando con una pequeña linterna led. Es muy pequeña; apenas un juguetito. De hecho, es un remanente de muchas iguales, de colorines, que llegaron a casa hace ya año y pico como parte de un lote de detallitos chorras para repartir en la clase el día del cumpleaños. Una party bag de estas tan de moda, ya sabéis.

El caso es que la linterna lleva una gomita incorporada, lo que hace que te la puedas poner en un dedo, a modo de anillo. Ahora claro, imaginaos a un crío con cinco de estas en una mano, los dedos llenos, en una habitación medio oscura. La party, vamos. Un nuevo Jean Michel Jarre. O sea… Para eso son.

Y luego está lo otro… Que esta es de color verde. Y claro. Ahí tenemos al niño, danzando por casa con su anillo, todo flipado gritando aquello de… -«¡Soy Linterna Verdeeeee…! ¡FIUUUU… FIUUU… CHASSSSS!»- (Signifiquen lo que signifiquen esos fiufíus y esos chaschás).

Y he aquí, que entro de repente en una sensación curiosa… Extraña… De estar viviendo una situación que ya he vivido antes. Y no es una situación que viviera yo de pequeño, porque yo no era fan del bueno de Linterna Verde siendo tan pequeñito. Era más bien de acordarme de algo…

Lo que se me estaba viniendo a la memoria era ni más ni menos que una increíble experiencia, humana y lectora, que viví a través de las palabras que nos dejaba mi querido amigo Carlos, en una entrada de su blog, hace ya unos cuantos años. Yo había empezado con este blog ese mismo año, pocos meses antes, y en aquella época estaba a la caza y captura incesante de otros blogs sobre experiencias de paternidad que me llamasen la atención. Y el blog de Carlos, sus experiencias, su manera de narrar, me cautivaron desde el primer momento como un flechazo, como pocos blogs lo han vuelto a hacer.

Y de allí surgió una historia muy linda… Una pequeña llamada de auxilio que caló fuerte, que nos conquistó a muchos por la ternura que había detrás. Por la seria implicación que escondía. Carlos nos contó la historia del anillo de Linterna Verde de su hijo Martí. Un anillo de juguete muy chulo que compró para él. De cómo el crío se sintió engañado al volver del primer día de colegio, porque aquel añillo en realidad no tenía poderes, y de cómo la salida que encontró su padre para remediar, para intentar aliviar algo de esa pequeña tragedia familiar, fue echar mano de la gente que estábamos ahí, al otro lado, leyendo, escuchando ese eco de S.O.S., para mandarle algunas palabrillas al chaval… Un ánimo, una pizca de esperanza que reinflase quizás ese saco de ilusión que horas antes había estado lleno a rebosar, y ahora estaba desinflado por completo, pisoteado y por los suelos. Y la gente, los que leímos aquella historia, muchos, respondimos. Aquello nos caló. Le inundamos a mensajes…

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-«¡Hey, Martí! ¡En serio, chico…! La magia existe, créeme. Yo la veo a diario…»-

-«Hay un poder especial en ese anillo, de verdad. Ya lo verás un día de estos…»-

Y cosas similares. Mensajes de ánimo, de cariño…

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Todo esto nos lo relató Carlos en aquel momento, y sigue siendo una de las historias cotidianas más bonitas que recuerdo haberle leído a nadie en todos estos años, la verdad. Si no lo hiciste en su día, párate un momento a hacerlo, y bucea unos minutos en aquella historia, que no te arrepentirás.

Hoy me he vuelto a acordar de ella, al ver a mi pequeño corretear y disfrutar por la casa con su pequeña linterna verde. Mi pequeño, que tiene una edad cercana a la que tendría el pequeño Martí por aquel entonces. Pienso en que de alguna manera, me está tocando hoy a mí vivir lo que él vivió ya con su hijo hace unos pocos años. Misma situación. Mismos personajes. Estoy retomando aquella historia por la que pasó él, y por la que pasarían otros tantos antes que él.

Y por ello pienso en las conexiones. Las conexiones que nos unen. A ti y a mí. Lo que yo te leo. Lo que tú me cuentas. Lo que aprendo de ti. Lo que yo pueda enseñar (quizás…) a los demás. Y oye… Mola. Eso siempre ha molado. Somos pequeños cómplices y partícipes de las historias que leemos, escuchamos y compartimos. Porque al final, se trata de eso. Aprender. Y enseñar. Conectarnos. Expresarnos. Y que esa rueda no se pare nunca.

Está bien recordar esto de vez en cuando, en la era de la escalada del odio, la angustia, la pose, los jeiters y la desinformación de las redes. Que no se nos olvide que las redes, como redes que son, y estén construidas por el hilo de que estén construidas, son en esencia ese vehículo de traspaso de información por el cual siguen colándose en nuestras casas, las más bellas, tiernas, válidas, provechosas e interesantes historias.

Historias como las de una pequeña linterna led de luz verde.

(Por cierto… ¿Qué tendrá el puñetero Linterna Verde, eh…? Supongo, que un pedazo de anillo que mola todo un universo.)

El juramento de Linterna Verde


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Yo también me equivoco

Claro que me equivoco. ¡Por supuesto que me equivoco!

Constantemente.

Como tantas veces que he querido acceder al metro pretendiendo poder pasar, con toda mi cara de extrañeza, metiendo las llaves de casa en la ranura del billete de los tornos de la estación. O con su contrapartida, faltaría más, queriendo abrir la puerta de casa con el abono transportes.

Como aquella vez que regresando en avión desde Barcelona, en el viaje del paso del ecuador en la facultad, cuando una chica con cara aterrada se sentó a mi lado, en el pasillo, y le pidió a mi amigo David que por favor bajara la cortinilla de la ventana, que le tenía mucho miedo a las alturas, y al poco de despegar, al subirla, me asomé y dije en voz muy alta: -«Joder, pues sí que hay una buena hostia desde aquí arriba, sí…»- Y al ver la cara de mi amigo, pensé –«(¡Ups! Tierra, trágame…)»- Sí. Bocazas, el personaje del bueno de Corey Feldman en los Goonies, es un pringao a mi lado.

Como aquella vez que se me olvidó revisar (bien) la mochila que uso para llevar como equipaje de mano cuando voy en avión, y justo antes de facturar descubro de milagro que llevo dentro… …Mi navaja. (No, no soy un personaje de peli de Eloy de la Iglesia. Sí, es la navaja de cortar setas. Que es la misma mochila que uso para las excursiones. Malpensados.) Ahora que pienso, habría sido divertido explicar eso en el arco de seguridad. O no. Con mi familia y yendo con prisas, igual no.

Como aquella vez que le compré un ratón inalámbrico a mi cuñada para su portátil. Que luego no quiso, porque resultó que ya tenía otro. Y cuyo tique de compra perdí misteriosamente, por lo que no lo pude devolver. Y ahí se ha tirado años por casa esa cosa, okupando un espacio valioso y cotizado en un cajón.

Como aquella vez que en la reforma de nuestra casa, elegí unos azulejos blancos para el baño, la mar de bonitos. Que cuando llegaron a casa, resultaron que eran… Grises. Y hubo que comprar otra remesa, esta vez sí, de blancos de verdad. Cosas de las luces de las tiendas, gente. Yo qué sé… Qué queréis que os diga. El WTF todavía resuena en mi cabeza.

Como aquella vez que intenté estrenar la sartén pequeña de las tortitas… Y lo que salió de allí parecía más a regurgitado de orco. Eso sí, de orco gourmet, ojo. Que todavía hay niveles.

Como aquella vez que me compré aquel tebeo plastificado, porque la portada era muy molona. Y luego el interior era una mierda. O aquella, o aquella otra… Y aquella también. Y la de más allá. Y nunca los devolví, claro. Pero de todo se aprende. Ya no lo hago.

Como aquella vez que me compré unas playeras del 43. -«Joder qué justas están, ¿no? Bueno, esto cede rápido…»- Y un mes después de dolor de pies tras ir poniéndomelas cada día, resultaba que no cedían tan rápido como yo creía, las muy perracas. O quizás fueran dos meses. Porque si digo tres, a lo mejor ya me flipo demasiado… O no. Ya hace tiempo, la verdad.

Como aquella vez que te caíste con la bici, a principios de este verano, en mitad del parque, rodeada de adolescentes que se rieron, y yo no supe ver en aquel momento la vergüenza y la frustración en tus lágrimas que pedían a gritos la importancia de un padre defendiendo a su pequeña ante aquellos pringados y sus risas malhirientes. Que no lo fueron tanto, de verdad, pero sí ante tus ojos, que es lo que importaba. Y cuando me quise dar cuenta, ya era tarde. Mal, y tarde. Y nos volvimos andando a casa. Se acabó la bici ese día.

Pago suscripciones a servicios de los que luego no hago uso, y no me doy de baja. Tengo el Guinnes en perder cosas. En serio. Un día de estos os haré una lista… Dos de cada tres veces que como en un sitio exótico, me da la sensación de que he pedido el peor plato posible. O el peor postre, que para el caso, es lo mismo.

Vamos. Que pilláis el concepto, imagino. Papi se equivoca, queridos lechones míos. ¡Ya os digo que se equivoca! Aunque, como todo el mundo, nunca con mala intención.

 

El libro de Gloria Fuertes para niños y niñas, de Blackie Books

 

Como cuando se ha hecho tarde para ponernos a leer el cuento que me traes, y te digo que no da tiempo, que es muy largo, pero por contra, ¡venga! Mejor os leo algún poema rápido y bonito de esa cucada de libro monérrimo que es ‘El Libro de Gloria Fuertes para Niñas y Niños’, maravillosamente ilustrado por Malta Altés, que por azar no tocamos nunca y curiosamente tengo unas ganas locas de metéroslo en vena, que para eso me gasté la pasta con toda la ilusión del mundo. Y tú, que no, que quieres tu cuento del cole. Y yo, que no, que te leo este poema, verás… Tú escucha, siéntate aquí…

Erre que erre. Si tú, si yo… Como la canción de Kiko Veneno. Y de repente, te llevas tu cuento bajo el brazo, lo dejas en su sitio en la estantería, y te vas del salón cabizbaja, con el ceño fruncido, en silencio, cabreada, y con la palabra decepción pintada en la frente, enfilando hacia tu cama. Sin abrazo. Sin beso. Con la cara de bobo de tu padre con la palabra colgando de la boca… Tu hermano, en cambio, como pasa de todo, sigue a su bola dando brincos en el sofá, ajeno a la movida.

Claro que me equivoco, amoresmíos. ¡Igual estoy en el TOP 5000 de los que más se equivocan en el mundo! ¡Qué idiota! Obligar a una niña a leer algo que no quiere. Una lección que es de de Niñez. Pero de verdad quiero que sepas que no pretendía que te fueras de esa manera. ¡Ay, ese carácter tuyo, cariño…! Tantas soluciones diferentes como estrellas en el cielo, y sencillas, que podrían haber salido mejor que ese desenlace, para ambos. 😦

Pero bueno… Como dice mi buen amigo Carlos, los niños no tenéis rencor. Y al día siguiente, cuando te pido disculpas, me dices que no te acostaste enfadada. ¡Qué rica eres!

Si es que hay que quererte, joder recórcholis…

PD: todo este rollo, para deciros a los dos lo importante: que equivocándonos, es como aprendemos. Nunca lo olvidéis. Y cada día que paso con vosotros aprendo una miajita más a ser esto de… padre. 


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Día internacional de la Niña (2019)

Hace 5 años escribía un post con este mismo título.

Era la primera vez que escribía sobre este tema, que surgió por casualidad, y recuerdo lo que me impactó saber que había un «Día Internacional de…» específico para ellas. Para las niñas.

Pero no me quiero repetir. Simplemente vengo de pasada, para poner en contexto muy rápidamente qué significa para mí este día, cinco años después. Y significa que sigo teniendo un tesoro en casa. Un tesoro, unos cuantos centímetros y kilos mayor que aquel de entonces.

Me vuelve loco lo mucho que está aprendiendo mi hija. Me alucina ver todo lo que ha ido cambiando en estos años. Las sorpresas que me presenta y cómo se va desarrollando a todos los niveles: su físico, su personalidad, su carácter, su curiosidad…

Cada día tengo más claro que es un tesoro. Un tesoro valioso y raro que hay que proteger y cuidar con mucha atención para que crezca y se desarrolle, dándole mucho cariño, dándole pautas, dándole educación, dándole seguridad, dándole buenos y firmes ejemplos, dándole esperanzas, dándole confianza, dándole igualdad de oportunidades. Dándole nuestro tiempo y nuestro aprecio. Dándole nuestra atención sincera sin ser condescendiente desde el mal sentido del término. Dándole salud. Dándole respeto. Dándole lo mejor de nosotros, como padres.

¡Qué difícil! ¿Verdad? Una tarea que nos llevará el resto de nuestra vida, porque nunca dejaremos de ser padres, y nunca dejaremos de ser ejemplo y de tratar de estar ahí para nuestras niñas. Pero en el fondo, no es algo que nos deba resultar imposible, en principio. Al fin y al cabo… ¿Acaso no son nuestras hijas? ¿Cómo no hacerlo, entonces? ¿Cómo no intentarlo, al menos? ¿No es lo que queremos todos…?

Porque no son un montón de monedas metidas en un cofre cerrado por un bucanero de parche en el ojo con un candado herrumbroso, reposando bajo metro y medio de fina arena blanca y a la cálida sombra de un palmeral exótico en un rincón de una isla desierta… Son otro tipo de tesoro. Un tesoro que de hecho, siendo justos, no nos pertenece, porque pertenece al mundo entero.

Porque si ponemos de verdad nuestro empeño, ¡es que les estamos ofreciendo el mundo entero, de verdad! Les estamos ofreciendo un futuro. Un potencial. Les estaremos ofreciendo una oportunidad. O muchas. Las que ellas quieran o sean capaces de coger. La oportunidad de llevar la vida que quieran llevar. Y de mejorarla. La suya, y las de muchas otras personas. Eso es lo grande, lo valioso de este tesoro.

La oportunidad de seguir una cadena. Pero una cadena buena, la única cadena buena que de hecho, hay… Que es la de intentar ser buenas personas y dejar una huella positiva en la gente y el entorno que te rodea, para convertir este pequeño mundo azul en un sitio un poco más amable y agradable. Nada más. Y nada menos.

Creo firmemente que el futuro a corto plazo debe escribirse en femenino y lo hará desde la igualdad. Ya toca. Y las niñas de hoy serán las mujeres que mañana veremos haciendo, creando, imaginando cosas que hoy todavía soñamos como si nos hablaran de un milagro.

Orgulloso de mi hija

Sobra que te lo diga, por supuesto, pero cuida de tu hija. Dale tu amor y tu confianza. Respétala, cree en ella y apuesta por ella.

Y por supuesto, está muy bien fliparse tanto y ponerse muy trascendental, y todo eso. Pero por encima de todo… ¡Aprovechad, insensatos, además, para darles muchos besos, abrazos, achuchones y pedorretas en la tripa mientras podáis, quieran y se dejen! Al fin y al cabo, ¡¡están creciendo muy deprisa, y el tiempo vuela, mierda…!!

¡Son niñas, joder! ¿Qué queréis…? ¡Que no van a estar así de monérrimas y adorables toda la vida!

 


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COSAS POR HACER

meme calendario de adviento
Llegó diciembre.

En este mes, con el fin del calendario asomándose ya por el horizonte, a los que tenemos habitualmente la cabeza en Babia, nos suele dar por llevar nuestros pensamientos hacia fronteras escabrosas, y acordarnos de todas esas cosas que hemos logrado o hecho a lo largo del año. E inevitablemente también, en todas las que NO.

Y la sombra del ciprés es alargada, amigos… Tanto, que a veces, uno repasa esa lista mental, y más que alegrarte, lo que te apetece es salir corriendo al botiquín para pillar un tranquilizante y que no te de un yeyo por el shock. Sí, sí, de esos que te dejan con un párpado bailandero.

Supongo que cada uno tenemos nuestras metas. Nuestros sueños. Nuestros quehaceres. Nuestras «to do list». Y llegamos donde llegamos. Y así debe ser.

Yo, desde luego, mirándome introspectivamente hacia el ombligo, me declaro militante del clan de los Take It Easy People. Tampoco es algo de lo que enorgullecerme, ciertamente. Aunque tampoco tengo claro que el orgullo sea algo que deba entrar siquiera en esta ecuación. Es así, soy así, este año voy así, y lo asumo.

Queda un mes para cerrar el año. Queda un mes para cerrar promesas. Queda un mes para cerrar el calendario. Aprovechemos entonces lo que podamos. O igual no. Qué sé yo.

-«Bi guater, mai frend…»-, que nos decía el maestro Bruce. Simplemente, intenta seguir siendo lo más feliz que puedas, y haciendo lo más feliz que puedas a los que te rodean. Por otro lado, como a lo largo de los 11 meses restantes del año.


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La paternidad… era esto

Antes de ser padre, tienes muchas ideas en la cabeza sobre lo que significará ese nuevo paso de tu vida. O quizás no, ¡qué carajo! De hecho, no tienes ninguna y precisamente por eso te lanzas también a ese vacío, de cabeza, sin frenos ni casco y a pecho torero descubierto. Porque en la ignorancia siempre se ha vivido que te cagas.

Quizás eres ya uno de esos que ya vienes algo avisado… Un enteraíllo. Uno de esos que ha estado revoloteando y picoteando el tema más o menos de cerca… Un cuñao, el tío enrollao, por ejemplo Y ya vas un poco enfilado, porque alguna oreja de lobo has visto asomar por ahí de vez en cuando en este tiempo, y ya sabes que, por muy mono que parezca un pañal de bebé lleno de dibujitos, ya sabes que ahí debajo lo que hay es mierda… O eso al menos has captado en susurros de pasillo que suenan por ahí por lo bajini, si has puesto la antena en el lugar y el momento oportunos… Ya me entiendes.

Pero déjame que te diga algo. Voy a hacerte el regalo de tu vida. Voy a redescubrirte la rueda, y voy a contarte de qué va en realidad todo esto de ser padre. El mundo real, vaya. En un esquema básico. Sencillo. Masticado. Sin trampa ni cartón. Cristalino, como la vida misma. Sin trampa ni cartón. Déjate de filosofías, déjate de manuales best-sellers (que están muy bien, de acuerdo…), y déjate de inventos y olvídate de cuentos chinos de Disney. Lo vas a pillar enseguida, amigo.

Después de años de comeduras de tarro, resulta que la paternidad, se reduce a estas tres sencillas premisas:

#1Pantalones de una niña cualquiera

Dinero. Esfuerzo. Ilusiones. Esperanzas. Seguridad. Tiempo. Fuerzas. Ganas. Voluntad. Inercia. Sacrificio. Amor. Anhelo. Futuro. Todos estos elementos depositados y representados en la figura sencilla de unos pantalones. Esos pantalones te han costado todo eso. Hay algo de todo eso de ti, en ellos. Y día a día, son el reflejo vivo de esa inversión; son el reflejo del trabajo y el alma que le pones a la tarea de ser padre.

Pero todo eso se va gastando… Se desgasta. Y un día, se rompen. ¿Y a la mierda pantalones….?

#2Parcheando pantalones DIY

Tirarlos es la vía fácil. Y en la paternidad no hay vías fáciles. Así que a veces no es una opción. Necesitas repararlos. Solucionar los problemas. ¿Qué hacer? Aplicas imaginación y tiras de inventiva, de recursos, de tu magia de adulto apañado y resolutivo. Das con una solución buena, bonita, barata, creativa, ilusionante, eficaz, DIY, y que te sirve para YA, porque… no hay más pantalones. Así que… Un parche. Una solución. Enhorabuena, campeón. Disfruta de tu medallita…

#3Pantalones DIY destrozados

…Porque una única miserable tarde será todo lo más que puedas lucirla en la solapa. Un miserable rato de parque, de rebozarse, revolcarse y rozarse, y la cruda paternidad te vuelve a poner de nuevo en tu lindo sitio, de una linda patada cariñosa en el trasero.

Y vuelta a empezar. Toca levantarse de nuevo tras la caída. Por ellos. Y es así.

Ya está. Todo se resume en esto, mai frend. Mañana, será otro día… Y mañana habrá que tirar de otro parche diferente. Pero eso será, claro está… mañana. No vayamos a fliparla. 

¡Ah…! Se me olvidaba. A todo esto, y entre tanta tontería de adultos, resulta que olvidé un pequeño detalle… Simplemente, que la pequeña que se calzó esos pantalones por primera vez, los habrá llevado puestos la mar de feliz. Los rompió por primera vez, feliz. Se los volvió a poner más feliz todavía con esos adornos tan bonitos en las rodillas que le puso su papá. Y los volvió a destrozar… tan feliz. Porque, al fin y al cabo… es una niña, y ¡Hey…! ¡Qué demonios…! No son sino más que unos simples pantalones.

 

Relájate… y disfruta.

 


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Colecho es amor

Adoro el colecho.

Mira, hoy me tiro a la piscina. Y me voy a posicionar. Con lo que os mola eso de generar polémicas, oye. No. En serio. Lo adoro… Sí, sí… Todo él. Todas sus partes. La CO, la LE y la CHO. Sobretodo… la CHO. LA CHO me fascina. Me tiene loco.

CHO, de choto… Ese aroma a choto cavernario que te asalta -«¡ZASCA!»-, con la más letal de sus pezuñas en todo el careto, a pezuña llena, ahí, como con saña, como gustándose, ¿sabes?, cuando regresas de hacer tu meada nocturna de subterfugio, al cubil, y abres de nuevo la puerta de la cueva, porque no vaya a ser que las muchachas se me despierten con el atronador rugido de la cadena, claro… Sí hombre, esa meada, ya sabes, la de cuando te levantas porque te meas, pero que en realidad te levantas más bien para librarte unos segundos de ese minicodo cariñoso y tan mono, que taladraba sin piedad tus queridos y sobrevalorados riñones.

Porque total, ese aroma a cueva, ese perfume a oso almizclero que inunda el ambiente, ese microclima de pedos acumulados y reconcentrados, de calcetines sudados y sobaquillos al pil pil que se genera con mucho y dedicado esfuerzo común… Eso, muchachos, esa atmósfera tan característica es… es… ¡No tiene precio! ¡Eso es… FAMILIA PURA, JODER! ¡La esencia vibrante y palpable de una comunidad amorosa, yaciente, armoniosa, que celebra su unión vital en el palacio del cariño que es ese colchón, digamos, de metro y pico! Entre aquellas paredes de ese cuarto de cuatro metros, que exudan amorrrr por cada gota del gotelet. Ese territorio sin ley pero con mucho lovin’ donde las tiránicas palabras -«Ehhh… ¿Por qué no te vas a tu camita, cariño…?»- o -«¿También el gato…?»-, se las lleva el viento: -«¡¡Vete, imposición… Huye, vil, volando para no regresar jamás…!!»-

Y es que yo solamente le veo ventajas al colecho. ¿Y lo bien que sienta ese masaje tailandés a base de patadas de karate en las lumbares? ¡¡La peña se deja una pasta en espás y salones de masajes, por lo que a mí me hacen de gratis en casa!! Luego están los que se quejan de que no tienen tiempo para jugar con los peques. ¡No entiendo a esos pobres desgraciados! ¡Si la noche es ideaaaaalll…! Yo me parto la caja (a veces, casi literal…) jugando con la peque al Twister cada madrugada. ¡No os imagináis la de formas extrañas y contorsiones que te puedes llegar a currar en un rato, para poder cuadrar aquello! ¡Es la caña…!

Y luego hay otros juegos: el del «Ninja», por ejemplo; ese en que te toca estar durmiendo como estos tipos, con un ojo abierto y el otro cerrado, igual que los conejos, para evitar que la otra se despeñe colchón abajo por la esquina más insospechada… O el de las «Apuestas» (-«¿Cuánto te apuestas, Churri…, a que la niña se viene esta noche a nuestra cama, a eso de las tres, cuando esté en lo mejorcito del sueño…?»-), al que tanto me mola ganar… U otro que adoro, también: el «Quinto Levanta…», en el que las dos tiran de la manta (o el nórdico), y se me quedan ahí las canillas medio al aire… ¡¡Jajajaja!! ¡Me encanta! ¿¿Cómo demonios puede alguien aburrirse en una casa en la que se practica colecho…?? Disfruto horrores.

También está ese punto… picantón. ¿Qué sería de las relaciones de pareja sin ese… plus, de estar, ahí ahí…? Con ese punch de tensión. Que si te rozo un pezón, que si te tiro un pellizco, que si espera que te abrazo, pero cuando esta se mueva un poco para el otro lado… -«¡Ahora, ahora, que ha virado hacia la almohada y me da tiempo para hacerte alguna cosa guarrona en los pies!»- Pues eso, que sería todo un auténtico muermazo, ¿no? Digo yo. El festival de la rutina… Hale, ¡ahí a lo fácil! A tiro hecho. Toda la cama para vosotros solos… ¡Puafff…! Vamos, follisqueo de burgués. Eso, para quien lo quiera.

En fin, que la gente que no colecha, de verdad, se lo pierde. Es toda una aventura. Te da un +20 en PX. Te mantiene alerta… Te mantiene guay, ahí, ojo avizor a las cositas, a los detalles… -«¡Papi, quiero agua!»- Y tu mente rauda y veloz, se despierta entre legañas como un rayo en mitad de las entrañas de la negra noche, oscura cual boca lobuna, y localizas ese vasito que se te olvidó coger antes… (Bueno, no se te olvidó; de hecho, está en SU habitación, perfectamente colocado en SU sitio, pero como se ha venido a la vuestra, pues no lo tienes a mano, en TU mesita de noche, claro, y toca levantarse, porque ella, la princesa de la casa, claro, no está para esas minucias cuando viene a veros con todo su amor, in de mídel of de nait…) Y eso da flow, tío… Da energía… Da buen rollo… Tienes ahí, la mente clara. Es un entreno. Eso, cuando seas un viejo chocho y senil en la residencia, seguro que lo agradeces; que sabrás en todo momento dónde tienes las pastillitas azules, verdes, y rojiblancas. Y es que estas cosas quedan… Quedan ahí, en la mente, grabadas onfayer, porque ahora estás ahí a tope. ¡Pim, Pim! Currándotelo mil.

Y mejoras la respuesta psicomotora, también… Esas toñas que te das con las puertas a oscuras. O ese muñequito invisible abandonado en mitad del pasillo que te clavas hasta lo profundo del metatarso, con el que te entran ganas repentinas de gritar a los cuatro vientos… lo hermoso que es ser padre y sentirse vivo. ¡Pues luego aprendes a esquivarlo, a gestionar el dolor! ¡Control emocional, gente! ¡Es total! Es un rollo muy guay…

Y luego está la poderosa influencia de la música… Que esa es otra también fantástica. ¡La música! !Qué sería este mundo sin la música, señores míos! Yo, que tengo el privilegio de tener un sueño tan ligero, de esos que se desvelan con una mosca asmática, me apasionan las noches de festival. Cuando llega el festival de mocos, mi cuerpo se tensiona… Me pide marcha… Empieza el concierto de sonidos, ronquidos, silbidos… Esos ritmos sincopados que se superponen unos a otros, taladrándome el oído, y que me tienen ahí toda la noche, a ritmo pelao, dándome palmaditas en las pantorrillas, tikití tikití tikití… Disfrutando como un enano y siguiendo la ola… ¡Para un friki de la percusión como yo, esas noches en vela son grandiosas! Mis dos chicas currándose una performans ahí a dúo, dándolo todo y poniendo toda la carne en el asador en la interpretación. ¡Mira, mira…! ¡¡Los pelos como escarpias, se me están poniendo, de solo pensarlo, tú…!! El colecho es puro groove. Maravilloso.

yo, en la cama, con un pie en la cara

Bueno, no os doy más la chapa. Lo dicho, que vamos, el colecho… Lo más. Lo más de lo más. Yo, ahí… A muerte con el colecho. Me encanta. Estoy enamorado, en serio. Fíjate, que hasta cuando suena la flauta y pillo un rincón de sofá en una siesta… ¡Oye! ¡Que me tengo que ir a por un Nenuco, para ponérmelo así bien acurrucado en el costillar! Que si no… como que no me llena a mí, la siesta; como que me falta algo, ¿sabes? Me queda un resquemor a la que me levanto, si no lo tengo, así como quemmm… mmmñééé. Ya sabes, ¿no?

Y lo mejor es que, ahora, a la que venga el bebé, con la cuna de colecho, ya va a ser la FIESTA TOTAL. ¡Me encanta mi familia!

Soy un afortunado, realmente. Y tú también. Y lo sabes. Tú me entiendes. Porque también sabes lo mucho que mola…

…El COLECHO.

 

 


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Si las sillas hablasen

Cuando Madresfera te invita a un focus group organizado por El Corte Inglés, tú… pues acudes. Aunque vayas a ciegas.

Y llegas allí, y una hermosa mesa rodeada de flamantes sillas te recibe. Te das cuenta de que es, básicamente, una charleta informal. Con bloggers… Pero unos bloggers un tanto especiales.

Vamos, que somos todos una panda de tíos; ya sabes, ¿no…? Con su testosterona, con sus pelos en los brazos, sus perillas, sus sonrisas y todas esa mandanga de maromos.

Y de repente, aquella caterva de sillas es testigo de excepción de cómo aquella panda de tipos van… ¡y se ponen a charlar sobre sus hijos! Guat de f…in jel…!

Pues sí, porque por raro que parezca, estos tipos, estos bloggers, son padres; y vienen con sus ideas y experiencias sobre cómo es la crianza de y con sus hijos. Con sus sentimientos por delante. Con su día a día. Con sus soluciones. Y con sus movidones. Con sus apaños. Con sus opiniones. Con sus criterios. Con sus dudas. Con sus alegrías. Con sus miedos… Sin esconderse y con la lengua muy suelta.

Cada uno de ellos con su culo apoltronado sobre cada una de aquellas adorables sillas, va soltando lo que tiene. Charlando. Plim plam plim: campamentos, videojuegos, pasados turbios, viajes, purés verdes, … a mí me acojona lo mismo…, una vuelta al cole que es de todo, menos vuelta. Y casi tres horas de tarde calurosamente veraniega que, al menos para mí, parece que se van en un suspiro.

Y los tipos se levantan. Y cuando lo hacen, intuyo que aquellas hermosas sillas han debido quedarse bastante flipadas… -“¿¿Pero qué demonios acaba de pasar aquí…??”- Se habrán preguntado entre el desconcierto general… Seguro.

Y las sillas conversan en su desbarajustado corrillo. Como fieles garantes de nuestros secretos, las muy tunantas se guardan la información para ellas solas, sin compartirla con nadie… Tal es su pequeña compensación por tener que soportar el peso de nuestros santos culos todo el puñetero día.

Pero estoy tranquilo. Historias pedorreras aparte, si a las sillas les diera un día por rajar, al menos tengo el consuelo de que, entre las muchas cosas que tuvieran que contarnos, nos hablarían de cómo hoy día, una panda de padres, de hombres, pueden ser bien capaces de sentarse sin complejos en torno a una mesa a hablar de cosas de… Bueno, también de hombres.

Sillas hablando entre ellas

Y es que, quizás todavía no nos lo terminamos de creer del todo, pero hay padres a los que nos importa expresar y contar lo que sentimos, respecto a la familia y los hijos. Y lo de esta charla/reunión, ha sido una muestra necesaria, y preciosa, de ello.

Fue un enorme placer conocer, charlar y compartir una más que agradable tarde con los geniales papás que se esconden tras los siguientes blogs:

Gracias, como siempre, por la oportunidad. Porque los padres… también contamos.


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Adiós, amiga fiel

Llegaste a nuestras vidas casi por azar, tras un tiempo olvidada en algún oscuro rincón.

Otros rozaron antes tus suaves pieles, y como premio cruel a tu brillante dedicación, sufriste la desgracia y el dolor del verte apartada, quizás injusta y prematuramente, de lo que más amabas; de aquello a lo que tu existencia daba sentido.

Sin embargo, es destino te tenía reservada una nueva oportunidad. Aquel destierro no era tal, ya que aquellos a quienes serviste tan fielmente seguían teniéndote en su agradecida memoria.

Y te viniste a casa. Con nosotros. Con mi pequeña…

Y volviste a brillar de nuevo. Fuerte. Decidida. Noble. Valiente te alzaste para sortear todo tipo de caminos y dificultades.

Nos acompañaste siempre a donde fuera que necesitáramos. Siempre has estado ahí. Velando. Agazapada. Al a espera, aguardando paciente tu momento.

Tú nos lo has dado todo. Nos has dado tu propia vida. Te has sacrificado por mi hija hasta la extenuación. A eso llamo yo un amor fiel y sin condiciones. Sufriste empujones, desgarros, golpes… La humillación de la servidumbre, tantas veces machacada, pisoteada y manchada. Y seguías ahí… Estoica y firme. Cada día dispuesta. Cada día preparada y lista para enfrentarte a lo que el mundo te dispusiera.

Te acogimos y cuidamos, pero el tirano calendario dicta su cruel sentencia y a todos nos termina llegando la hora. Al final, y de manera inevitable, tu ya frágil cuerpo se quebró sin remedio, más allá de quirófanos. -«Hasta aquí hemos llegado…»-, nos dijiste. Ha sido un «basta», desde lo profundo y con todo el dolor de tu ser.

En el fondo, soy un mezquino, y no te ocultaré que siempre llevaré clavada la espina de saber que fuiste tú, de entre todos los que deambulamos por este mundo, quién por más tiempo sostuvo y abrazó a mi pequeño tesoro. Quién más tiempo la ha llevado protegida y sentada en su regazo.

Nos lo diste todo, y por eso te llevas allá donde vayas ahora, mi admiración, mi respeto, mi cariño, y lo que quizás es más importante: nuestra gratitud eterna, y el derecho a recordarte para siempre.

Adiós a la sillita de la niña

Ya formas parte de la historia de mi familia. 

Descansa en paz, querida amiga. Te lo has ganado.


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Nuestra relación con los colores

No tenía intención de sacar este post. Hoy no tocaba. Pero me ha salido de dentro, a raíz del vídeo que sacó ayer el amiguete Carlos, sobre la relación de uno de sus peques con el color rosa.

¿Que nos ha pasado, gente? ¿Qué le pasó al color? ¿En qué punto de este camino que es nuestro día a día, nos lo dejamos olvidado a un lado de la cuneta? Tirado, exiliado, repudiado, abandonado, denostado directamente por muchos y obviado, cuando no aparcado y ninguneado por la gran mayoría de nosotros, la plebe, la masa, las gentes que recorremos e inundamos las calles de nuestros pueblos y ciudades.

Parece que hoy día el color MOLESTA. Que el color… estorba: -«¡Quítame de ahí ese amarillo, por favor, que me DAÑA la vista…!»-

Hay un referente claro en el siglo XX, y es el florecimiento de la industria de LA MODA. Industria, revolucionada entre otros por una figura icónica, un alma inquieta, genial, innovadora, personificada en la figura de esa grandísima pequeña figura, brillante cual estrella, llamada Coco Chanel.

En 1926, Coco revolucionó (una de tantas) el mundo de la moda, transformando el color negro, símbolo hasta entonces inequívoco de luto en occidente, en otra cosa; lo elevó a signo inequívoco de elegancia.

Gracias a sus vestiditos negros, implantó con éxito este color entre la gente, y desde entonces, un siglo después, su legado permanece y este «no color» (que dirían los científicos) no falta en ningún armario de nuestras casas. El negro representa todo aquello de «eliminar lo superfluo del mensaje», para centrarse en la forma pura. Bien lo saben las agencias de moda y diseño.

¡Imaginaos el cambio: un tono asociado a la pérdida, a la finitud de nuestra existencia, transformado hacia ideales que denotan elegancia, clase y exclusividad! Buen gusto, en definitiva. Un pelotazo, vaya… Eso sí… Siempre, desde un punto de vista adulto, claro. ¿Quién vestiría de negro a un crío o una niña de tres años?

Lo que pasa es que, casi cien años después de aquel pelotazo, ahí nos hemos quedado estancados. Vamos, que hoy en día, lo que impera en nuestra sociedad es aquella idea de base, pero llevada al extremo más… utilitario. Hemos transformado aquel ideal novedoso, en la NORMA más corriente y vulgar, en pos de una sencillez cotidiana derivada de nuestro día a día ajetreado.

¿Qué quiere decir esto? Que el negro, los tonos grises oscuros, son colores PARA TODO. Que precisamente por su versatilidad, por no querer comernos la cabeza, hemos hecho bandera de ellos y dominan nuestro guardarropa como color de cabecera. Y el ejemplo está en la calle, mucho más en estas frías épocas invernales del año, también grises y oscuras. Simplicidad y elegancia, que diría nuestra dama francesa…

Pero hagamos un experimento de campo rápido, si os parece: os invito a fijaros hoy en la gente que pasa por la calle, y observad cómo visten: abrigos, zapatos, botas, trajes, pantalones… Y lo mismo, a vuestros armarios. El negro lo ha invadido todo. Voy por la calle y me da la sensación de que la gente VA DE LUTO. Y os lo digo en serio, a ratos me asombra y me entristece. ¡Hemos perdido taaaaanta alegría visual por el camino…!

¿Qué pensaría una dama del siglo XVIII si de repente se diera un paseo por la Gran Vía madrileña de nuestros tiempos? ¡Querría arrancarse los ojos! (Después de alucinar con el resto de cosas que viera, por supuesto, como coches, edificios, revistas guarrillas colgando de los quioscos, neones, hordas de palomas que parecen buitres, harekrishnas y demás frikifauna urbana, etc…)

Vamos, que creo que tiramos de negro… básicamente, porque queda bien con todo, y queremos dejarnos de tonterías. -«¡Con todo lo que tenemos que hacer en el día, como para liarme a pensar qué me pongo para ir conjuntada/o!»- ¿Verdad? Y es que parece que el negro nos favorece siempre. Y a todos.

Pues esto, en parte, lo hemos trasladado también al mundo infantil. Hemos caído en los estereotipos de la COMODIDAD. Al niño, le hemos adjudicado el AZUL. Y a las niñas, el ROSA. Y esto es así. Cualquiera que sea padre o madre, lo sabe. Mucha gente trata hoy día de lidiar contra eso, pero es como pegarse contra un muro… Id a cualquier tienda convencional, a daros de bruces con la realidad. La industria (moda, juguetería, puericultura, alimentación) lo sigue explotando, y mucha, mucha, mucha gente le sigue la bola.

Mi hija ADORA el rosa. Tiene dos años y medio, y adora ese maldito/bendito color. Y en casa no lo ha aprendido. Os lo juro. ¿Es bueno? ¿Es malo? Ni lo uno ni lo otro, ni todo lo contrario… Ahora está con eso. Aprendiendo colores. Pues vale. Los colores, son colores. Todos buenos. Todos válidos. Todos hermosos. Todos necesarios. A mí me encanta el rosa. ¡¡Pero es que me encantan todos los colores…!!
zapatos morados.

¿Por qué, de adultos, nos negamos lo que de buen grado ofrecemos por otro lado a nuestros críos? ¿Por qué nos negamos al color? Algo bueno tendrán los colores, cuando una de las descripciones gráficas que solemos hacer de la felicidad, es un ARCO IRIS. 

Por favor… Abandona el triste luto de la comodidad. Atrévete a sacar los colores de tu armario. Atrévete a invertir en tu felicidad. Te invito a redescubrir los colores. A amarlos. Y haced que vuestros hijos e hijas los amen. TODOS. Y elegid/que los elijan, en libertad, y no por imposición ajena.

Al fin y al cabo, Coco también dijo: -«El mejor color del mundo es el que te queda bien a ti.»-

Y tú… ¿ves la vida en colorinchis, o eres de la que la ves en tonos de gris?