Y yo con estas barbas

Relatos sobre mis experiencias y expectativas como padre novato


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Día del Padre

Este pasado sábado, hace dos días, ha sido el Día del Padre.

Y seguramente, en mis ocho años como padre, no estoy muy lejos de afirmar que seguramente ha sido el año en que menos ilusión me ha hecho esta fecha.

En general, soy de esta gente triste, rancia y estúpida que minusvalora el hecho de pasar etapas atendiendo al calendario anual: no me hace especial gracia ni ilusión ni mi cumpleaños (raro es el año que lo celebro con algo…) ni los cumpleaños ajenos. Para mí, San Valentín no existiría (de nos ser porque suelo comprarle una planta cada año a mi Churri, por la coña. Bueno, solía, más bien, que ya ni eso, porque me dijo que no quería tener más cadáveres sobre su conciencia, y he desistido por tanto, del tema…), y no os miento si os digo que me cuesta recordar mi fecha de aniversario de boda, ni especial interés que tengo. Por supuesto, tampoco he tenido nunca un «santo» que celebrar.

No es una falta de romanticismo, o algo así… Es que lo de que pase el tiempo supongo que no me hace especial ilusión. De toda la vida ha sido así, y ya está. Alguna inmadurez latente, o algún carajo de eso, qué sé yo. Taritas tontas que tiene uno y ya está. Supongo que veo lo de caer hojas del calendario desde la parte del vaso medio vacío, en lugar de alegrarme por ir pasando etapas, que sería la parte del vaso medio lleno. Y con el Día del Padre me ha pasado siempre un poco igual, como con tantas cosas.

Reconozco que hay celebraciones que a lo mejor se me escapan un poco. Uno es padre, o debería serlo y ejercer como tal, los 365 días al año, y no sé muy bien qué hay detrás de celebrar algo así puntualmente más allá del pelotazo mercadotécnico. Pero reconozco igualmente que bien se puede usar este día como pequeño punto de inflexión para pararse y reflexionar sobre de dónde viene uno y hacia dónde se está dirigiendo.

Como proponen mis queridos papis blogueros, este año uso estos cinco minutos de reflexión para pensar en cómo llevo todo esto; en si de verdad soy el padre que pensaba que sería. Y no, por supuesto que no. Pero tampoco el margen entre uno y otro es algo tremendamente exagerado, por el simple motivo de que nunca he pretendido tampoco ser nada del otro jueves. Quizás suene un poco triste dicho así, pero mis metas como padre son en esencia bastante humildes, en general. Bueno, no sé si humildes, pero desde luego, no grandilocuentes. Lo de conquistar el mundo se lo dejo al Dr. Maligno y a su Mini-Yo.

Y es que creo que en lo básico, sigo cumpliendo: mis criaturas siguen vivas y coleando (¡minipunto para mi Churri y para mí!). Siguen teniendo todas sus extremidades, sus órganos y sus funciones motoras en perfecto estado (más allá de algún hueso fisurado, y esas cosas de ir como críos por la calle…) Siguen creciendo sanos y aparentemente felices (con sus pequeños chascos y berrinches cotidianos lícitos y autorizados de dramachildren…) y no les falta su plato en la mesa, su ropa, su cama, su techo, su educación, su abundante ración de afecto e incluso una más que aceptable presencia de dádivas de las llamadas «superfluas», a las que también tienen su derecho de vez en cuando.

Habrá quienes deseen un futuro lleno de gloria olímpica para sus pequeños. Lleno de abundancia económica o de triunfos laborales. Claro que yo también quiero que triunfen en lo laboral, nos ha jodío, pero no para que simplemente lleven una vida desahogada en lo financiero (que sí, no vayamos de flowerpawers ahora), sino más bien mi anhelo es aspirar a que logren algo que igual suena más a mundano, pero que igualmente me parece algo bastante complejo y complicado de conseguir:

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Yo quisiera que encuentren el camino hacia un desarrollo que vaya en sintonía con sus creencias y su confort, con el que se sientan a gusto y a ser posible disfruten y sean felices, lejos de la alienación, la explotación y el sufrimiento sin sentido. Eso es a lo que realmente aspiro como padre, hoy día.

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Si consiguen eso y además se ganan bien y honradamente la vida, me sentiré la persona más afortunada del planeta.

Pero centrándome en el tema y yendo más al hilo de la cuestión, sí, mentiría si no dijese que…

Me imaginaba viajando mucho más con ellos. Y el «caserismo» nos puede y nos arrastra a todos.

Me imaginaba más resolutivo. Y sigo dejando en manos de mi Churri muchas más cosas de las que debería. Sigo trabajando en ello, y sé que no es excusa.

Me imaginaba dándoles un hogar mejor que el que tienen, pero mi inmovilismo frente al cambio hace que mis contradicciones salgan a flote azotándome a la cara cada dos días y medio.

Me imaginaba compartiendo con ellos muchas cosas que luego descubres que a día de hoy, todavía no les interesan una mierda. Así que aquí sigo, esperando, pero sin arrojar la toalla.

Me imaginaba, de la misma manera, compartiendo con ellos muchas cosas que luego descubres también que en el fondo a ti no te interesan, o no te apetecen, otra mierda. El término «librarse de…» realmente adquiere otra dimensión cuando uno se mete en esto, por fortuna o por desgracia.

Me imaginaba que podría manejar las cosas de otra manera, y resulta que me cuesta aguantarme incluso a mí mismo muchas más veces de lo que me hubiera pensado. Imagínate a ellos.

Me imaginaba con más energía. Así, a secas. No le voy a añadir más coletilla a este punto. Ya tú sabeh…

Me imaginaba más organizado. Y a veces pienso si el caos que a veces veo en ellos no empieza por el reflejo que les proyectamos. -‘Abraza el caos…’- predica en cambio y con razón una sabia que conozco.

Me imaginaba un futuro más luminoso, pero parece que la sociedad se empeña cada vez más en arrojar capas de tinieblas y escombros sobre todos y sobre todo. -‘Corren malos tiempos para los soñadores…’- dijo el poeta. O quizás eso también lo he soñado.

Lo sé. Tengo todavía demasiadas cosas en el «debe» del zurrón de la familia y la paternidad. Pero bueno… -‘Esto es una carrera de fondo, amigo mío…’- dijo el filósofo. O algo así. Pero como este, esta es otra cosa que cada vez me voy tomando con más… filosofía.

Pensar demasiado en el padre que quieres ser está bien, pero prefiero bajar a la realidad e ir bregando con las cosas tal y como van viniendo, y a día de hoy prefiero no perder el norte y poner los checks verdes a lo básico y realmente importante. Supongo que tener metas está muy bien, pero en este tema, ya me va bien simplemente recorriendo los kilómetros feliz de no caerme en una montonera en medio del pelotón, y salir de ahí rezando aquel -‘Virgencita, virgencita, que nos quedemos como estamos…’- que decía el verdadero creyente.

-‘¡Estos críos de hoy en día viven de puta madre…! Ya tirarán p’alante…’- Dijo también el cuñao de alguien. Y algo de razón también habría que darle, sorprendentemente. Al menos eso espero.

Por causas diversas… Cosas que veo flotando en el ambiente… Circunstancias familiares… Llamadlo X... No estaba siendo un Día del Padre especialmente interesante, como os comentaba al empezar. Cero interés. Cero ilusión. Menos ganas que nunca.

Pero en estas que llega mi hijo, y me hizo espontáneamente un retrato en cero coma. Y me lo regaló. Por ser el Día del Padre. También me regalaron otro par de detalles más tarde: un sacapuntas eléctrico y una goma de borrar eléctrica. ¡Qué flipe! Y eso mejoró ampliamente mi día. ¡Minipunto para mi chico y minipunto para mis chicas!

Creo que nunca me he visto tan guapetón.

Mis hijos me quieren, y disfrutan a su manera del Día del Padre. Y eso me parece perfecto. Yo, a mi tosca manera, seguramente también, aunque me cueste demostrarlo.

No podría pedir nada mejor para este día. Quizás no soy el padre que alguna vez pensé que sería, pero… ¿Y quién lo es? Y además… ¿Qué importa en realidad? Seguiré intentando ser el mejor papá para vosotros, que es lo que cuenta. Y prometo (intentar), eso sí, venga, no ser el padre más soso y flojainas de nuestro portal.

Os quiero.

PD01: ¡Ah…! Si estás pasando también por estos pensamientos, no te juzgues demasiado duro. Seguramente lo estás haciendo mucho mejor de lo que crees. Repasa los básicos que te decía arriba, y verás. Y te recomiendo este hilo de Twitter, bien puedes aplicártelo a ti mismo, casi seguro. 😉

PD02: este post viene a cuento como participación en la iniciativa del #MesPadre ’22 de Papás Blogueros, con la propuesta «No soy el padre que pensaba que sería».


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Y yo con estos cómics

Imagen promocional del episodio de febrero de la sección Y yo con estos cómics.

Me gustan los cómics.

Me han gustado desde siempre. No es que aprendiera a leer con ellos, que tampoco es eso. De hecho, no cambiaría por nada del mundo mi primer libro del que tengo recuerdo haber leído: ‘Jim Botón y Lucas el maquinista’, del dios Michael Ende. Pero sí que los tebeos se colaron por casa desde muy pronto.

Gracias a ellos, puedo decir que pasé una infancia y una adolescencia de lo más entretenida, y me reconozco como un niño bastante lector. Y los cómics siempre estuvieron ahí, en primera fila.

Mi amor y devoción por ellos no disminuyeron con el paso de los años, de tal forma que cuando ya estaba bien entrado en época de salir los findes con los colegas, los cómics eran ya mi «patrón oro» particular. Era la medida en que valoraba el resto de cosas. -«¿Una copa? Hmmmm… Esto son tres tebeos. No me compensa, paso.»– Y así todo. Todo lo ponía en valor respecto a eso. Y la verdad es que mi paga semanal tampoco era nada del otro jueves.

El caso es que nunca he dejado de leer, comprar o coleccionar. Y cada año me voy enamorando más del medio. No os negaré que hay altibajos, como en todo. Muchos. Pero bueno, el caso es que siempre están y han estado ahí.

Es importante no llevarse a engaño con una cosa: el viejo runrún de «los tebeos son algo infantil y de críos» tan rancio y caduco, hace ya mucho que es algo que había dejado de ser algo realmente con fundamento, porque precisamente si algo ha adolecido el panorama del cómic en las últimas décadas, era de una dolorosa falta de atención desde las editoriales hacia este sector poblacional. Lo que salía era realmente escaso, en comparación con el resto de publicaciones.

Paradójicamente, en un mundo de superhéroes pechugones hiperatrofiados oscuros y violentos, de mangas, de cómic noir, independientes o underground, los críos han sido uno de los sectores más olvidados, en realidad. Costaba un mundo encontrar algo de verdad para críos en las estanterías de las tiendas. Algo pensado y desarrollado concretamente para ellos. Los críos, como siempre, a la cola de todo. (Podéis ampliar el arco, si queréis. Pensad en la música infantil, por poneros otro ejemplo similar. Otro desierto durante demasiado tiempo…)

Pero esto sí ha cambiado, afortunadamente. La enorme cantidad y variedad de títulos de calidad, interesantes y divertidos que hay hoy día, es algo realmente a celebrar y es algo de lo que padres y madres deberiamos aprovecharnos. El mundo editorial ha visto la nueva gallina de los huevos de oro y en los últimos años se están poniendo las pilas. Estamos en la cresta de una buena ola, y una que cada vez va creciendo más y más.

Y es justamente ahora, en estos tiempos en que mi hija ha ido empezando primaria, que está arrancando a aprender a leer, cuando todo confluye aquí y veo que tengo un tesoro para ella. Para los dos, en realidad, aunque el pequeño todavía no sabe leer. No solamente me refiero a baldas llenas de cómics, sino a algo más importante: la certeza de que leer cómics puede serle útil y beneficioso para desarrollar esa capacidad, ese aprendizaje, y además, conseguir el premio gordo del enganche y el amor por la lectura. Porque además, leer es algo divertido y excitante.

Las grandes cosechas para la vida se siembran en esta tierna etapa, al fin y al cabo.

Vengo desde hace ya más de tres años trabajando bastante en casa con esto, y precisamente lo que lo ha hecho posible es este excepcional momento dulce que vive actualmente el sector editorial específico de cómic infantil del que os hablo.

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Y LO MÁS IMPORTANTE PARA MÍ DE TODO ESTO. HE COMPROBADO QUE FUNCIONA.

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No es una receta mágica. No es una panacea. No es el remedio a todos los problemas. Pero sí es una ayuda más. Un asidero al que agarrarnos. Una herramienta más, si lo preferís. Y una poderosa, además, si sabéis jugar bien vuestras cartas.

Varios proyectos se han ido formando en mi cabeza a propósito de todo esto, y algunas metas he podido conseguir ya. La más clara y evidente hasta ahora, por supuesto, es la oportunidad que me brindó mi querida Mónica de participar en su nueva sección del podcast de Madresfera sobre cómics. Hay interés.

«Ya que es Madresfera, una comunidad para padres y madres, hagamos una sección sobre cómic infantil, que es algo totalmente en auge. Y podemos hacerlo hablando de las novedades, de lo que está saliendo en el mercado, para que los oyentes sepan qué se cuece en las tiendas. Y yo lo haría mes a mes, si te parece, porque hay mucho de lo que hablar, ya lo verás…»-

Y en estas, ya llevamos medio año. Seis programas, el último este domingo aprovechando el primer Día del Cómic en España, en los que hemos ofrecido a nuestra audiencia una pequeña porción de la fantástica realidad de esta rica y jugosa tarta que son los cómics actuales para niños y niñas. No nos metemos -apenas- en los clásicos universales; en obras que llevan en nuestra estantería desde toda la vida… Hablamos de lo más nuevo; de lo reciente. De lo que tantos y tantas grandes autores y autoras están creando hoy día. Obras llenas de audacia. Llenas de color. Llenas de intención. Llenas de diversión.

A lo largo de estos seis meses, hemos llevado a los hogares de todo aquel que ha querido vernos y escucharnos, una hermosa turra consistente en 728 minutos de charla, exponiendo, reseñando o simplemente dialogando ampliamente sobre una cantidad de 32 volúmenes diferentes, procedentes de 17 sellos editoriales distintos, sin contar las menciones breves a otros tantos títulos que nos vamos dejando en nuestro tintero particular en cada programa, y sobre cómics que abarcan un rango de edad desde los 4 hasta los 12 años (y más, seguramente). No es poco, de verdad.

Y sí, la verdad es que podríamos condensar todo eso, seguro, y tratar de sacar el mismo contenido en una sexta parte del tiempo que empleamos, pero no os voy a engañar. Una vez me pongo, la lengua se me dispara, y me cuesta. Nos cuesta. Porque es algo que nos gusta. Y nos sale así. O porque soy novato en esto y me sale así, más bien. Como todo producto, siempre es mejorable, y seguimos en eso, de verdad, pero poco a poco. Intentamos sacar todo el contenido del que hablamos con todo el mimo del mundo, porque creemos que los oyentes y las obras que comentamos se merecen que les ofrezcamos lo mejor que podemos darles.

Y aquí seguiremos. Aprendiendo. Y con la misma filosofía: divulgar; tratar de ser ese modesto espacio, esa pequeña ventana abierta donde cada madre o padre interesado en ofrecer nuevas y diferentes posibilidades lectoras a sus hijos e hijas (y a ellos mismos, ya de paso…), pueda asomarse cada mes y palpar de primera mano todas esas hermosas páginas que andan corriendo por ahí como locas.

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Para crear afición a la lectura. Para crear nuevos lectores y lectoras. Para dar valor a este medio cultural tan fantástico y que tantas y tantas posibilidades puede ofrecer, a tantos y tantos niveles.

Para todo esto, decidimos abrir este espacio hace ya seis meses.

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No somos un medio especializado en cómics. No somos críticos afamados ni influencers de la industria, ni pretendemos serlo, ni lo seremos nunca. Ni nuestra idea es dirigirnos a una audiencia muy conocedora, que ya está realmente metida en el mundillo y que por tanto está ojo avizor hasta del más mínimo detalle de todo lo que se cuece en el subsuelo comiquero.

Más bien es justo al contrario: aunque lógicamente toda la audiencia es bienvenida, nos gusta hablar para toda esa gente que tiene inquietudes y anda quizás curioseando o buscando algo concreto, pero no sabe todavía muy bien qué. A toda esa gente que viene con un: -«Oye, ¿qué le regalarías a una criatura de 8 años para leer…? Oye, recomiéndame un tebeo para mi pequeño de 5 años… Mi hija de 11 no lee nada y no sé qué ofrecerle… ¿Sugerencias?»-

Nuestra apuesta es la de crear un puchero, un caldo, en el que decimos: -«Ven. Mira esto. Cómpralo. Pídelo en la biblioteca del barrio. Pídeselo prestado a tu cuñada o a esa mamá del cole. Que os lo regalen. Da igual. Lo importante es leerlo. Y sabed que este caldero que vamos cocinando existe, y que hay condumio bueno dentro; que vamos metiendo muchas cosas chulas de las que te puedes alimentar y aprovechar, ya que has hecho el enorme esfuerzo de asomarte por aquí… ¡Y son productos frescos!» Mira todo lo que hay. Esto es bueno para su nutrición mental.»-

Porque LEER CÓMICS, nunca lo ovidemos, ES LEER. Y leer sigue siendo la mejor llave que conozco frente a la incultura, la sinrazón, la manipulación, la indiferencia y la ignorancia. En una época en que nuestros hijos e hijas se verán inundados por el aplastante reinado de las pantallas, leer tiene que seguir siendo un pilar para ellos y por extensión, para toda la sociedad; un bastión inquebrantable que no podemos dejar que se pierda.

Por más episodios, pues. Por otro medio añito más. Por más viñetas.

¡LARGA VIDA A LOS CÓMICS!


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La familia vuelve a crecer

Hay veces en que uno se sienta a escribir, por obligación. O bien por necesidad. 

A veces, incluso por distraerse, por probar algo, por crear rutinas o por buscarse un pretexto de evasión y poder así deslizarse entre tus musas, allí donde te sientes cómodo y reconfortado. A veces escribir es tu particular secret guilty pleasure.

A veces escribes para chillar en soledad y verter tus gritos en ese altavoz que son los ojos de los que más tarde te leen… Sí. A veces hay que sacar fuera lo que te quema por dentro, y escribirlo es la única manera de mantenerte cuerdo. Una especie de desahogo catártico fácil y barato. 

Pero no… No son ninguno de estos el motivo que me impulsa ahora; porque lo que hoy me trae de nuevo a las teclas es la mejor excusa que existe para volver a ellas. Y no es sino la felicidad. La ALEGRÍA, así en mayúsculas. Y es que no hay mejor cosa que te haga ponerte a los mandos de un volante como este que el de venir para contar y dejar constancia de las cosas felices que a uno le pasan. 

Y es que hace apenas un par de semanas, vino al mundo la más pequeña, la más reciente y la más bonita de mis sobrinas. Porque evidentemente, todo lo que huele a nuevo, a recién hecho, a creado y horneado con mimo, ilusión y amor, es siempre lo mejor y lo más bonito. Y así debe ser. Porque es el momento y el lugar donde confluyen todos los caminos.

La familia crece de nuevo. Una sobrina más. Preciosa. Entera. Con todos sus deditos y sus cositas pringosas de bebé. Y os puedo asegurar que es un nacimiento de lo más deseado, esperado y celebrado. No puedo estar más feliz y contento, como todos en la familia, y especialmente por mi cuñada y mi cuñado, que se estrenan en estas lides.

Hay ya una pequeña «tradición» en este, mi pequeño rincón digital, que me ha hecho realizar anteriormente un primer regalo a mis nuevas sobrinas nada más nacer. Dos veces lo hice ya, con mi sobrina I y con mi sobrina M, y quiero seguir manteniéndola viva con mi preciosa y recién llegada sobrina P. No es nada especial… Ni siquiera es algo material. Solamente es una chorrada de su tío el excéntrico, de su tío el friki; ese ser que hace como que dibuja, pero luego no dibuja; ese que hace como que escribe pero que luego no escribe; que estudia, practica o se interesa por cosas que luego no le llevan a ninguna parte mas que si acaso a perder el tiempo… (O no, vete tú a saber).

Lo que quiero regalarte, mi pequeña, mi primer regalo para ti, es algo que espero puedas guardar para siempre, y puedas enseñar con cariño, guasa, ternura, coña o cachondeo a los colegas cuando seas mayor, o simplemente tenerla ahí guardada en algún rinconcito de tus cosas, para cuando sea que necesites echar una mirada a alguna parte ahí arriba, y saber de dónde vienes y cómo eran las cosas entonces. Porque es un detalle tonto y curioso que yo mismo siempre me he preguntado, y nunca tuve la oportunidad de verlo. Y me hubiera gustado saberlo, y contemplarlo, aunque sea por simple curiosidad.

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Mi regalo es ni más ni menos que la imagen de cómo eran los cielos al atardecer en el día en que tu madre te alumbró y te vio asomando tu pequeña cabecita rosada a este mundo. Para que sepas cómo fue y tengas conservada para siempre la estampa del cielo en el ocaso del día que te vio nacer.

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Atardecer del día en que nació mi sobrina P.

Así fue por tanto, que la tarde del día que llegaste al mundo, me enfundé el maillot, el culote, las zapas y el casco, y me lancé calle alante con la bici a la caza de los últimos rayos del sol de la tarde, buscando el sitio más adecuado, y por los pelos llegué. 

Atardecer del día en que nació mi sobrina P.
Atardecer del día en que nació mi sobrina P.

Y mereció la pena. Como en las dos ocasiones anteriores. 

Ni una sola nube. Ni rastro de trazas de borrasca alguna. Un cielo claro, de un azul eterno. Luminoso. Apacible. Sereno. Una tarde tranquila, bañada en tonos dorados y rojizos, como tantas nos está dejando este tibio y seco invierno de este año.

Así que por tanto, bien podrás decir dentro de unos años, señalando estas fotos con orgullo y alegría, algo como: -«Yo nací aquí… Puedo afirmar con pruebas que en el día de mi nacimiento hubo calma, paz y serenidad, al menos en lo que respecta a la mitad superior y azul que podíamos ver desde este pequeño rincón de mi bonito planeta, que es la Tierra… Mi tío estaba allí, para contármelo.»- 

Si fuese un chamán de alguna remota y exótica tribu indígena perdida, podría intuir con una sonrisa de oreja a oreja que esos cielos tranquilos son en sí mismo un signo de buen augurio. Me gustaría pensar eso, de verdad. Pero desengañémonos… El día que enseñaron Augurios en la facultad, yo debía estar en la cafetería tomándome un poleo o un té con limón, así que mejor dejémoslo en que simplemente soy tu tío, haciéndole unas fotos a los cielos, para dejártelas por aquí mientras desea que la vida que acabas de estrenar te depare las cosas más maravillosas que este nuevo mundo te pueda ofrecer. Que tampoco está tan mal.

Y eso sí… Sin ser yo un chamán de esos, esa sonrisa igualmente tampoco me la quita nadie. 

Ya te quiero mucho, pequeña P. Que lo sepas.


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Maldita mancha

Si hay algo que reconozco he llevado un poco regu desde el principio en esto de la paternidad, ha sido el tema de la lavadora y el lidiar con las manchas de la ropa.

¿Conocéis la serie aquella de «Secretos del Universo, con Morgan Freeman», que echaban en el canal Discovery Max? ¡Pues una mierda de serie como un templo, eso es lo que es…! Yo viéndola entusiasmado y preguntándome en qué episodio pondrían por fin lo de conseguir sacar la ropa limpia de verdad. Y nunca lo sacaron, los malditos. Tanta galaxia y tanta chufa, y no van a los básicos de verdad… ¡Anda por ahí con las supernovas y el polvo primigenio, hombreyá…! ¡¡Dime cómo sacar esa mancha primigenia de tomate frito para poder rescatar esta camiseta, carajo…!! ¡Eso es lo que nos interesa conocer de verdad! Y luego ya me cuentas lo de los cúmulos estelares si quieres.

Si será importante y crucial este tema, fijaos, que cuando uno entra de bruces directamente en este mundo de la paternidad, es el SEGUNDO (sí, habéis leído bien) acto vital de lo que será la nueva relación con tu hijo o hija neonata.

Y es que tras tu primera interacción con la nueva criatura venida a este mundo, que será cogerla en brazos (por cierto toda pringosa y todavía llena de lo que a ti te pueden parecer hermosos restos de fluidos placentarios viscosos y escurridizos), para achucharla de la forma más delicada que sepas como si de un cristal que pudiera romperse con mirarlo se tratase, lo segundo y siguiente que pasará, con gran probabilidad, será que ese recién nacido te devuelva su primera muestra de cariño y afecto, en forma de alivio mediante una preciosa plasta de meconio, esa oscura y breosa materia cósmica, detritus del mismísimo Cthulhu, sobre tu camisa. Esto es así. Si todavía no has llegado a este punto porque estás esperando el primero, y te estás documentando porque quieres ser un padre lo más de lo más preparado, grábatelo a fuego, chico.

Y será la primera prenda de muchas que acabe en el cubo desintegrador de la basura, aviso para navegantes. (A no ser que tengas, sí, tú, algún insano y enfermizo fetiche raro de coleccionar y guardar ítems bizarros del cual no quieras hablar, que también me parece perfecto, oye…)

Reconozco de antemano haber perdido la carrera frente a mis antepasadas en este tema. Padre empoderado, moderno, cumplidor, comprometido, implicado, corresponsable, loquequieras… ¡Mis cojones treintaytrés! ¡Un pringao, es lo que sigo siendo! No le llego yo a la altura de la suela del zapato a todas estas mujeres, vamos… Empezando por mi querida madre, o mi abuela, o quien sea. No se le resistía una mancha a mi mami, en la vida, tú… Pues no he ido yo veces por casa ahí preguntando… -«Joder, madre… ¿Tú esto cómo lo limpias? ¡Es que a mí no me queda como a ti…!»- Y es como lo del cocido, que por mucho que te dan la receta, que parece lo más tonto del mundo, pues lo haces tú y a ti te sale como un mojón de pato en comparación.

Y oye, no quiero quitarme méritos tampoco, que yo le he puesto a este tema todo el empeño del mundo y más… Y venía bien enseñado de casa en otras lides semejantes. Lo que pasa es que en la vida prepaternidad, la lavadora es un tema realmente simple, porque no tienes que lidiar normalmente con manchas. O sea… MANCHAS, quiero decir. MAN-CHAS. Manchurracas épicas, así, con toda su presencia y todo su pagüer. Con manchas poderosas. Con los malditos Vengadores en forma de manchas. Con el puñetero Thor, Dios del Trueno, Hijo de Odín, heredero al trono de la gloriosa Asgard, blandiendo su martillo Mjollnir forjado en uru místico extraído del corazón profundo de una estrella moribunda, ahí pegado en el pantalón de tu bebé. Ya me entendéis. Todo lo más, fue algún vino tinto en el mantel tras una noche tonta… Pero esto de la paternidad, amiguis, es otra puñetera liga. Es la Champions de las manchas. Y no estamos preparados. O yo no lo estaba…

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Tú a tus hijos les cuelgas una chapa o un escudito en la pechera con su superhéroe favorito.

Una mancha de zumo de naranja perenne es el pin que yo les dejo a los míos.

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Mira que desde entonces me he hecho un máster en frotar. Y cada vez que lo hago me sigo sintiendo un poco gilipollas por ello, porque en pleno siglo XXI, uno piensa, digo yo, un poco estúpidamente, pero con cierta razón, que esto del frotar ya se habrá acabado…, como prometía aquel famoso anuncio de la tele de hace años… Pero noooooooo. Nada más lejos. Lo primero, porque muchas veces te toca empezar quitando lo gordo, de buenas a primeras. Porque dices -«Yo no meto esto a la lavadora, con TODO ESO ahí pegado, y con el resto de ropa que no está TAN sucia… Ni voy a poner toda una lavadora solamente para esta prenda…»- Y ahí es cuando ya empieza el festival.

Y lo segundo, porque a veces me da la sensación de que la ropa sale de la lavadora igual que entra. Un «Body» Horror Picture Show. Que dices… -«¿Pero esto lava… De qué…?»-

Manchas de fruta, cagaos, barro, mocos, babas, restos de todas las comidas y bebidas existentes en nuestra dimensión -y de las de alguna paralela seguro que también…-, sangre, pis, grasa, vómitos, helados, azúcares, chocolates y pringues varios… La lista de ellas, es tan larga que también merecería otra peli de Spielberg.

Claro que a estas alturas de la partida, a nadie le extraña que de restregarse por los coches más puercos de la calle, acariciar las esquinas de edificios más pútridas y orinadas, rebozarse por los suelos más asquerosos y las papeleras más nauseabundas como lapas y caracoles, usar las mangas como servilletas y los cuellos como kleenex para los mocos, los críos podrían hacer perfectamente disciplinas olímpicas de todo ello, y salir coronado cualquiera, porque la competición estaría reñida como ninguna otra. Los manchurrones, lamparones, churretones, máculas y tiznes varios son, quién puede dudarlo, uno de los grandes campos de batalla de la crianza.

A día de hoy, respecto a la limpieza general del hogar, estamos intentando evolucionar y tirar hacia soluciones más sostenibles y ecológicas, como padres modernillos y concienciados que somos, como el vinagre de limpieza o el bicarbonato, y tratando de deshacernos de la buena cantidad de productos tóxicos y chungos que han ido pasando revista por nuestro estante de la limpieza. Sin embargo, en lo que a la ropa se refiere, el Lagarto sigue siendo un maldito fiel amigo de compañía, muy a mi pesar. No he podido salir de ese particular agujero negro. Por no decir que el tema de lavar a temperatura o lavar en frío, mezclar cierto tipo de ropas, etecé, siguen siendo guerras abiertas en este santo hogar.

Manchas de camiseta

¡Manchas, yo os maldigo! ¡Ahora y siempre! A todos esos padres y todas esas madres, que lleváis a vuestra camada vestidos como un pincel, pulcros, inmaculados, rebrillantes cual modelos de revista… ¡También os maldigo! Por dejarme por inútil y por nerd. Y os envidio en secreto con cochinez, a partes iguales.

¿Sabéis una cosa? Que a tomar por culo: me pienso unir al enemigo. Con la mano puesta en el delantal, os juro que voy a empezar a hacer performances callejeras con la ropa sucia de casa, y oye, cuantas más manchas, mejor… A lo Jackson Pollock. Así os lo digo. Me voy a llevar los abrigos de mis hijos y los voy a ir dejando por alguna esquina de la calle, así, colocaditos como sin intención, en poses divertidas y exóticas, y voy a sacarles fotos muy chulas, rollo en plan muy casual y muy loco. A ver si de esta forma empiezo alguna tendencia nueva chorra y me hago Instagramer de éxito y me convierto en el nuevo Banksy con mis intervenciones urbanas clandestinas de ropas callejeras llenas de mierda, y lo peto fuertecito y sacamos al menos algo en limpio de todo esto.

Claro que igual me debería poner a usar la lavadora en condiciones de una maldita vez, así por probar. Más todavía, digo. Darle otra vueltecita más. Que a lo mejor ahí está la respuesta y lo que pasa es eso, que en temas de manchas, sigo siendo, en definitiva, un pringao.

Porque un flís-flís milagroso, que lo echas así en un momento, y chimpún, se obra la magia, ya por preguntar, y tal… De eso no hay, ¿no?

¿O sí…?

 

Esta entrada forma parte de la iniciativa de Papás Blogueros #12MESES12POSTS


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El anillo de mi amigo Carlos

Hay cosas que por mucho que pase el tiempo, parecen no cambiar. Cosas que se repiten. Cosas por las que pasamos este, aquel y el de más allá. Cosas que nos resuenan en la cabeza, por haberlas vivido ya en otros. Cosas que nos sirven de puente, y que de alguna manera, nos van conectando. Dejavús. Defectos en Matrix, o como lo quieras llamar. Sentimos ecos que no son sino reflejo de lo que a otro le pasó antes, y aquello que en su día observaste de lejos, te vuelve hoy de rebote como diciendo: -«¡Hey, que ahora vamos contigo, venga…!»-

Hace un rato, antes de comer, mi hijo pequeño estaba jugando con una pequeña linterna led. Es muy pequeña; apenas un juguetito. De hecho, es un remanente de muchas iguales, de colorines, que llegaron a casa hace ya año y pico como parte de un lote de detallitos chorras para repartir en la clase el día del cumpleaños. Una party bag de estas tan de moda, ya sabéis.

El caso es que la linterna lleva una gomita incorporada, lo que hace que te la puedas poner en un dedo, a modo de anillo. Ahora claro, imaginaos a un crío con cinco de estas en una mano, los dedos llenos, en una habitación medio oscura. La party, vamos. Un nuevo Jean Michel Jarre. O sea… Para eso son.

Y luego está lo otro… Que esta es de color verde. Y claro. Ahí tenemos al niño, danzando por casa con su anillo, todo flipado gritando aquello de… -«¡Soy Linterna Verdeeeee…! ¡FIUUUU… FIUUU… CHASSSSS!»- (Signifiquen lo que signifiquen esos fiufíus y esos chaschás).

Y he aquí, que entro de repente en una sensación curiosa… Extraña… De estar viviendo una situación que ya he vivido antes. Y no es una situación que viviera yo de pequeño, porque yo no era fan del bueno de Linterna Verde siendo tan pequeñito. Era más bien de acordarme de algo…

Lo que se me estaba viniendo a la memoria era ni más ni menos que una increíble experiencia, humana y lectora, que viví a través de las palabras que nos dejaba mi querido amigo Carlos, en una entrada de su blog, hace ya unos cuantos años. Yo había empezado con este blog ese mismo año, pocos meses antes, y en aquella época estaba a la caza y captura incesante de otros blogs sobre experiencias de paternidad que me llamasen la atención. Y el blog de Carlos, sus experiencias, su manera de narrar, me cautivaron desde el primer momento como un flechazo, como pocos blogs lo han vuelto a hacer.

Y de allí surgió una historia muy linda… Una pequeña llamada de auxilio que caló fuerte, que nos conquistó a muchos por la ternura que había detrás. Por la seria implicación que escondía. Carlos nos contó la historia del anillo de Linterna Verde de su hijo Martí. Un anillo de juguete muy chulo que compró para él. De cómo el crío se sintió engañado al volver del primer día de colegio, porque aquel añillo en realidad no tenía poderes, y de cómo la salida que encontró su padre para remediar, para intentar aliviar algo de esa pequeña tragedia familiar, fue echar mano de la gente que estábamos ahí, al otro lado, leyendo, escuchando ese eco de S.O.S., para mandarle algunas palabrillas al chaval… Un ánimo, una pizca de esperanza que reinflase quizás ese saco de ilusión que horas antes había estado lleno a rebosar, y ahora estaba desinflado por completo, pisoteado y por los suelos. Y la gente, los que leímos aquella historia, muchos, respondimos. Aquello nos caló. Le inundamos a mensajes…

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-«¡Hey, Martí! ¡En serio, chico…! La magia existe, créeme. Yo la veo a diario…»-

-«Hay un poder especial en ese anillo, de verdad. Ya lo verás un día de estos…»-

Y cosas similares. Mensajes de ánimo, de cariño…

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Todo esto nos lo relató Carlos en aquel momento, y sigue siendo una de las historias cotidianas más bonitas que recuerdo haberle leído a nadie en todos estos años, la verdad. Si no lo hiciste en su día, párate un momento a hacerlo, y bucea unos minutos en aquella historia, que no te arrepentirás.

Hoy me he vuelto a acordar de ella, al ver a mi pequeño corretear y disfrutar por la casa con su pequeña linterna verde. Mi pequeño, que tiene una edad cercana a la que tendría el pequeño Martí por aquel entonces. Pienso en que de alguna manera, me está tocando hoy a mí vivir lo que él vivió ya con su hijo hace unos pocos años. Misma situación. Mismos personajes. Estoy retomando aquella historia por la que pasó él, y por la que pasarían otros tantos antes que él.

Y por ello pienso en las conexiones. Las conexiones que nos unen. A ti y a mí. Lo que yo te leo. Lo que tú me cuentas. Lo que aprendo de ti. Lo que yo pueda enseñar (quizás…) a los demás. Y oye… Mola. Eso siempre ha molado. Somos pequeños cómplices y partícipes de las historias que leemos, escuchamos y compartimos. Porque al final, se trata de eso. Aprender. Y enseñar. Conectarnos. Expresarnos. Y que esa rueda no se pare nunca.

Está bien recordar esto de vez en cuando, en la era de la escalada del odio, la angustia, la pose, los jeiters y la desinformación de las redes. Que no se nos olvide que las redes, como redes que son, y estén construidas por el hilo de que estén construidas, son en esencia ese vehículo de traspaso de información por el cual siguen colándose en nuestras casas, las más bellas, tiernas, válidas, provechosas e interesantes historias.

Historias como las de una pequeña linterna led de luz verde.

(Por cierto… ¿Qué tendrá el puñetero Linterna Verde, eh…? Supongo, que un pedazo de anillo que mola todo un universo.)

El juramento de Linterna Verde


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Papi no sabe ayudarme

La verdad es que esta bola rápida no la he visto venir.

Hoy acaba de darme un hermoso sopapo uno de estos momentos con los que todo padre o madre se topa de bruces tarde o temprano en esta carrera de fondo que es la crianza de los propios lechones.

Mi hija nos ha soltado directamente un muy doloroso -«…Es que papi no sabe ayudarme.»- Directo y sin anestesia. Y claro, mi tierno corazón ha sentido de lleno toda la fuerza y el escozor de la fría y amarga puñalada, de esta reveladora y cruel nueva realidad.

No sé si los antecedentes o el contexto son relevantes… Basta decir que Churri estaba fuera por un recado, y yo en casa con los dos críos. La mayor, ya terminado su desayuno hacía rato y haciendo propiamente la zascandila, como es menester. El pequeño y yo, todavía desayunando.

Insistiendo a la mayor que se ponga en marcha con sus tareas (a saber, la rutina diaria de quitarse el pijama, vestirse, peinarse, lavarse los dientes, recoger su cama y ponerse en su mesa y arrancar con los deberes del día del cole… Pfffff, sí, TODO eso. Que yo les entiendo, ¿eh? Que aquí también pasamos todos por aquello…), ella ha jugado hábilmente las cartas que las circunstancias habían puesto en su mano, desplegando sus ya muy desarrolladas habilidades dramáticas, y se ha declarado en ilegítima rebeldía, argumentando con la astucia que le dan sus muy vividos seis años de pajaruela que ya tiene. Y que hasta que no volviera su Santa Madre, ella no se movería ni haría nada de nada.

Y siguiendo en sus trece, hasta que al poco en esto regresa la Santa Madre, y claro, la otra al ver el panorama de ¡Pero bueno! ¿¿A estas horas y todavía así, que no has empezado con las cosas del cole todavía??, como la mar gruesa cuando avecina por la Tramuntana, enseguida ha saltado con esa argucia, esa vil frase que me ha sentado a cuerno quemado, que brotó ahí de su tierna boquita como si cualquier cosa…

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«…Es que papi no sabe ayudarme.»-

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Y me he hundido un poco yo solito en mi miseria. Me lo van a permitir.

Todo viene yo creo, de un día, una de estas mañanas de pandemia, en que aquí esta persona humana y cárnica que os escribe se puso al lío con la niña, que debió si no amanecer ya torcida, seguramente se torció a eso de las desayuno, desayuno-y-media de la mañana. Vete tú a saber porqué. (Igual fue que apagamos la tele, o alguna tragedia griega de estas…)

El caso es que inicié la cita escolar mañanera con ella. Algo de mates. O las horas del reloj, o averigua tú el qué… Y al poco, ya estaba aquella resoplando cual tetera, y el mundo viniéndosele encima. Nada que ver con la mañana anterior, que la cosa fue fluida y bastante bien. Iluso de mí, que pensaba que aquello podría durar y que todos los días serían jauja.

Ahí nos enzarzamos, o la cosa se lió… Ella sacó su Hamlet interior, yo mi impotencia de los días de no tengo el tótem para farolillos, y se nos truncó el amor de tanto usarlo… Y ahí quedó el drama. Desde aquella fallida mañana, la niña pidió el comodín del cambio, volvió a requerir a su madre en las labores de tutelaje escolar (que era con quien había empezado con esto, semanas atrás, dicho sea de paso) y poco ha querido volver a saber de mí a este respecto.

Es decir, que de aquella, me plantó la etiqueta de «MI PADRE, POR AQUÍ, NO».

 

drama queen. Mi hija es una dramitas.

 

Y es que bueno, no por intuirlo a lo mejor, hace menos daño el escucharlo de viva voz. La confirmación del presentimiento. La crónica de una muerte anunciada. Y pese a que con ella también se trae trifulcas, perifollos, desmanes, llantinas, bufidos y desabridas desavenencias, desde entonces ha sido su madre la que ha ido de la mano con ella en el tema de los deberes, casi la totalidad de los días, mientras que yo me dedico al pequeño y a labores caseras. No sé si es que con ella se resigna, porque ha agotado el cupo de cambios, o es que realmente está más a gusto.

Esta es mi losa. Mi temor. Mi bajona de hoy, con luces de neón y flechitas parpadeantes apuntando a este padre luser. Resulta un combate que ni siquiera sabía que estaba librando, y de repente me veo tumbado en la lona a las primeras de cambio y por nocaut. No he oído ni el ding-ding de la campana.

Mi hija, etiquetándome. Después de todo el machaque que nos ha dado el bueno de Alberto Soler con este tema, y es mi hija la que me cuelga la etiqueta a mí. Manda webs.

Pero con una etiqueta de las que nadie quiere… De las chungas. De las de «Producto defectuoso». De las de –«Este ejemplar no me sirve, señora cajera… Lo pone aquí, oiga. Mire. Deme mejor otro…»- Mi hija, sacando una libreta mental, haciendo –click- a su boli y poniendo una X enorme o dibujando una carita triste, que para el caso tanto igual da, junto al epígrafe de «Papá y las tareas del cole» en su lista de –Cosas de papá en las que puedo confiar–. Mi hija, haciéndome, en esencia, un Jaime Lannister en toda regla: -«Una vez maté a un rey, y desde entonces me llamaron Matarreyes…«– O lo que es lo mismo, una vez tuvimos un mal día, y desde entonces, ya no valgo para ayudarte con las clases. Nunca más, por lo que se ve.

¿Cómo he fallado de esta manera? ¿En qué momento mi hija ha logrado asociar y asimilar mentalmente que ya no se fía de su padre para ayudarla en todo lo que sea? Que ya no puede contar conmigo para cualquier cosa que ella necesite. Es duro pensar en esto, en serio.

Nunca pretendí ser un súper padre, y sabía que estos momentos llegarían, que tampoco me he caído de un guindo, pero sinceramente, os diré que no pensaba que llegaran tan pronto. Con 6 añitos, pensaba que todavía esa parte de la inocencia seguiría ahí. Pensaba que esta ilusión duraría al menos un poco más. Qué sé yo. Hasta los 8 o los 9 años… Llamadme loco. Aunque realmente tampoco me ha dado nunca por pensar sesudamente en esto, no os voy a mentir.

Pero supongo que también eso dice algo a favor de su inteligencia, claro, si lo rumio bien. Habrá que mirar lo positivo de este palazo, digo yo. La jodía es lista. Intuyo que eso al menos es algo bueno que sale de este tragicómico episodio. Como decía el gran dios Carles Capdevila en aquel grandioso monólogo para la eternidad, -«La misión de los padres consiste en espabilar a los pequeños, y tratar de controlar a los mayores…»- Y al menos, esta parece estar espabilando y dándose cuenta de que no todo el monte es orégano. Igual tan mal no lo estamos haciendo, entonces.

Bueno… Eso tiene de positivo, y el recordar también que yo tenía un blog en alguna parte, ya de paso. Un blog en el que yo solía recoger y atesorar tonterías de este tipo. Un lugar donde poder llorar mis mierdas a gusto; mierdas monguers como la de hoy, y con suerte, compartirlas con algún gato o gata despistada que pase por ahí. Es bueno, de repente, recordar que tienes un blog. Bendito blog.

En fin. Supongo que toca lamerse las heridas, tragarse el orgullo y pensar que mañana será otro día, y que nunca es tarde para enderezar el rumbo de esta nave del misterio. Seguiré insistiendo, y metiendo caña y cuña cuando pueda, y veremos cómo puedo hacer para que la cosa se arregle. Y por supuesto, habrá que intentar que esa nueva prescencia suya, esa capacidad de discernir o adivinar en qué múltiples cosas de repente su querido papá está por debajo del umbral de lo molón y lo resolutivo, se retrase todavía un poquito más, a poder ser. Dejadme darle todavía unos tragos más a la ilusión, porfa.

Estoy jodido, lo reconozco. Me ha escocido. No todos los días afronta uno a bocajarro la realidad de su difusa inutilidad, y sin derecho a revancha o a una simple réplica. Pero aquí os digo también que otra cosa que no sé si sabe aquí mi listilla, es que los Lannister siempre pagan sus deudas.

Y mi deuda eterna con ella, como buen padre suyo de ley que soy, siempre estará presente. Y el pago de dicha deuda consiste entre otras cosas, en que llegado el momento preciso, y aunque me quedase manco de una mano, siempre habré de estar ahí, detrás, o a su lado, para al menos intentar ayudarla o guiarla en lo que buenamente ella quiera o necesite de mí. 

Ley de vida. Tendré que conformarme con eso.

 


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El derecho a soñar en una hamaca

…O también podría haber titulado este post, «Descansar (2ª parte)», como continuación del post de la semana pasada.

Porque curiosidades de la vida, creedlo o no, pero apenas un par de días después de publicar la entrada del otro día, de paseo por un parque al que teníamos ganas de ir desde hace tiempo, casi como por azar, me topé con un pequeño milagro moderno en forma de cartel, que atrapó mi atención, y decía así…:

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EL DERECHO A SOÑAR EN UNA HAMACA

«¡Oh, Pereza, apiádate de nuestra larga miseria! ¡Oh, Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!»

Paul Lafargue terminaba con estas palabras su conocido libro El derecho a la pereza, de 1883. Su mensaje cobra actualidad en un siglo XXI en el que la epidemia de estrés es la otra cara de la moneda de una economía compulsiva, que está relacionándose con la naturaleza y con nuestras buenas costumbres como se relacionan los tumores con los cuerpos sanos. El hamacódromo popular de Finca Liana surge del encuentro entre el CA2M Centro de Arte 2 de Mayo, el Ayuntamiento de Móstoles y dos colectivos locales: Tejiendo Móstoles y el grupo ecologista Instituto de Transición Rompe el Círculo.

La idea, materializar una intuición visionaria de estos últimos: en 2030 Móstoles será una ciudad sostenible y tendrá hamacas en sus parques. Para adelantarnos se ha convocado a perezosos y soñadores, artesanas sin oficio y adictos a la siesta, enamoradizos y nostálgicas del futuro, a tejer juntas el primer hamacódromo popular del país. Durante el proceso se han involucrado más de un centenar de vecinas y vecinos.

Un hamacódromo para tener un bello rincón en un parque público donde cualquiera pueda descansar. Para encontrarse y entretejer otras cosas más importantes que hamacas: nuestros vínculos deshilachados. Nuestros saberes desperdiciados. Nuestra lentitud estratégica. Nuestra alegría incansable. Nuestra creatividad sin medida. Nuestra cultura de vivir bien en común. Y, sobre todo, para no olvidar que la felicidad es exactamente lo contrario a la rentabilidad.

Esforzarse en decrecer, sanar, parar. Consumir menos para vivir mejor. Hacer de la lentitud una nueva norma. Este es el reto que nos lanza la sostenibilidad ecológica. Para ello, tenemos que aprender a valorar de nuevo qué es lo importante y qué es lo posible. Y reescribir una nueva declaración de Derechos Humanos sostenible para el siglo XXI, donde la pereza juegue un papel importante: «todo hombre o mujer tienen derecho a soñar que se enamoran tumbados en una hamaca».

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Y yo, que soy así de monguer, lloro fuertecito por dentro, porque parece que acabo de encontrar mi pequeña parcela de paraíso en la Tierra. ¿Cómo…? ¡¡Un hamacódromo público, en un parque… En España! La idea me parece tan molona como loquísima; tan innovadora como radical, y tan española como la tortilla de papatas; eso también. Si en otros países se ha hecho, ¿cómo es que aquí no se ha implantado esta ideaca nunca? Y muchas piezas sueltas se conectan en mi cerebro, que empieza a salivar cual perro de Pavlov, imaginándome inmerso en dicho entorno.

Una pequeña parcela de pinar en que la apología a la calma es patria y cuatro cordeles atados su bandera. Un minúsculo paraíso urbano en el que la contemplación tiene una mano ganadora en una partida frente a la acción y a la tensión. Un lugar en el que soñar despierto, imaginar, pensar, abstraerse, no está reñido con el tic-tac invisible de ese reloj que nos susurra al oído que cada segundo que se te cae al suelo son pepitas de oro con las que estás sembrando el campo muy a tu pesar, porque son de esas pepitas que nunca retornarán a tu bolsillo y desaparecerá tu nombre grabado en ellas.

-«¡No todo está perdido, entonces! ¡Todavía hay esperanza!»- Pienso, casi en éxtasis. No estoy del todo solo en este mundo acelerado.

Peeeeeero… (Siempre tiene que haber un pero…), solamente hubo un pequeño problemilla. Un detallín. Una minucia sin importancia. Y fue queeeee… NO se veía hamaca alguna por ninguna parte. Nada. Nacin de nacin. Rián de rián. Nichts. Niente. Nichego, moy tovarisch. Ni rastro, vamos. 😦

Mi gozo en un pozo. Oscuro y profundo de narices.

Investigando, por lo visto, meses después de su inauguración, en la primavera del años pasado, ya no quedaba hamaca alguna en su sitio. Deterioro, falta de mantenimiento. Desinterés, quizás… Mierda pa mí. Mi sueño, desvanecido tan pronto llegó. En fin; demasiado hermoso para ser verdad. Aunque este año lo volvieron a abrir. Pero se conoce que sigue siendo una performance efímera y temporal. Vale. No por eso dejo de aplaudir fuertemente en mi interior. Arte puesto al servicio del público y cumpliendo un bien social. Maravilloso. ¿Qué más se puede pedir? (Vale, sí… Encontrártelo materializado y entero, cierto. Pero ya me entendéis…)

Mi hija, que me vio, viniendo desde lejos se me acercó y me preguntó: -«¿Qué estás leyendo, papi…?»-

-«Nada, hija, nada… Un cartel con un pedazo de sueño deshilachado pero muy hermoso, nada más.»-

Es algo que se ha quedado a medio camino entre el ser y el no ser en mi imaginación. Bueno, es mucho mejor que nada, ¿no creéis? Y me queda el consuelo de que algo así ha existido, que existe, y que posiblemente, se levantará de nuevo, quién sabe, si la primavera que viene o cuando algún concejal de turno vuelva a repensar esos fondos que permitan su mantenimiento y conservación. Y se convertirá sin lugar a dudas en mi nuevo sitio favorito del universo.

Cartel descriptivo del proyecto del hamacódromo público de Móstoles.

Lo dicho. Que habrá que volver por aquí en 2030, entonces, y ver cómo les va.

Y mientras ese día llega, siempre nos quedará esperar, tumbarnos y soñar.


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Descansar

Ayer hablaba con un amigo sobre las extraescolares de los niños. Supongo que por sacar un tema e ir hilando una cosa con otra. No queda otra que dejar fluir la lengua si estás en un velatorio, y encima si es con un amigo al que ves mucho menos de lo que deberías. Al fin y al cabo, como se demuestra a cada rato a lo largo de la tarde, no hay nada más incómodo que un silencio prolongado en un corrillo de varias personas, y más si es algo doloroso lo que lo envuelve.

Hablamos de muchas cosas, de los horarios de los peques, de nuestros horarios, de las cosas que hacen ilusionados y de las cosas que hacen por inercia, porque nosotros se lo pedimos o imponemos.

A veces les metemos en ruedas en las que no quieren entrar, aunque lo hagamos simplemente para que prueben. Otras veces son ruedas sobre las que montan encantados, y no queda sino soltarles, que hagan camino y le den como si no hubiera un mañana. El poder de la ilusión y la motivación, ya sabéis.

Con las mismas, nosotros mismos nos metemos igualmente en ruedas nuevas en las que en el fondo tampoco queremos entrar, pero lo hacemos exactamente por las mismas razones, porque creemos que hay que hacer tal cosa. (Y que nos gusta meternos en fregaos, también).

A veces simplemente pienso en el tiempo que nos ha tocado vivir, y en nuestras circunstancias. En esta época en que uno de 20 todavía es un crío, un pipiolo que no sabe nada de la vida salvo transportar cuatro libros y una carpeta con apuntes de aquí para allá, y hace apenas unos siglos, o quizás unos decenios atrás, uno con 20 ya tenía una familia detrás, un proyecto de vida, un trabajo, hijos, etc. Es decir, alguien que vivía la vida que por aquí muchos estamos empezando a vivir a nuestros treintaymuchos.

Con las mismas, y dándole de nuevo la vuelta a la tortilla, veo igualmente que hoy con 20 puedes haber hecho cosas inimaginables para alguien de unas décadas atrás. Hoy todo va más deprisa; todo parece mucho más complicado. Y eso también es un handicap.

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Las posibilidades se juntan con las expectativas y a veces con las obligaciones, y podemos vernos a nosotros mismos como un pequeño hámster que no para de dar vueltas en la rueda giratoria de su jaula, moviéndonos todo el santo día sin parar. Rueda. Rueda. Rueda más. Sigue rodando. Cada segundo del día cuenta y es importante exprimirlo al máximo.

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Quizás es el anhelo que aparece de vez en cuando de querer volver atrás, de querer volver a una época aparentemente más sencilla, (que no sé si es igual a más desocupada). Pero sí más tranquila. Aunque me temo que simplemente, lo que queremos es volver a encontrarnos en situaciones que se acomoden a nuestros intereses. A nadie le amarga agarrarse a una rueda que se mueve al gusto y al ritmo de uno, al fin y al cabo.

Hoy toca entierro. Sé que es un sitio al que no quiero ir. Una de esas obligaciones de adulto, una rueda, dura, hosca, ingrata, que me recuerda que a veces, en la vida, hay cosas que hay que hacer porque tocan, porque deben hacerse. Porque sabes que hoy hay que estar ahí, apoyando. Y así debe ser.

Pero eso debe hacernos reflexionar, valorar lo positivo que hay también en el otro lado. Lo necesario de soltar un poco el carrete cuando se pueda, quede cuerda y quede tiempo suficiente. El intentar soltar un poco de lastre para procurar hacernos la vida un poco más sencilla. Algo así como aplicar a la vida cotidiana lo que en economía nuestros vecinos franceses dieron por llamar laissez faire, laissez passer. O yo lo interpreto así.

Quizás no podamos evitar que la gente que nos importa y de la que nos rodeamos se vaya. Quizás no podamos huir de las obligaciones verdaderamente importantes. Tampoco lo querría, en el fondo. ¡Bah…! O sí, no lo sé. Obligación no deja de ser un término bastante porculero, no nos engañemos.

Pero a lo mejor sí que podemos dejar pasar unos minutos eso que en el fondo no es tan importante. Quizás sí que podemos dejar hacer a nuestros peques y ofrecerles esos cinco minutos de más que necesitan. Ese hueco. Ese espacio. Quizás sí que podemos hacerlo igualmente nosotros mismos.

Eso sí que podemos hacerlo. Permitirnos nosotros y dejarles a ellos que elijan agarrarse o no a la rueda que más les atraiga. Y que cuando se pare y quieta se quede, podamos todos tumbarnos un ratito y descansar a la orilla del camino con una sonrisa en la boca mirando una nube pasar.

Por cierto… También me gustó escuchar la coherencia en la voz de mi amigo, e incluso en la mía. ¡Oye, que creo que no lo estamos haciendo ni tan mal, jatetú…!

 


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Yo también me equivoco

Claro que me equivoco. ¡Por supuesto que me equivoco!

Constantemente.

Como tantas veces que he querido acceder al metro pretendiendo poder pasar, con toda mi cara de extrañeza, metiendo las llaves de casa en la ranura del billete de los tornos de la estación. O con su contrapartida, faltaría más, queriendo abrir la puerta de casa con el abono transportes.

Como aquella vez que regresando en avión desde Barcelona, en el viaje del paso del ecuador en la facultad, cuando una chica con cara aterrada se sentó a mi lado, en el pasillo, y le pidió a mi amigo David que por favor bajara la cortinilla de la ventana, que le tenía mucho miedo a las alturas, y al poco de despegar, al subirla, me asomé y dije en voz muy alta: -«Joder, pues sí que hay una buena hostia desde aquí arriba, sí…»- Y al ver la cara de mi amigo, pensé –«(¡Ups! Tierra, trágame…)»- Sí. Bocazas, el personaje del bueno de Corey Feldman en los Goonies, es un pringao a mi lado.

Como aquella vez que se me olvidó revisar (bien) la mochila que uso para llevar como equipaje de mano cuando voy en avión, y justo antes de facturar descubro de milagro que llevo dentro… …Mi navaja. (No, no soy un personaje de peli de Eloy de la Iglesia. Sí, es la navaja de cortar setas. Que es la misma mochila que uso para las excursiones. Malpensados.) Ahora que pienso, habría sido divertido explicar eso en el arco de seguridad. O no. Con mi familia y yendo con prisas, igual no.

Como aquella vez que le compré un ratón inalámbrico a mi cuñada para su portátil. Que luego no quiso, porque resultó que ya tenía otro. Y cuyo tique de compra perdí misteriosamente, por lo que no lo pude devolver. Y ahí se ha tirado años por casa esa cosa, okupando un espacio valioso y cotizado en un cajón.

Como aquella vez que en la reforma de nuestra casa, elegí unos azulejos blancos para el baño, la mar de bonitos. Que cuando llegaron a casa, resultaron que eran… Grises. Y hubo que comprar otra remesa, esta vez sí, de blancos de verdad. Cosas de las luces de las tiendas, gente. Yo qué sé… Qué queréis que os diga. El WTF todavía resuena en mi cabeza.

Como aquella vez que intenté estrenar la sartén pequeña de las tortitas… Y lo que salió de allí parecía más a regurgitado de orco. Eso sí, de orco gourmet, ojo. Que todavía hay niveles.

Como aquella vez que me compré aquel tebeo plastificado, porque la portada era muy molona. Y luego el interior era una mierda. O aquella, o aquella otra… Y aquella también. Y la de más allá. Y nunca los devolví, claro. Pero de todo se aprende. Ya no lo hago.

Como aquella vez que me compré unas playeras del 43. -«Joder qué justas están, ¿no? Bueno, esto cede rápido…»- Y un mes después de dolor de pies tras ir poniéndomelas cada día, resultaba que no cedían tan rápido como yo creía, las muy perracas. O quizás fueran dos meses. Porque si digo tres, a lo mejor ya me flipo demasiado… O no. Ya hace tiempo, la verdad.

Como aquella vez que te caíste con la bici, a principios de este verano, en mitad del parque, rodeada de adolescentes que se rieron, y yo no supe ver en aquel momento la vergüenza y la frustración en tus lágrimas que pedían a gritos la importancia de un padre defendiendo a su pequeña ante aquellos pringados y sus risas malhirientes. Que no lo fueron tanto, de verdad, pero sí ante tus ojos, que es lo que importaba. Y cuando me quise dar cuenta, ya era tarde. Mal, y tarde. Y nos volvimos andando a casa. Se acabó la bici ese día.

Pago suscripciones a servicios de los que luego no hago uso, y no me doy de baja. Tengo el Guinnes en perder cosas. En serio. Un día de estos os haré una lista… Dos de cada tres veces que como en un sitio exótico, me da la sensación de que he pedido el peor plato posible. O el peor postre, que para el caso, es lo mismo.

Vamos. Que pilláis el concepto, imagino. Papi se equivoca, queridos lechones míos. ¡Ya os digo que se equivoca! Aunque, como todo el mundo, nunca con mala intención.

 

El libro de Gloria Fuertes para niños y niñas, de Blackie Books

 

Como cuando se ha hecho tarde para ponernos a leer el cuento que me traes, y te digo que no da tiempo, que es muy largo, pero por contra, ¡venga! Mejor os leo algún poema rápido y bonito de esa cucada de libro monérrimo que es ‘El Libro de Gloria Fuertes para Niñas y Niños’, maravillosamente ilustrado por Malta Altés, que por azar no tocamos nunca y curiosamente tengo unas ganas locas de metéroslo en vena, que para eso me gasté la pasta con toda la ilusión del mundo. Y tú, que no, que quieres tu cuento del cole. Y yo, que no, que te leo este poema, verás… Tú escucha, siéntate aquí…

Erre que erre. Si tú, si yo… Como la canción de Kiko Veneno. Y de repente, te llevas tu cuento bajo el brazo, lo dejas en su sitio en la estantería, y te vas del salón cabizbaja, con el ceño fruncido, en silencio, cabreada, y con la palabra decepción pintada en la frente, enfilando hacia tu cama. Sin abrazo. Sin beso. Con la cara de bobo de tu padre con la palabra colgando de la boca… Tu hermano, en cambio, como pasa de todo, sigue a su bola dando brincos en el sofá, ajeno a la movida.

Claro que me equivoco, amoresmíos. ¡Igual estoy en el TOP 5000 de los que más se equivocan en el mundo! ¡Qué idiota! Obligar a una niña a leer algo que no quiere. Una lección que es de de Niñez. Pero de verdad quiero que sepas que no pretendía que te fueras de esa manera. ¡Ay, ese carácter tuyo, cariño…! Tantas soluciones diferentes como estrellas en el cielo, y sencillas, que podrían haber salido mejor que ese desenlace, para ambos. 😦

Pero bueno… Como dice mi buen amigo Carlos, los niños no tenéis rencor. Y al día siguiente, cuando te pido disculpas, me dices que no te acostaste enfadada. ¡Qué rica eres!

Si es que hay que quererte, joder recórcholis…

PD: todo este rollo, para deciros a los dos lo importante: que equivocándonos, es como aprendemos. Nunca lo olvidéis. Y cada día que paso con vosotros aprendo una miajita más a ser esto de… padre. 


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Día internacional de la Niña (2019)

Hace 5 años escribía un post con este mismo título.

Era la primera vez que escribía sobre este tema, que surgió por casualidad, y recuerdo lo que me impactó saber que había un «Día Internacional de…» específico para ellas. Para las niñas.

Pero no me quiero repetir. Simplemente vengo de pasada, para poner en contexto muy rápidamente qué significa para mí este día, cinco años después. Y significa que sigo teniendo un tesoro en casa. Un tesoro, unos cuantos centímetros y kilos mayor que aquel de entonces.

Me vuelve loco lo mucho que está aprendiendo mi hija. Me alucina ver todo lo que ha ido cambiando en estos años. Las sorpresas que me presenta y cómo se va desarrollando a todos los niveles: su físico, su personalidad, su carácter, su curiosidad…

Cada día tengo más claro que es un tesoro. Un tesoro valioso y raro que hay que proteger y cuidar con mucha atención para que crezca y se desarrolle, dándole mucho cariño, dándole pautas, dándole educación, dándole seguridad, dándole buenos y firmes ejemplos, dándole esperanzas, dándole confianza, dándole igualdad de oportunidades. Dándole nuestro tiempo y nuestro aprecio. Dándole nuestra atención sincera sin ser condescendiente desde el mal sentido del término. Dándole salud. Dándole respeto. Dándole lo mejor de nosotros, como padres.

¡Qué difícil! ¿Verdad? Una tarea que nos llevará el resto de nuestra vida, porque nunca dejaremos de ser padres, y nunca dejaremos de ser ejemplo y de tratar de estar ahí para nuestras niñas. Pero en el fondo, no es algo que nos deba resultar imposible, en principio. Al fin y al cabo… ¿Acaso no son nuestras hijas? ¿Cómo no hacerlo, entonces? ¿Cómo no intentarlo, al menos? ¿No es lo que queremos todos…?

Porque no son un montón de monedas metidas en un cofre cerrado por un bucanero de parche en el ojo con un candado herrumbroso, reposando bajo metro y medio de fina arena blanca y a la cálida sombra de un palmeral exótico en un rincón de una isla desierta… Son otro tipo de tesoro. Un tesoro que de hecho, siendo justos, no nos pertenece, porque pertenece al mundo entero.

Porque si ponemos de verdad nuestro empeño, ¡es que les estamos ofreciendo el mundo entero, de verdad! Les estamos ofreciendo un futuro. Un potencial. Les estaremos ofreciendo una oportunidad. O muchas. Las que ellas quieran o sean capaces de coger. La oportunidad de llevar la vida que quieran llevar. Y de mejorarla. La suya, y las de muchas otras personas. Eso es lo grande, lo valioso de este tesoro.

La oportunidad de seguir una cadena. Pero una cadena buena, la única cadena buena que de hecho, hay… Que es la de intentar ser buenas personas y dejar una huella positiva en la gente y el entorno que te rodea, para convertir este pequeño mundo azul en un sitio un poco más amable y agradable. Nada más. Y nada menos.

Creo firmemente que el futuro a corto plazo debe escribirse en femenino y lo hará desde la igualdad. Ya toca. Y las niñas de hoy serán las mujeres que mañana veremos haciendo, creando, imaginando cosas que hoy todavía soñamos como si nos hablaran de un milagro.

Orgulloso de mi hija

Sobra que te lo diga, por supuesto, pero cuida de tu hija. Dale tu amor y tu confianza. Respétala, cree en ella y apuesta por ella.

Y por supuesto, está muy bien fliparse tanto y ponerse muy trascendental, y todo eso. Pero por encima de todo… ¡Aprovechad, insensatos, además, para darles muchos besos, abrazos, achuchones y pedorretas en la tripa mientras podáis, quieran y se dejen! Al fin y al cabo, ¡¡están creciendo muy deprisa, y el tiempo vuela, mierda…!!

¡Son niñas, joder! ¿Qué queréis…? ¡Que no van a estar así de monérrimas y adorables toda la vida!