Y yo con estas barbas

Relatos sobre mis experiencias y expectativas como padre novato


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Un pequeño milagro

Todo el mundo sabe que los milagros existen. O deberían saberlo.

Los milagros grandes, son raros; raros y escasos. Ya sabes a cuáles me refiero. Pero los hay medianos y los hay pequeños. Y esos, familia… esos abundan. Y este fin de semana he vuelto a ser testigo, una vez más, de uno de ellos.

Este sábado pasado tenía un plan de toda la jornada. Mejor dicho… Un PLANAZO. Semanas con ese runrún en la cabeza, ojeando el calendario. De palparlo en el ambiente a una semana vista, notando el ansia, con el fastidioso hype de las narices bullendo y los pequeños nervios queriendo brotar por cada poro de mi cuerpo… Ya sabes a qué me refiero. O sea, EL plan.

Pues voy a sincerarme… Un par de días antes, me llegó una bajona inesperada y repentina. Un …-“¿Pero qué pinto yo allí…?”- Que me cogió a contrapié, desprevenido, desconcertado y por sorpresa, amenazando con mandarlo todo a la porra de un plumazo.

Y reconozco que me sobrepuse. Que luché contra ese bajón. Contra esa apatía. Contra la pereza o lo que fuera ese mierdero nubarrón que se me cruzó por delante. Porque tenía buenas armas a mi disposición para afrontar esa lucha, que son las que me da la experiencia de saber lo que la jornada me iba a deparar:

● Madrugar. Pero en plan bien. Por una vez y por una hermosa razón, la de aprovechar el día.

Reencontrarte con amigos. A gente querida a la que tienes muchas ganas de achuchar.

Abrazar. En plan oso pardo, levantando en vilo a la gente. Besar. Sonreír… –“Y todo, como si no hubiese un mañana…”– Que diría mi ya eterno y querido sidekick; mi compañero de asiento de bendita nariz de fraggle.

Conocer gente nueva. Lanzarse. Atreverse. Romper esa fina y dura pared de papel que es la timidez. Desvirtualizar. Ese palabro que es tan nuestro.

Escuchar. Aprender. Cosas útiles. De mano de gente que sabe. De fenómenos en lo suyo.

Reír. Mucho. A placer. A mandíbula partida. ¡Que no hay nada mejor en este mundo, por Dios!

Llorar. Menos. Lo justo. Pero de placer, eso sí. Por cosas buenas. Eso puntúa triple.

Participar. Relacionarte. Interactuar. Abrazar de nuevo.

Observar… Observar cómo esa cadena de abrazos, de besos, de sonrisas, se expande y lo inunda todo. Una mirada de reojo y no ves sino gente feliz a tu derecha, a tu izquierda… Incluso percibes cómo la felicidad corretea, a veces, gateando por el suelo en un rincón, si te fijas bien. Alegría ese que se saca un selfi. En aquella que ojea un libro. En aquella otra que saborea ese pinchito con un vino que le está sabiendo a pura gloria, o en esa niña que imagino ha sido llevada un poco a regañadientes y que de repente ve con ojos como platos compensada su tediosa mañana porque un inesperado regalo ha caído en sus manos. ¡Todo un salón lleno de gente que lo está pasando bien! Que disfruta. Que están felices. Tanta gente al mismo tiempo.

Más risas. Más alegrías. Nervios. Tensión. Decepciones también, no lo neguemos. Pero que a su vez se tornan más livianas cuando ves la justicia que emergen en ellas y que provocan seguramente no una reacción de rencor, sino de alegría y de afán de superación, porque eres consciente de que no es lucha entre rivales sino reconocimiento entre colegas; entre iguales. Manos doloridas de tanto aplaudir. Eso también puedo esperarlo.

● Abrazar más. Abrazar infinitamente. Hasta perder el sentido: –“¿Oye, ya te he abrazado hoy…? ¡Tres veces, pero da igual… A mí esos brazos, reina!”–

Apostar. Comentar las jugadas del día. Y compartirlas: selfis, vídeos, firmas. Quizás compromisos. Quizás promesas.

Sembrar… Semillas. Ideas. Conceptos. Confirmar supuestos. Afianzar voluntades. Generar sinergias. O colaboraciones. O proyectos. ¿Quién puede saberlo?

Crear nuevos recuerdos que te sirvan para sustentar los buenos (y malos) momentos de los meses que están por venir.

Y sabes también que cuando al final de la sesión se eche el telón, cuando todo acabe… …nada acaba. Porque the end es un “hasta luego”. El final no es sino un pacto sellado bajo la luna con una jarra fría en la mano y delante de un buen plato de apetitosos hidratos gratinados con queso.

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-“Te he visto de cine, oye… ¡Estás estupenda! Ganas todavía más en persona…”-
-“Pues verás el año que viene, maja… ¡Todavía mejor! Que yo, como los buenos caldos, voy ganando más con el tiempo…jajaja. ¡Como tiene que ser!”-

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Todas esas eran mis armas. Ni más, ni menos. Armas (…o quizás debería decir mejor “ingredientes”) que sabía me servirían para cocinar un pequeño milagro. Pequeñito. Casero. De estar por casa, si quieres. Pero milagro, al fin y al cabo. Y a estos ingredientes fueron a los que me abracé.

Y hoy, todas y todos volvemos a ser ya un poquito los de siempre. Lejos y cerca a la vez. Pegaditos a los móviles, a nuestras pantallas. Como cada día, unidos por un fino hilo de firme acero que nos tiene dulcemente conectados, y que es el pegamento que configura nuestra red. Un hilo que es nuestra comunidad. Un hilo conformado mediante nuestras palabras. Trenzado y tejido con esas pequeñas letras que tecleamos y juntamos a base de mucho tesón y esfuerzo, y que son con las que obramos a veces, pequeños, medianos o grandes milagros, nos demos cuenta de ellos o no.

Y el milagro se obró, como ya me esperaba. No hubo tiempo en ponerlo en duda. Porque es un milagro que ya conozco y que ya he vivido otras veces.

Este pequeño milagro que ocurrió este sábado, y del que os hablo, es un evento, una pequeña fiesta muy especial, que se llama Madresfera Bloggers Day. 

Es esa pequeña bomba de energía positiva a la que a muchos nos gusta aferrarnos año tras año y que se nos cuela ya de manera tradicional en nuestros calendarios porque se nos sigue ofreciendo con el mismo mimo y cariño de siempre, como ese bombón artesano de dulce chocolate negro que te ofrecen en bandeja de plata. Es el pequeño milagro de lograr reunir a gente maravillosa, con maravillosas cosas que contar y compartir. Ni más… ni menos.

Es también, el pequeño milagro que hace que alguien como yo, que está un jueves de bajona gorda, despierte un domingo con las Duracell cargadas de nuevo a tope, con ganas de ponerse de nuevo al teclado, con ganas de hacer cosas, y con fe renovada en la gente que hace posible que ocurran cosas bonitas en este mundo. Así que…

Gracias por confirmarme que escribir sobre mi paternidad y compartirla con vosotras y vosotros, fue desde el primer día, y sigue siendo hoy, un grandísimo acierto.

Gracias a toda la gente que hacéis posible que pequeños milagros como este, existan.

Gracias por permitirme ser Lobezno, al menos, por un instante.

¡Gracias, MBDAY19!

¡Os quiero! 😉

Selfie como si fuera Hugh Jackman

PD: Después de toda esta chapa, muchos podréis decirme que igual me he pasado siete pueblos y que vivo en un mundo flagüerpagüer y que tanto buenismo da un poco de arcadas. ¿Y sabéis qué…? Que no os faltaría razón. Pero oye, al fin y al cabo, soy un creyente. Así que permitidme que me lo crea y que me regodee un poco, al menos durante unos pocos días, en el dulce subidón empalagoso de los pequeños milagros.

¿O a lo mejor igual resulta que hay que aprender también a mirar un poco mejor…? Bueno… ¡Qué sabré yo!

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Felicidades, pequeño mío

Esto no tenía que haber sido así.

No era esto lo que tu padre tenía en mente. Ni mucho menos. Ni en un millón de años, la verdad. No sé por qué se torció todo ni cómo pasó que este trabajado y precioso tinglado se fue finalmente al garete. Porque yo tenía un plan.

Yo creé este blog como respuesta a muchas cosas, hace ya unos años. Cinco harán, concretamente, dentro de unos cuantos pestañeos. Tenía entonces muchas inquietudes; necesidades; ilusión; tenía muchas cosas en la cabeza y necesidad de contar, de compartir y de aprender. Y lo más importante… Tenía una hija. Un bebé. Preciosa. Rolliza. Un auténtico bollito. Tu hermana. La protagonista de mis miedos. De mis sonrisas. De mis suspiros. De mis pensamientos. De mis palabras. Era mi primer bebé y delante de mí todo era campo y verdor primaveral.

Y papá creció. Como persona. Como padre. Como escritor, o como juntaletras, más bien… Y por aquí iba vertiendo palabras y más palabras según soplaran los vientos, ahora más, ahora menos, ahora a tope, ahora desaparezco, mes a mes, año a año. A veces con mayor o menor fortuna, a veces con mayor o menor silencio. Pero la fe siempre intacta. La meta, siempre clara. La ilusión y la certeza, siempre inquebrantables. Porque este siempre sería el regalo para mi niña querida. Un registro de su pasado, para su futuro.

Papá conoció a gente maravillosa por el camino. Vivió experiencias fantásticas. Aprendió. Comprendió. Compartió. Arriesgó. Participó. Intentó. Sufrió. Sí… También sufrió. Pero se recuperó. Y siguió. Y de repente, la barriga de mamá volvió a crecer sin medida.

Y tal día como hoy, hace justo un par de años, viniste a este mundo y nos ofreciste la primera de tus sonrisas. Te cogí entre mis brazos. Con toda la ternura y la calma de la que fui capaz de hacer gala en aquel momento, para que no te pusieras a llorar. ¡Qué remedio, sin tu mamá cerca para haberte ofrecido calor y consuelo! (Estaba ahí liada con los médicos; en fin, eso te lo cuento ya otro día…)

Y entonces, el orden natural de las cosas, que dictaba que A pasara a ser B, resulta que no llegó a cambiar. A siguió siendo A. Es decir, un blog sobre mi vida como padre, sobre mi hija, que debió a pasar a ser por lógica un blog sobre mis hijos, ambos, dos, en plural, siguió tal y como estaba. No sé muy bien el porqué, pero de una u otra forma te resistías a salir por aquí. La grandilocuencia con la que tenía en mente presentarte seguramente llegó a suponer un freno, un lastre… Parece que siempre tenía cualquier otra cosa sobre la que hablar, que me hacía posponer el sentarme y escribir sobre ti, sobre mi pequeño.

No sé en qué estaba pensando… Sigo sin saberlo, a día de hoy. Pareciera como si aquel campo verde primaveral se fuera tornado poco a poco en la cresta de una colina, sobre la que ya no era tan fácil deslizarse, sino que había que ir tirando de riñón para empezar a subir esas cuestas. Cosas tan sencillas en apariencia, como cambiar el diseño para incluirte, mismamente, parecían no ser prioritarias. Simplemente me dediqué a escribir cuando podía, dejando de lado todo lo demás.

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Cuando quise darme cuenta, ya había pasado un año. La bola seguía rodando, creciendo, y mi pequeño bebé seguía siendo el particular fantasma de esta santa morada.

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Pero eso no es lo que más me duele… Porque puedes recopilar cosas. Apuntar. Anotar. Almacenar para un futuro, qué sé yo. Pero en la mayor parte de las ocasiones, también perdí ese tren. Cosas, hechos, fechas, reacciones, sensaciones que con tu hermana sí recogía, anotaba y plasmaba por aquí, que eran, en definitiva, la salsa que aderezaba ese lugar, han pasado por tu lado casi sin pena ni gloria. Quizás sea la maldición de los segundos: cuando ya has vivido algo de primeras, parece que la chispa de la novedad en cierta forma desaparece.

Y esa es la mayor de las injusticias que creo haber cometido contra ti, mi pequeño amor. Tantas fotos que no te he hecho. Tantas anécdotas que no he recogido. Y es que comparar siempre fue un acto asqueroso. Pero parece que contigo se me subió a la chepa también el cansancio. O el hastío, no lo sé. Y este pequeño blog es el que ha terminado pagando el pato, y tú con él.

Esto tenía que haber sido muy diferente. Debería haber escrito para hoy alguna locura brillante. Contarle a mi gente algún proyecto chulo para tu fiesta de cumpleaños o haberme sacado de la chistera alguna cosa genial para recopilar lo que nos han dado de sí nuestros primeros 730 días juntos. Pero no va a poder ser. De hecho, más de uno por aquí quizás se entere a estas alturas que tengo otro hijo, que tal día como hoy hace dos años que nació, y sobre el cual apenas llegué a escribir nada. Una ausencia tan involuntaria como injusta y dolorosa.

De un tiempo a esta parte me siento cansado. Sin energía. Se me fueron las pilas de repente, y el enchufe para cargarlas no apareció. El rato que solía aprovechar para escribir antes, cuando todo el mundo dormía, ahora me lo reclama también mi cabeza para hacer más de lo mismo y sumarse a la fiesta de las sábanas. Y me cuesta. Tanto, que tengo la sensación de que ya no sé qué hacer con estas teclas. ¡Qué humanamente mundano me está sonando todo esto ahora mismo! Qué olorcillo rancio a excusa de rebajas.

Pero algo de experiencia me ha ido dando el roce con vosotros estos últimos años, mis pequeños polluelos, así que ahora también sé que como tantas y tantas cosas, esto es, de nuevo, una fase más. Fase que espero poder superar, como tantas y tantas otras veces.

Porque la ilusión, esa, la de siempre… Esa sigue aquí dentro, guardada, agazapada, pero lista para saltar a las primeras de cambio en cuanto le permita salir de nuevo por alguna rendija. Y hoy, abro de nuevo esa rendija, tras casi un año sin escribir nada.

Tarjeta de felicitación de 2º cumpleaños.

Hoy vuelvo al blog. Porque hoy es tu segundo cumpleaños. Te debo dos años y un embarazo por aquí. No sé si podré devolvértelos. Pero un regalo sí quiero hacerte: quiero que vuelvas. Quiero que vengas. Quiero que estés. Quiero que compartas este sitio, que siempre debió ser tu sitio, tanto como el de tu hermana. Quiero abrir de nuevo las puertas de esta casa, la tuya, para que entres, la veas, la disfrutes… Y te quedes con nosotros de una vez. Quiero regalarte una imagen. Quiero regalarte tus propias líneas. Y cuando me vea capaz, tendrás todo eso, te lo aseguro. Simplemente dame un poco más de tiempo.

FELIZ CUMPLEAÑOS, HIJO MÍO.

Y espero que me perdones todo este tiempo de silencio. Eres la cosa más bonita del universo, y te quiero hasta el infinito… Y más allá.


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Feliz Día del Padre

Porque es algo para toda la vida. Aprovéchalo: disfruta tu paternidad; aprende y participa de ella. Y lo más importante de todo… Aunque hoy está marcado en el calendario oficial, no olvides celebrar tu paternidad cada día del año.

¡¡FELICIDADES, DE PARTE DE PAPÁS BLOGUEROS, A TODOS LOS PADRES DEL UNIVERSO!!


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#MiOtroSanValentin: amor al blogging

yo, agarrando mi teclado, lleno de corazones, en San Valentín

Este es mi otro SAN VALENTÍN: amor al teclado. Amor al blogging. 

Hace no pocos años muchos iluminados ya escribían sobre la muerte de los blogs. Que su momento había pasado. Pues yo te digo esto: ESCRIBE. Sigue escribiendo.

# Porque escribir, ayuda a conectarnos con nuestro mundo. Y con otros mundos ajenos mucho más allá del nuestro.
# Porque escribir abre puertas que ni siquiera soñamos que existían.
# Porque escribir puede hacernos sacar lo mejor de nosotros.
# Porque escribir puede hacernos ser mejores personas.
# Porque escribir nos hace avanzar.
# Porque escribir puede convertir tus sueños en algo tangible.
# Porque escribir puede ser amigo, ayuda, terapia, confesión, llamada de socorro, puente, desahogo…
# Porque escribir puede ser la balsa que salve la vida de otra persona que se encuentra en mitad de la tormenta.
# Porque escribir puede ayudarnos a encontrar nuestro lugar, ese sitio que siempre pareció querer esquivarnos.
# Porque las palabras son esa magia que obra los milagros más cotidianos.
# Porque escribir es la herramienta que puede abrirnos las puertas hacia el País de las Maravillas.
# Porque las letras, las palabras, son una prolongación nuestra, de nuestra persona.
# Porque escribiendo tenemos muy poco que perder, y todo por ganar.
# Porque todos tenemos cosas que contar.

Adivina. Eso es; ahora te resumiré en una sola palabra, pequeña y breve, algo que resume y aglutina todo este torrente de acciones, emociones y consecuencias:

BLOG

Los blogs te ofrecen todo esto. Y mucho más. Así que arremángate… y lánzate a escribir. Dale amor a las teclas. Abraza a tu teclado.

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Busca. Googlea. Lee. Escribe. Comparte. Exprésate. Crea comunidad. Vive, y sobretodo, disfruta el blogging.

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Porque nos gusta lo que hacemos. Porque amamos este medio. Porque tenemos mucho que aprender, y mucho más todavía que contar. Porque nosotros, bloggers, más que nadie, podemos afirmar que hoy, este medio tan maravilloso que es el blogging sigue más vivo y en forma que nunca.

Por tanto, hoy, Día del Amor, declaro (también, aparte del obvio) con una foto mi amor loco e incondicional por este bendito artefacto, que tantas satisfacciones me está dando…: El teclado.

Y si el maldito Cupido también te alcanzó a ti con uno de sus dardos, te invito a hacerte otro selfi de/con tu teclado, y que nos compartas en alguna frase, aquí en comentarios, o en tus redes sociales, por qué eres otro enamorado de las teclas.

¡Ah…! Y si todavía no tienes un blog…, ya estás tardando. Razones te he dado. 😉

#MiOtroSanValentin #ILoveBlogging


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Comprar con bolsas reutilizables

Hace ya unos cuantos meses, llegó a mis oídos que existían unas bolsas reutilizables específicas para usar en la sección de frutas y verduras de nuestros supermercados.

-“¡Cómo…! ¿Que puedo ir a comprar sin tener que inundar mi casa cada vez que voy, con esas pequeñas y fastidiosas bolsitas finas y transparentes, que acaban siempre irremediablemente en la basura? Esto lo tengo que probar…”-

Dicho y hecho. Ya tenía el mejor auto-regalo de Reyes para este año que se me pudiera ocurrir. Bien fabricadas, para comprar a granel, de rejilla fina, ligeras, cómodas. Con un cierre de cordones. Perfectas para el uso que se especifica.

Hice mi pedido: Me llegaron a casa, y me lancé a hacer mi primera compra con ellas. Porque creo que nos toca hacer algo. Y que hay que hacerlo ya. Creo en que un mundo mejor para todos es posible. Creo en arrimar el hombro. Creo en el compromiso personal. Creo en una cuota mínima de responsabilidad y conciencia social. Creo en la solidaridad. Creo en el ejemplo. Creo en la acción. Creo en el poder milagroso de la gente. Creo que el mundo, nosotros, tenemos que cambiar. Y me lancé a la calle carrito en mano a hacer eso mismo. A realizar mi pequeño gesto cotidiano con mis bolsas.

Yo suelo alternar nuestras compras entre el mercadito de la galería de alimentación de mi barrio, y el híper del centro comercial de mi barrio. Y ese día me acerqué al híper: un Carrefour. Realmente fui contento a hacer la compra. Entré, seleccioné mis artículos, los metí en las bolsas, y me acerqué, muy ufano yo, hacia la zona de pesaje donde está el frutero con las básculas. Llegué, miró aquello… Y mi gozo en un pozo, y la primera puñalada, en la frente: ¡no me dejaba usar mis bolsas! -“Es política de empresa, lo siento mucho…”- Me comentaba resumiendo entre sorprendido y apesadumbrado el hombre.

Yo no entendía nada y me pilló a contrapié, pero tuve que aceptarlo, claro. Me cambió la compra a sus propias bolsas, y me fui con las orejas gachas y la música a otra parte. Yo pensaba: -“Qué absurdo… ¿Cómo puede ser? ¡No tiene ni pies ni cabeza…!”-

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Y es que no entendía aquel contrasentido. No entendía la hipocresía encerrada en aquella negativa; en aquella política de empresa.

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No comprendía cómo podía ser que en esa cadena, en línea de caja, te invitan y animan a llevar tus propias bolsas de casa, y de hecho, te penalizan si no la llevas, ya que si pides las suyas te hacen pagarlas, y a la vez, dentro del establecimiento, en la sección de frutería, te prohíben hacer eso mismo, y te obligan a utilizar sus bolsitas. ¿Quién podía entender eso? ¿Qué política medioambiental es esa? ¿Cómo pueden alardear de innovadores y de favorecer un comercio sostenible con este ejemplo de mierda? No entendí aquello.

Cómo poner la etiqueta en una bolsa reutilizable

El gran problema de las bolsitas de plástico donde metemos las frutas y verduras del súper, o de cualquier pequeño comercio, ya puestos, tal y como yo lo veo, es múltiple: por un lado, no son de plástico ecológico o biodegradable (como sí son algunas supuestas bolsas más modernas, fabricadas a partir de fécula de patata, por ejemplo).

Tienen también una vida útil real ínfima, consistente en lo que dura el trayecto de la tienda hasta tu casa, ya que no se suelen reutilizar y suelen romperse para abrirse, porque quitar el nudo o la etiqueta suele dar mucho trabajo o se rompen al hacerlo, al ser tan finas. No son útiles.

Y por último, no son como una bolsa grande de línea de caja, en la cual puedes meter muchos artículos a la vez, sino que aquí, cada artículo concreto debe ir, por cuestión de precio, en su propia bolsa, de tal manera que si compras un pimiento, una manzana, una pera, dos tomates y un pepino, debes por fuerza, utilizar cinco bolsitas diferentes. Que van a ir directas al cubo nada más entrar en casa.

¿Os hacéis una idea de la cantidad de basura generada a lo tonto, que significa eso? ¿La cantidad de plástico prácticamente inútil que puede salir de un híper grande, como puede ser el Carrefour de turno de mi barrio, o del tuyo, cada día de cada semana de cada mes? Ahora extrapola y piensa en todos los híper, supermercados o pequeños comercios de barrio que hay por todo el país, utilizando el mismo sistema. Por no hablar también de sus primos hermanos, los guantecitos de plástico o las bandejitas de pvc, claro. También usadas últimamente en pescadería y carnicería, en muchos establecimientos, por cierto.

Aquel día no pude hacer nada a la respecto, pero salí de allí teniendo una cosa clara, y es el gran acierto y el gran regalo de esta historia. Yo tenía claro que quería usar mis bolsas. Por tanto, no sabía si volvería a ir a comprar allí. Y no sabía si cambiaría en algo el parecer de ese establecimiento, pero yo debía y quería dejar reflejado mi malestar por escrito; quería que alguien, el responsable de turno de allí, se diera cuenta de que todo aquello ESTABA MAL. Que hay algo contradictorio en todo esto. Quería dejar constancia de ello.

Y así he hecho unos días después. Resumiendo, me acerqué a información, y expuse allí lo que me ocurrió. Quería que alguien me lo explicara, y me ofrecieron una hoja para anotar la sugerencia. Pero además, la chica que me atendió, muy amable, me dijo que esperara, que iba a intentar localizar a la jefa de la sección de frutería, para preguntar directamente.

¿Y qué ocurrió? Que la localizó. Que hablaron por teléfono, y que llegaron a una conclusión: el único inconveniente que encontraban era el detalle de poner la etiqueta del peso/precio en la bolsa, ya que debe quedar bien cerrada y sin posibilidad de abrirse. Y que si yo no tenía inconveniente en que se pusiera la etiqueta, que podría pasar con ellas y utilizarlas sin problema.

¡Victoria! ¿Cómo me iba a suponer eso un problema? ¡Si las bolsas vienen perfectamente adaptadas para poder hacer eso! ¡No hay problema ninguno!

Así que el final anticipado de este pequeño drama doméstico, ya os imagináis cuál es. Al día siguiente, volví a entrar. Antes de pasar, me acerqué de nuevo a información, enseñé mis bolsas reutilizables a la responsable que andaba por allí (quedé en hacer eso cuando salí la vez anterior, que no quería más sorpresas), y me acerqué a la frutería. Antes de llenar nada, me acerqué a hablar con el mismo chico de la otra vez, el de las básculas, y le conté el percal:

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-“Oye… Buenas. Soy el plasta del otro día, el de las bolsas reutilizables. Que me han dado el visto bueno para poder usarlas…”-

-“Pues a mí nadie me ha dicho nada… Espera un segundo que voy a verificar con la supervisora, y ahora vuelvo…”-

-“Genial. Tranquilo, que aquí te espero…”- 

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Y volvió. Con un OK perfecto. Y de allí que me fui con la mayor de mis sonrisas, cargando con mi compra en mis flamantes bolsas reutilizables.

yo, con mi primera compra con bolsas de frutería reutilizables en Carrefour.

Como colofón, apenas unos días después probé también en la frutería del mercadito de mi barrio. Allí, como era de esperar, no solamente no me pusieron traba alguna, sino que los mismos empleados alucinaron bastante con las bolsas. Les hicieron fotos, me preguntaron, y me dijeron que se las enseñarían a su jefe, y que ellos mismos comprarían estas bolsas. (Ya no sé si a nivel particular, o con el ánimo de tener una remesa en la tienda y revenderlas a sus clientes, la verdad).

El caso es que ambos fueron momentos de esos en que parece que los astros se alinean y en los que piensas que por una vez, todo cobra sentido. Que leer, que escuchar, que escribir, que actuar, que tener fe en lo que haces, funciona. Que sabes que estás haciendo lo correcto, que vas por el buen camino y que lo que haces realmente sí que marca una diferencia.

Que un gigante del comercio multinacional como Carrefour se pliegue a tus justas demandas y aprenda de sus fallos. Que un pequeño comercio abra los ojos y conozca nuevas formas de ofrecer sus productos. Que tú, con un simple gesto, aportando el tan famoso granito de arena, puedas ayudar a cambiar el paradigma de consumo masivo de esta sociedad, intentando acercarte a un modelo más sostenible, justo, racional y amable con el medio ambiente… Eso, como diría el famoso anuncio, NO TIENE PRECIO. Oye, que todavía me dura el subidón. 

Quiero dar gracias desde aquí al personal del Carrefour de mi barrio, que en mi caso concreto, hablando, con educación, criterio y buen hacer, dieron la vuelta a esta rocambolesca situación, al igual que quiero agradecer hasta el infinito a las chicas de la tienda Usar Y Reusar, por enseñarnos y mostrarnos que otro camino y otra forma de consumir, es posible.

Volveré, por lo tanto. Seguiré comprando con mis bolsas reutilizables de frutería allá por donde vaya. Que todos los fruteros del barrio me conozcan, y que alguno de los que pasen a mi vera me vean, y se animen a preguntarme. Ojalá muchos lo hagan, y tenga que contarlo muchas veces. Y que el ejemplo cunda y se expanda entre la gente como balsa de aceite. Los primeros, por cierto, en mis hijos y mi familia.

Moraleja:

Aprende. Reclama. Habla. Actúa. Muévete. Insiste.

Si lo intentas, a lo mejor te sorprende lo que puedes conseguir. Y no pierdes nada por hacerlo. 

 

PD: por cierto… Visto el éxito, creo que voy a necesitar algunas bolsitas más. ;P


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Excusas masculinas para no conciliar

foto de un artículo del Huffington Post.

 

Abro el nuevo año bloguero con un tema que siempre está en el candelero: la conciliación laboral y familiar.

La base de la cual arranco hoy, es el interesante artículo, publicado el otro día en el Huffinton Post, titulado 11 razones por las cuales los hombres utilizan menos las medidas de conciliación que las mujeres. Yo lo leí, movido por la curiosidad, y os invito a que lo leáis, para comprender mejor lo que os escribiré a continuación, que es una reflexión a título personal.

El problema principal de esta publicación a mi entender, es a nivel de lenguaje. Una cuestión, por tanto, de eufemismos. Es curioso cómo utilizamos el lenguaje, dependiendo del sesgo que queramos darle a una situación para interpretarla de cara a terceros. El relato se articula mediante términos como “medidas”, “razones”, “aspectos”, “factores…” A medida que voy leyendo, punto por punto, todas esas palabras se van transformando en mi mente en una única palabra, mucho más clara, evidente, y que sirve para aglutinar todas las anteriores bajo el abrigo de un mismo contexto y significado: “excusas”. Este artículo se convierte así en una recopilación, más bien, de excusas. Excusas, y más excusas.

Pese a estar de acuerdo en el fondo de lo que se nos cuenta, voy leyendo, punto a punto, y pienso… -“Ufff… Vale. Pero esta razón, me suena más bien a burda excusa…”- Y sin quererlo, no puedo quitarme esa sensación a lo largo de todo el texto. Y es que si te pido que me des un sinónimo edulcorado o eufemismo para el término “excusa”, bien puede salirte “argumento”, “justificación”, “razonamiento” o cualquiera de los anteriormente mencionados, todos ellos aparecidos en este artículo. Es lo maravilloso de nuestro bendito idioma; su fabulosa riqueza. Y ojo que es mi interpretación, repito; no la del redactor. Pero no dejo de pensar en que hay un cierto tufillo condescendiente para no terminar de decir las cosas claras.

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…Como si hubiera un cierto… temor incómodo a llamar las cosas por su nombre. Todo me rechina a excusa. A resistencia.

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Aquí os dejo, para quienes les de pereza leerse el texto aludido (va, que no es tanto, leedlo, en serio…), por si acaso los puntos desarrollados:

1. Restricciones económicas

2. Esencialismo (y actitudes de género tradicionales)

3. Control de algunas madres

4. Masculinidad hegemónica (o tradicional)

5. Clase social (estatus profesional)

6. Insuficientes modelos sociales

7. Apoyo social y mediático de perfil bajo

8. Políticas públicas insuficientes

9. Cultura de las empresas y estigma de la conciliación

10. Entorno empresarial insuficientemente concienciado

11. Actitudes auto indulgentes de algunos padres

Evidentemente, el tema de la conciliación en este país, sigue en pañales, por múltiples causas. Eso no se le escapa a nadie. Pero hablando en términos generales (curioso en mí, que odio las generalidades desde lo más profundo…), no puedo evitar pensar que cada una de las razones de este artículo, por separado y todas ellas juntas a la vez, son el caldo de cultivo para que esta bola tradicional siga con su movimiento esencialmente por inercia. Porque a los hombres nos conviene que esto siga así. Es más fácil seguir en nuestro cómodo sillón orejero y seguir mirando para otro lado, apoyándonos en nuestras falaces excusas de toda la vida, y dejar que la rueda siga girando. Porque gira a nuestro favor, claro. 

Aunque debería ser tarea de todos y todas, a los hombres cuando nos convertimos en padres nos toca hacer un ejercicio serio y responsable de mirada introspectiva para analizarnos bien, para recabar información por dentro y por fuera y analizar en qué y cómo ha cambiado nuestra situación, y situarnos en el nuevo contexto familiar: ¿Qué queremos como familia? ¿Qué tenemos? ¿Qué necesitamos? ¿Cómo obtener un equilibrio para hacer que todo funcione? ¿Cuál es nuestra meta, cuáles son las prioridades? ¿Qué esfuerzos va a requerir? ¿Cómo repartirlos de manera justa? ¿Qué puedo esperar conseguir a cambio? Pero… ¡Ay amigo…! Eso implica sacar los huevos de los calzoncillos para moverlos y ponerlos sobre la mesa -por así decirlo…-, es decir, sacarlos de su, nunca mejor dicho, zona de confort. Y eso requiere y cuesta esfuerzo, por supuesto. Un huevo de esfuerzo. O los dos. (De nuevo valga la redundancia).

La motivación para ejercer y aplicar ese cambio sobre la mentalidad de uno mismo debe ser siempre superior al beneficio que ofrece el status genérico de ser un tío (y los privilegios que eso lleva implícito). Si no es así, no se cambia, porque nadie quiere hacer cambios que impliquen perder privilegios o calidad de vida. Volviendo al lenguaje, esto en castellano de toda la vida, se llama egoísmo, y es algo inherente a nuestra condición humana. ¿Por qué habría a sacrificarme y perder privilegios? Pues te lo diré: básicamente, por ética básica, respeto… Y mucho amor. Porque has hecho un pacto con tu pareja para llevar a cabo un proyecto de vida en común. Hay que tener mucho amor hacia la pareja y los hijos, amor real, para aceptar de buen grado ese sacrificio.

Y lo que a mi modesto juicio deberíamos hacer entender, es que en realidad al final tampoco estás sacrificando tanto. El relativo perjuicio que pueda ocasionarnos el asumir ciertas medidas de conciliación, el ahondar y profundizar en el ámbito doméstico, en el ámbito de los cuidados, en el ámbito de compartir tareas, irá siempre acompañado de las recompensas que esa relativa pérdida pueda generarnos. Y es sobre eso sobre lo que hay que tomar consciencia.

Me explico: más bien, que pueden ser sacrificios factibles y positivos a corto, medio y largo plazo, y cuyos beneficios de hecho pueden notarse desde el primer momento, porque en el proceso de perder ciertos “privilegios” vas a ganar simultáneamente muchas otras cosas diferentes, relacionadas con el ámbito y el bienestar familiar global, y también dentro del personal. Pero todo eso no se ve de buenas a primeras. Cuesta mucho verlo. Cuesta mucho comprenderlo. Cuesta un mundo asimilarlo, y para creérselo uno mismo, hay que verlo, experimentarlo y dar el paso en persona. El gran drama de nuestra especie es, como dice la sabiduría popular, …que nadie escarmienta en cabeza ajena. 

Cuando uno se convierte en padre, ha de asumir que una parte de la vida que traía, ya no volverá a ser la misma. Es imposible; eso es una realidad. Si piensas que tu vida va a permanecer exactamente igual que antes de traer a tus hijos a este mundo, tengo un mensaje directo para ti: -“¡Despierta, amigo, despierta…!”-

El misterio milagroso de este asunto, es precisamente abrazar la carga que esa nueva responsabilidad nos trae, con todas las maravillas que nos puede proporcionar. Si somos valientes, y nos atrevemos a soñar con otro modelo de organización familiar posible, claro. Al menos, tenemos la responsabilidad moral mínima frente a nuestras parejas e hijos de plantearnos esa posibilidad, e intentarlo si realmente existe y si realmente se ha consensuado con sinceridad, cuando se vea que es la opción más positiva para todos.

Porque familia somos todos, y todos los miembros tienen que contar. Porque familia ya no eres tú+lo-que-digan-los-demás. Familia es algo mucho mayor e integrador que eso. Si no lo percibes así, te invito y animo a seguir mirando, porque puedes descubrir algo grandioso. Así que invito a no pensar tanto en lo que uno podría perder como individuo al acogerse a medidas conciliadoras, y sí a pensar en lo que uno podría GANAR a nivel familiar. Y por supuesto, también como individuo. Piensa en todo lo positivo que estás DANDO y APORTANDO a tu proyecto de vida, que no es otro que tu pareja y tus hijos.

Pero ya hemos apuntado que eso requiere esfuerzo y voluntad. Está claro que buscar medidas no es lo mismo que encontrar medidas. No todo el que busca, encuentra. Faltaría más. Muchas empresas no nos lo ponen fácil. Y además la carga tradicional, mental y social que traemos los hombres en este ámbito, es tan enorme, y con tantos frentes, que costará un universo modificar todo esto. Soy consciente, evidentemente. Pero si metemos la sinceridad en nuestra alma, en nuestro interior, “razones” tampoco es lo mismo que “excusas”. Reflexiona sobre cuál de los dos términos se adecua mejor a tu situación, y luego piensa si quieres en ello. Piensa, como individuo y como familia que eres. Si has investigado. Si has abordado todas las opciones. Si has llamado a todas las puertas. Si te has planteado líneas paralelas de actuación. Si has cedido. Mucho, poco, algo. Nada. Piensa en tu pareja. Y piensa en ti. 

Está claro, y vaya siempre por delante, que cada uno, cada familia, es libre y soberana de llevar su camino como buenamente quiera y elija. Faltaría más, y no seré yo el que desde aquí imponga nada a nadie. ¡Válgame…! Pero aplicando ese ejercicio de sinceridad, pensad en esencia quiénes son los que salís beneficiados y perjudicados (o sobre quién o cómo recaen las cargas más pesadas) dentro de ese modelo familiar que lleváis. Es así de fácil. Y de complejo.

Si ya habéis hecho o no, todos los esfuerzos posibles que se os ocurran conjuntos para mejorar o cambiar esa situación, ya es harina de otro costal. (Y de hecho, si lo habéis intentado, vayan por delante mis más sinceras felicitaciones, porque ya sois un motor de cambio positivo y necesario en nuestra sociedad…)

Simplemente desde aquí, dar las gracias a los autores del artículo, Andrés Fernández Cornejo y Lorenzo Escot Mangas, por el mismo, pero invitando a esta reflexión de abordar el tema desde un punto de vista un poco más autoexigente y realista. Porque es desde la autoexigencia desde donde conseguiremos alcanzar las más altas cotas de desarrollo y satisfacción personales. Piensa en lo que puedes GANAR y no en lo que vas a PERDER.

Invito a todos los padres del mundo que puedan y quieran a que se esfuercen, a que piensen en la posibilidad de dar más de ellos desde un ámbito conciliador, porque la experiencia, el tesoro incalculable que pueden encontrar en ese camino, las infinitas sinergias positivas que pueden surgir de ahí, pueden cambiaros la vida. Para mejor.

Porque tu pareja lo merece. Porque tus hijos lo merecen. Porque vuestro proyecto de vida lo merece. Porque TÚ te mereces que te pase LO QUE MEJOR QUE TE PUEDA PASAR. Y en el cofre de la conciliación puede que encuentres el mayor tesoro que tus ojos lleguen jamás a ver. Si dejas las excusas y te atreves a abrirlo, claro.


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Gritest Jits #Speisial Tuiter Edision 2017

Los Grandes Momentos de la incipiente vida de mi Lechona.

 

Se nos va este 2017, querida mía… ¡Vaya año más raro! Raro para el blog, raro para nosotros, y raro para ti… ¡Has dejado de ser hija única para convertirte en hermanísima mayor!

Sigues creciendo a toda pastilla, y esto del cole de mayores ya lo tienes dominado, aunque hay cosillas como que te siguen flojeando una pizca… ¡Esto de la vergüenza, vamos a tener que ir trabajándolo un poco, bichito…! Porque quién te ha visto y quién te ve, hija… Que te nos ibas con el primero que pasara. Desde luego, te haces mayor. Esta misma semana, uno de los ratos de juegos que hemos tenido en casa lo dedicaste a jugar a… ¡Escribir palabras! Palabras mágicas, las palabras que vas aprendiendo en el cole… ¡Y ya sabes escribir un montón de palabras! ¡Qué fuerte! Ese es uno de muchos ejemplos.

Bueno, amor… Que aquí hemos venido a clausurar el año, de la mejor manera posible y al más puro estilo de esta casa; al estilo al que dimos pistoletazo el año pasado, que tanto nos gustó (¡qué maravilla, el Tuiter, y lo que mola cuando se usa bien…!), y que rigurosa y amorosamente hemos querido mantener y volver a repetir este año. ¿Te parece si vamos entonces, haciendo balance de tus GRANDES MOMENTOS TUITEROS DE ESTE año 2017? Pues aquí, de nuevo, algunas de tus geniales lechonadas de sabiduría de miniser de 3-4 añitos, en riguroso -y breve- orden cronológico:

¿¿Cómo…?? ¿Yaaa…?? ¿Tan rápido…? ¿Tan pocos momentazos…? Bueno, en realidad has tenido un trillón más, pero es que a veces papi anda lento de reflejos y escaso de libretas, y no los guarda como debería… Pero sigues siendo oro puro, cariño. Como todas estas frases. Como todos estos momentos, que juntos, son para mí un tesoro mucho más valioso que todos los cofres llenos de joyas desperdigados por el mundo que se jactó de haber enterrado el pérfido Cálico Jack es sus años de locas correrías piratas.

Sé de sobra ya, que en este nuevo año que se nos echa encima, nos acribillarás cono otro buen torrente de momentazos para la historia. Para tu historia. Para nuestra historia. Y como siempre, ardo de ganas de toparme de frente con ellos. Y prepárate, que esta vez iré con los bolsillos repletos de libretas. ¡Faltaría más!

Te quiero infinito… más un montón. 😉


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COSAS POR HACER

meme calendario de adviento
Llegó diciembre.

En este mes, con el fin del calendario asomándose ya por el horizonte, a los que tenemos habitualmente la cabeza en Babia, nos suele dar por llevar nuestros pensamientos hacia fronteras escabrosas, y acordarnos de todas esas cosas que hemos logrado o hecho a lo largo del año. E inevitablemente también, en todas las que NO.

Y la sombra del ciprés es alargada, amigos… Tanto, que a veces, uno repasa esa lista mental, y más que alegrarte, lo que te apetece es salir corriendo al botiquín para pillar un tranquilizante y que no te de un yeyo por el shock. Sí, sí, de esos que te dejan con un párpado bailandero.

Supongo que cada uno tenemos nuestras metas. Nuestros sueños. Nuestros quehaceres. Nuestras “to do list”. Y llegamos donde llegamos. Y así debe ser.

Yo, desde luego, mirándome introspectivamente hacia el ombligo, me declaro militante del clan de los Take It Easy People. Tampoco es algo de lo que enorgullecerme, ciertamente. Aunque tampoco tengo claro que el orgullo sea algo que deba entrar siquiera en esta ecuación. Es así, soy así, este año voy así, y lo asumo.

Queda un mes para cerrar el año. Queda un mes para cerrar promesas. Queda un mes para cerrar el calendario. Aprovechemos entonces lo que podamos. O igual no. Qué sé yo.

-“Bi guater, mai frend…”-, que nos decía el maestro Bruce. Simplemente, intenta seguir siendo lo más feliz que puedas, y haciendo lo más feliz que puedas a los que te rodean. Por otro lado, como a lo largo de los 11 meses restantes del año.


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Cuestión de género

costurero con un perro de peluche; coser no es cuestión de género

-“Toma, papá… ¿Me la coses, la oreja de mi perrita…?”-

Gracias a esta pequeña, sencilla e inocente frase, esta tarde he tenido una suerte de… epifanía. Una revelación. Uno de esos momentos de “orgullo de padre” que tan pocas veces parecen salir al escenario de nuestro cotidiano y rutinario día a día.

Tras el consiguiente -“…Claro, hija. Trae…”-, el ir a por el costurero, sentarme en el sofá delante de ella, abrirlo, dedicar por su parte algún minuto de más a curiosear el contenido y elegir un bonito tono (el único, más bien, no os vayáis a pensar que esta casa es Pontejos…) de color rosa (por supuesto, que va a juego con las orejas del bicho), y por fin, enhebrar la aguja… me ha llegado el flashazo. Así, como de golpe.

En un instante, me he dado cuenta… He caído en el detalle… He notado… He asimilado… …Que mi hija, con toda la naturalidad que le otorgan y atesoran sus inocentes y recientes cuatro años… ¡Me ha pedido que COSA! ¡Ha pedido a su PADRE, un señor, un varón, un hombre… Que cosa! ¡Como si fuera lo más natural del mundo! Como si fuera algo tan normal como lo es hacer un bocata, recoger un libro del suelo, limpiar unos zapatos o buscar un canal en la tele. Un acto que, en su mente, juega en la misma liga que poner un lavaplatos, que sacar la basura, que plegar el carrito del bebé, que colgar un cuadro o que llevar al gato al veterinario.

¿Y por qué no habría de ser así para ella…? Es una necesidad normal, que surge de un problema sencillo, y que necesita una solución rápida. Y hasta ahí. Y de lo que me he dado cuenta es de que… ¡¡¡Es cierto!!! Ella está creciendo con ese referente concreto en su casa… Ella sabe que YO, COSO. Que papi, cose. Por tanto, ¿por qué no habría de pedírmelo? Para mi hija, es pues, algo normal.

Ella me ha visto hacerlo. Sabe que puedo. Sabe que lo hago… Como tantas y tantas otras cosas. En casa, y fuera de ella. Y esa ha sido la absurda y al mismo tiempo maravillosa gran revelación del día. ¡Qué cosas, oye! Mira tú, la tontería… De golpe y porrazo, ha sido el claro ejemplo de que algo estamos haciendo bien, que estamos educando sin las barreras de género tan clásicas como presentes en nuestros hogares hasta hace tan solo una generación. En nuestro caso, parece que estos estereotipos, estas etiquetas, están derrumbándose sin remisión, como las legendarias murallas de Jericó.

Y todo esto ha salido así, de un chispazo natural, casi sin darte cuenta, como deben salir las cosas que se van cocinando a fuego lento; como en una carrera (que en el fondo es lo que es todo esto de criar personajillos) de ultrafondo.

Ni se le ha pasado por la cabeza… Ni un atisbo de duda… Ni una pizca de incertidumbre ha planeado sobre ella, al hacerme esa inocente pregunta. Para ella ha sido una simple cuestión de… Tengo un problema. Aquí está mi padre. Él me ayuda y me lo resuelve.

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Y ya está. La Cuestión de Género ni se ha asomado siquiera por su mente. No ha habido un -“No… Mejor voy a esperar a que venga mamá, porque esto de coser, papá no va a saber hacerlo… Lo de COSER no es cosa de los papás.”- 

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Y la clarividencia con que se me ha asomado a la mente esta pequeña anécdota chorra, me ha seguido generando toda una serie de reacciones mentales positivas, que me sirven de indicador flawerpawer de que sí, que algo bueno estamos consiguiendo; y nuevamente, predicando con el ejemplo.

De hecho, lo primero, ha sido parar ahí de inmediato, y plantear todo un contexto lúdico mucho más amplio para continuar con todo aquello de una manera más provechosa e interesante: porque claro, ya que nos ponemos… -“¡No se puede hacer una complicada operación a oreja abierta así como así…! ¿Dónde están mis herramientas? ¡Mi maletín de aparatos complicados de médico veterinario! ¡Mascarilla de cirujano! ¡Fonendo! ¡Termómetro en esta oreja, querida ayudante, por favor…! Reflejos bien, dentadura óptima… Latidos y constantes correctas. ¡Excelente, excelente…! Podemos proceder. ¡El Dr. Juguetes va a realizar el injerto de oreja perruna, así que permanece atenta, que esto va a ser una obra de arte, pequeña…! Tu querida Corazón va a quedar preciosa de nuevo…”- Vaya, que ya puestos, hemos hecho hasta un minijuego conjunto para solucionar el problema.

kit de veterinario para juguetes

He aquí por tanto algunas de las cosas que he podido más o menos concluir, con todo este pequeño hallazgo:

#1- En casa no hay tareas “de chicos” o “de chicas”. Aquí todos hacemos de todo. Aunque como en todas partes, al final terminas por centrarte en ciertos aspectos respecto al reparto de tareas, por facilitarte quizás la vida, o por afinidad. Lógicamente, si a uno de los dos le gusta más y se le da mejor cocinar, es obvio que le “tocará” pasar por ahí más veces. Por poneros un supuesto. O incluso algunas otras tareas que las haga siempre la misma persona, por el motivo que sea. Yo siempre soy el que baja la basura en casa, por ejemplo, y ni siquiera creo que mi hija lo sepa, porque a las horas en que lo hago, ella está durmiendo. Y no es algo que me preocupe el que sepa o no. Así que ni siquiera tiene asumido que “tirar la basura” es cosa exclusiva de “papás”. Porque además, es eso: no lo es.

#2- Le estoy enseñando a mi hija, que su padre, yo, puedo ayudarla. Que puede recurrir a mí cuando tenga un problema. Que estoy ahí para ella, cuando me necesite. Sea lo que sea… Ayudarla a vestirse, a limpiarse, a curarse cuando se cae, a consolarla cuando se enfurruña… O a coser la oreja de su perrito de juguete. No duda. Y quiero que siga siendo así. Quiero seguir siendo su referencia. Que no se plantee si soy o no la persona adecuada en función de tal o cual etiqueta subjetiva, sino que con toda la confianza del mundo, venga, y me plantee lo que sea que necesite. Porque soy su papá. Que pueda confiar en mí, y que juntos podemos  encontrar una solución. Y el día que no sepa o pueda ayudarla, pues buscaremos juntos una solución o a quién ofrezca lo que ella necesite. Es decir, servirle y ser ese puente, ese sostén. Ser para ella, al menos, una balsa en medio de la zozobra.

#3- Quiero que comprenda que el único límite de las cosas que pueda alcanzar y las metas que se marque en su vida, estarán en su mente, no en sus genitales. Que no hay cosa que un chico haga, que una chica no pueda intentar, y que no hay cosa que una chica haga, que un chico no pueda intentar igualmente. Que lo que alcance o no alcance a lograr, esté condicionado por su cabeza y su valentía, y no por su escote o por lo que se esconda bajo sus bragas. Y con las mismas, cuando sea mayor, y se relacione con sus futuras parejas, sepa qué esperar de un hombre. O de una chica; quien sea.  Y que no haya de conformarse con menos de un TODO grande como una catedral, como respuesta. Que huya de aquellos que vengan con un -“Esto, eso otro y aquello de más allá es cosa tuya, chata…”- 

#4- Aprendizaje. Centrar la atención. Resolución de conflictos. Pensamiento divergente. Juego de roles. Autoconfianza. Seguridad. Creatividad. Todos estos conceptos se me han ido pasando por la cabeza en un momento dado, en apenas unos minutos. Y es algo que está flotando ahí, en el ambiente, en todo momento. Como dicen: -“Educa, que algo queda.”- 

#5- Que la época en que las mujeres debían quedarse en casa y ser las garantes del buen fluir del hogar, mientras los hombres, patriarcas de la casa, eran los garantes del sustento familiar, es un modelo social y familiar que debe quedar muerto y enterrado en las más profundas entrañas de la tierra, y que en un futuro, oír hablar de ello sea para ella poco menos que hablar de una simple anécdota antropológica. Pero eso sí, sin olvidar. Que lo que se olvida, se pierde.

#6- En definitiva, que las cosas, las tareas, las resolvemos las personas. No que “las mujeres andan por este coto” y “los hombres andan por este otro”; que unos no estamos hechos para unas cosas y otras para otras. Que la mujer construye. Que el hombre ama. Que la mujer encuentra. Que el hombre busca. Que la mujer piensa. Que el hombre desarrolla. Que la mujer aspira. Que el hombre alcanza. Y que si cambias el orden de factores, el resultado seguirán siendo premisas igualmente válidas y fiables de la misma manera.

Ya vendrán tiempos en los que podamos ir un paso más allá, y mi presencia no sea para que te cosa, cariño mío, sino para enseñarte a coser. O a montar en bici. O a tocar la batería. O a crear una escultura. O a lo que sea con lo que me vayas viniendo y vayas necesitando. En esencia, a subir un peldaño más en la escalera de tus conocimientos hacia tu autodependencia. Lo que sea que sirva para que te conviertas en una adulta sana, preparada, fuerte, decidida, autónoma y feliz. 

De momento, y por lo pronto, desterremos ya la cuestión de género de nuestra morada.

Yo, por mi parte, seguiré con mi anhelo de intentar aprender algún día a coser a máquina de manera un poco decente, eso sí. Y si tal día llega, preparaos, porque lo vais a flipar.

Ahora bien… Toca regresar a la tierra. El Dr. Juguetes, pese a ser un tipo singular, tampoco es Superman. No alucinemos. Porque con la segunda tarea de la tarde, la de ponerle pilas al susodicho perro, le han pillado con el carrito del helado. ¡¡Ayyyy majoooo…!! ¡Que no hay pilas a mano en casa que funcionen! Todo lo más, enchufar el cargador, y esperar 12 horas. Así que el resultado: Problemas- 1, Papá- 1. Un empate más que digno.

Es lo que hay. Como dicen que ocurre en la mayoría de los casos, no es tan fiero el león como lo pintan, o… Hasta el rabo, todo es toro, amigo mío.

Y es que hasta los grandes dilemas, bien pueden esperar hasta mañana.

 


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La chica del parque

parque infantil

-“¿…Qué edad tiene, ella…?”-

Esas fueron las primeras palabras que me lanzaste. Típico arranque de conversación de parque. De hecho, no conozco soplete encendido más sencillo y eficaz para derretir ese estúpido disfraz de hielo con que nos embutimos a veces los adultos en sociedad. Dos niñas que se juntan, y por tanto, dos padres (progenitores de albero, de los que pisan la arena, y no de graderío, de los que calientan banco comiendo pipas…) destinados a la inevitable interacción.

-“Pues cuatro años, acaba de hacer hace poco…”- Te respondí.

-“Anda… Igual que la mía. Pero esta tiene tres…”- Me respondiste tú.

Apenas una frase… Ya está. Hielo roto. Y suena la campana del primer asalto. A partir de ahí te empezaste a abrir cuando entraste con el juego de pies, esa ágil danza que solamente saben bailar los más finos púgiles y con la que te hipnotizan, a la vez que empiezan a marcarte con directos al rostro y al hígado sin verlos venir. No es algo a lo que esté muy acostumbrado, así que me pillaste con la guardia claramente baja…

-“¿Y cuándo se pasa esto…?”- Me preguntas. Y yo no acierto a reaccionar de primeras. Igual mi cara de extrañeza de falso actor me delata, y me lo aclaras… -“Lo de no hacerte caso, y eso… ¿Les dura mucho? Porque yo no puedo con ella… Ya no sé qué hacer. Estoy desesperada…”-

¡Vaya…! Esta no me la esperaba. No es lo primero que uno espera oír al entablar una conversación con un desconocido, la verdad. Pero, ¡hey…! Estando entre críos he aprendido que todo es posible. Intento quitarle hierro al asunto, bromeando con lo típico de que “…depende, pero que según mi opinión, me temo que a muchos les dura toda la vida, jajaja…” Y que “…la mía hace un rato no quería salir de casa, y últimamente tiene el NO por bandera.” 

Pero no hay atisbo de risa en tu rostro; mi estúpido comentario se precipita pues, en picado hacia el fango. Una mirada un poco más atenta, me revela una cara seria… Franca, directa. Compungida. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué me estoy perdiendo…? Cuando el siguiente directo vuela de nuevo hacia mi mandíbula desnuda, dándome dos tazones de caldo: -“Es muy duro… Estoy divorciada. Y es que sola es muy difícil… No me hace caso; me ignora todo el rato…”-

¡Woooooooww…! Esto sí que es un panorama inédito frente a mí. Una situación frente a la que me encuentro francamente desarmado y desubicado, y en la que pese a todo, me sorprendo no tratando de hacer el avestruz, cayendo a la lona a las primeras de cambio para besar el suelo, como si estuviera pidiéndole la hora al árbitro para salir por piernas de allí cuanto antes. Porque en tanta sinceridad por segundo, sin embargo, no percibo un intento de oscura encerrona de telepredicador vendebiblias, sino más bien, el deseo sincero de quien necesita un asidero, un amarre, un flotador salvavidas al que agarrarse, efectivamente, casi con desesperación… El anhelo que ves asomar en todo aquel que no tiene nada que perder, y que por tanto por intentarlo que no sea.

Me vas contando, y te voy respondiendo, saliendo más o menos como puedo de la esquina en que metafóricamente me he colocado, y descubriendo la película… Divorciada. ¿Sin curro?, pero pendiente de uno en ciernes al que quieres aferrarte, en turno de noche, que suena a gloria y sobre el que proyectas, ahora sí, cierta ilusión… No está el horno para bollos.

Te pregunto cosas, intentando siempre ir cauto por la orilla máxima del respeto, porque no te conozco de nada, y a lo mejor no lo parece, pero me voy cargando de plomo poco a poco las zapatillas. Apenas un par de amigas te quedan después de que el duro proceso haya arrasado con todo, y un único sostén en tu vida: tu madre; tu verdadero salvavidas, que hace lo que puede y más, pese a los dos trabajos que lleva encima para poder salir con todo adelante. En una ciudad nueva para ti, por lo que me pareció entender. Especialistas y situaciones por las que has ido pasando: psicólogos, terapia infantil… Nada parece funcionar. Y no te haces con la niña. Y la cuesta que cada vez es más y más empinada.

Y yo miro a tu hija, y veo a una niña normal… Con un nombre precioso, por cierto. Y te miro, miro tus ojos, y ¡guau…! ¡Es cierto…! Eres una chica joven, atractiva… Pero noto tu rostro apagado. Estás de parques con tu hija en un mediodía soleado y en tu mirada entrecerrada se percibe de todo menos alegría. -“…O quizás te hundes más…”– Me replicaste a algún intento de acercar algún tipo de lado positivo a todo el tema. Como si hasta tu voz se fuera apagando poco a poco, palideciendo ligeramente a lo largo de la conversación desde que me lanzaste la primera frase.

Me das las gracias, y tratas de hacer que tu pequeña te siga, que ya es hora de marcharse. Veo que sí, que lo tuyo te cuesta. Y yo me quedo frío. Frío de cojones… Como un pasmarote. No sé qué ha pasado, realmente. Y aunque no sé definir lo que he visto (agotamiento, desaliento, angustia, ¿depresión quizás?), es descorazonador saber que alguien anda por esos caminos. Pero sí sé lo que siento, y siento que a lo mejor podía haber hecho más. Ahí se marcha, una chica, una mujer, una madre, con su pesada mochila de problemas a cuestas.

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“Y de repente, no noto el alivio del que se libra de una molestia; más bien es todo lo contrario…”

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Siento más bien la desazón del que como alma gemela (y los que somos padres somos en cierta forma, almas gemelas, porque a todos nos une ese pequeño cordón vital que son nuestros hijos), comprende lo que te pasa, y siente la necesidad de hacer algo, siquiera un mínimo intento o amago, de aliviar una pizca del pesar de esa persona de alguna manera. Empatía, creo que lo llaman en mi barrio a eso.

Corro al carrito de mi bebé, saco de mi bolso una de las tarjetas del blog, que tengo (pura casualidad, lo juro…), y me lanzo detrás tuya, antes de que te me pierdas a lo lejos. No sé si me estoy pasando tres pueblos, o metiéndome donde no me llaman, pero aplico tu misma filosofía… “No pierdo nada intentándolo”. Te la ofrezco, y te cuento mi historia. Que escribo en un blog, sobre paternidad. Y no sé si te informas o no habitualmente por Internet, pero te digo que conozco alguna gente, algunos sitios por los que, no sé cómo, pero si te quieres asomar, tal vez, quizás tal vez, puedan servirte de ayuda… Que conozco algunos videoblogs y canales de YouTube fantásticos, como el de Alberto Soler. Como el de Miriam Tirado. Que hablan de estos problemas: sobre rabietas, sobre fases y etapas de desarrollo, sobre gestión de problemas en la crianza…

Me hubiera gustado hablarte de la maravillosa comunidad que es Madresfera, la comunidad de blogs más grande e importante sobre temática de crianza y familia en castellano, repleta de información útil, y que es una puerta abierta que podría llevarte a un millón de puertas más. Y de su fantástico podcast, en el que comparten mil y una situaciones cotidianas en las que a lo mejor puedes llegar a verte reflejada en un momento dado, y nos dan a conocer ya sean tanto sitios increíbles, como Edurespeta, o profesionales, como las chicas de Bliss. Me hubiera encantado contarte sobre la gente de Asociación Española de Madres Separadas, en la que pongo la mano en el fuego, podrías encontrar una tribu digital que te ayudara en cierta manera a no sentirte quizás con ese peso del mundo tan asfixiante sobre tu cabeza. Y sobre tantas y tantas cosas que ahora mismo ni se me vienen a la cabeza…

Te ofrecí mi correo, para hablar, si querías. Te ofrecí mi pequeño sitio para que te asomaras por él cuando quisieras.

-“Muchas gracias, ¿eh…? De verdad… Por cierto, me llamo…”- Y después de todo, parece que tu voz vuelve a resonar un poco más alta y confiada. Buena manera de irse ya cada uno por su lado.

Quizás todo aquello fue un error. Quizás las buenas intenciones ya no te sirvan. Quizás simplemente buscabas un rato de desahogo frente a un desconocido; sentirte escuchada, y nada más; tratar de conectar con alguien, por poco tiempo que fuera. Quizás necesitabas respuestas, o un remedio mágico que no supe recetarte. Me diste las gracias, pero no sé si por quedar bien o porque realmente aquello sirvió de algo. Y desearía que fuera esto último. Pero los padres debemos ayudarnos entre nosotros. ¡La gente, qué carajo…! Debemos ayudarnos entre nosotros. En lo que podamos y sepamos. Es un precepto de ética básica que querría aplicar en la educación de mis hijos, y no conozco nada mejor que predicar con el ejemplo.

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“Si ves a alguien con problemas, intenta no pasar de largo. Quizás un simple detalle ya merezca la pena.”

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Y en un instante llegué a la conclusión de que nada sobre lo que he estado escribiendo o haciendo por aquí durante estos años desde que me uní a este mundo blogger de la paternidad, tendría sentido si no hubiera sido capaz al menos de hacer este simple gesto por ti; que no es ni más ni menos que lo poquito que está en mi mano, dadas las circunstancias.

No sé qué será de esta historia, finalmente. Seguramente se quede anclada en estas pocas letras, y nada más. No sé si tiraste la tarjeta del tonto este en la primera papelera que encontraste al doblar la esquina, o si por el contrario te animarás, cogerás esa tarjeta del fondo del bolsillo y te asomarás por aquí el día menos pensado. No sé si en algún momento llegarás a leer esto y harás clic sobre alguno de esos nombres que acabo de escribirte. No sé si seguramente fui pretencioso, o si volveré a saber de ti. Pero cualquiera de estas cosas estaría bien, si con ello encuentras el sendero que te lleve a recobrar el ánimo y la felicidad que a todos nos corresponde y que todos nos merecemos.

Cuídate mucho, chica del parque. Remontarás. No lo dudes.

Nos vemos por ahí.