Y yo con estas barbas

Relatos sobre mis experiencias y expectativas como padre novato


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Maldita mancha

Si hay algo que reconozco he llevado un poco regu desde el principio en esto de la paternidad, ha sido el tema de la lavadora y el lidiar con las manchas de la ropa.

¿Conocéis la serie aquella de “Secretos del Universo, con Morgan Freeman”, que echaban en el canal Discovery Max? ¡Pues una mierda de serie como un templo, eso es lo que es…! Yo viéndola entusiasmado y preguntándome en qué episodio pondrían por fin lo de conseguir sacar la ropa limpia de verdad. Y nunca lo sacaron, los malditos. Tanta galaxia y tanta chufa, y no van a los básicos de verdad… ¡Anda por ahí con las supernovas y el polvo primigenio, hombreyá…! ¡¡Dime cómo sacar esa mancha primigenia de tomate frito para poder rescatar esta camiseta, carajo…!! ¡Eso es lo que nos interesa conocer de verdad! Y luego ya me cuentas lo de los cúmulos estelares si quieres.

Si será importante y crucial este tema, fijaos, que cuando uno entra de bruces directamente en este mundo de la paternidad, es el SEGUNDO (sí, habéis leído bien) acto vital de lo que será la nueva relación con tu hijo o hija neonata.

Y es que tras tu primera interacción con la nueva criatura venida a este mundo, que será cogerla en brazos (por cierto toda pringosa y todavía llena de lo que a ti te pueden parecer hermosos restos de fluidos placentarios viscosos y escurridizos), para achucharla de la forma más delicada que sepas como si de un cristal que pudiera romperse con mirarlo se tratase, lo segundo y siguiente que pasará, con gran probabilidad, será que ese recién nacido te devuelva su primera muestra de cariño y afecto, en forma de alivio mediante una preciosa plasta de meconio, esa oscura y breosa materia cósmica, detritus del mismísimo Cthulhu, sobre tu camisa. Esto es así. Si todavía no has llegado a este punto porque estás esperando el primero, y te estás documentando porque quieres ser un padre lo más de lo más preparado, grábatelo a fuego, chico.

Y será la primera prenda de muchas que acabe en el cubo desintegrador de la basura, aviso para navegantes. (A no ser que tengas, sí, tú, algún insano y enfermizo fetiche raro de coleccionar y guardar ítems bizarros del cual no quieras hablar, que también me parece perfecto, oye…)

Reconozco de antemano haber perdido la carrera frente a mis antepasadas en este tema. Padre empoderado, moderno, cumplidor, comprometido, implicado, corresponsable, loquequieras… ¡Mis cojones treintaytrés! ¡Un pringao, es lo que sigo siendo! No le llego yo a la altura de la suela del zapato a todas estas mujeres, vamos… Empezando por mi querida madre, o mi abuela, o quien sea. No se le resistía una mancha a mi mami, en la vida, tú… Pues no he ido yo veces por casa ahí preguntando… -“Joder, madre… ¿Tú esto cómo lo limpias? ¡Es que a mí no me queda como a ti…!”- Y es como lo del cocido, que por mucho que te dan la receta, que parece lo más tonto del mundo, pues lo haces tú y a ti te sale como un mojón de pato en comparación.

Y oye, no quiero quitarme méritos tampoco, que yo le he puesto a este tema todo el empeño del mundo y más… Y venía bien enseñado de casa en otras lides semejantes. Lo que pasa es que en la vida prepaternidad, la lavadora es un tema realmente simple, porque no tienes que lidiar normalmente con manchas. O sea… MANCHAS, quiero decir. MAN-CHAS. Manchurracas épicas, así, con toda su presencia y todo su pagüer. Con manchas poderosas. Con los malditos Vengadores en forma de manchas. Con el puñetero Thor, Dios del Trueno, Hijo de Odín, heredero al trono de la gloriosa Asgard, blandiendo su martillo Mjollnir forjado en uru místico extraído del corazón profundo de una estrella moribunda, ahí pegado en el pantalón de tu bebé. Ya me entendéis. Todo lo más, fue algún vino tinto en el mantel tras una noche tonta… Pero esto de la paternidad, amiguis, es otra puñetera liga. Es la Champions de las manchas. Y no estamos preparados. O yo no lo estaba…

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Tú a tus hijos les cuelgas una chapa o un escudito en la pechera con su superhéroe favorito.

Una mancha de zumo de naranja perenne es el pin que yo les dejo a los míos.

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Mira que desde entonces me he hecho un máster en frotar. Y cada vez que lo hago me sigo sintiendo un poco gilipollas por ello, porque en pleno siglo XXI, uno piensa, digo yo, un poco estúpidamente, pero con cierta razón, que esto del frotar ya se habrá acabado…, como prometía aquel famoso anuncio de la tele de hace años… Pero noooooooo. Nada más lejos. Lo primero, porque muchas veces te toca empezar quitando lo gordo, de buenas a primeras. Porque dices -“Yo no meto esto a la lavadora, con TODO ESO ahí pegado, y con el resto de ropa que no está TAN sucia… Ni voy a poner toda una lavadora solamente para esta prenda…”- Y ahí es cuando ya empieza el festival.

Y lo segundo, porque a veces me da la sensación de que la ropa sale de la lavadora igual que entra. Un “Body” Horror Picture Show. Que dices… -“¿Pero esto lava… De qué…?”-

Manchas de fruta, cagaos, barro, mocos, babas, restos de todas las comidas y bebidas existentes en nuestra dimensión -y de las de alguna paralela seguro que también…-, sangre, pis, grasa, vómitos, helados, azúcares, chocolates y pringues varios… La lista de ellas, es tan larga que también merecería otra peli de Spielberg.

Claro que a estas alturas de la partida, a nadie le extraña que de restregarse por los coches más puercos de la calle, acariciar las esquinas de edificios más pútridas y orinadas, rebozarse por los suelos más asquerosos y las papeleras más nauseabundas como lapas y caracoles, usar las mangas como servilletas y los cuellos como kleenex para los mocos, los críos podrían hacer perfectamente disciplinas olímpicas de todo ello, y salir coronado cualquiera, porque la competición estaría reñida como ninguna otra. Los manchurrones, lamparones, churretones, máculas y tiznes varios son, quién puede dudarlo, uno de los grandes campos de batalla de la crianza.

A día de hoy, respecto a la limpieza general del hogar, estamos intentando evolucionar y tirar hacia soluciones más sostenibles y ecológicas, como padres modernillos y concienciados que somos, como el vinagre de limpieza o el bicarbonato, y tratando de deshacernos de la buena cantidad de productos tóxicos y chungos que han ido pasando revista por nuestro estante de la limpieza. Sin embargo, en lo que a la ropa se refiere, el Lagarto sigue siendo un maldito fiel amigo de compañía, muy a mi pesar. No he podido salir de ese particular agujero negro. Por no decir que el tema de lavar a temperatura o lavar en frío, mezclar cierto tipo de ropas, etecé, siguen siendo guerras abiertas en este santo hogar.

Manchas de camiseta

¡Manchas, yo os maldigo! ¡Ahora y siempre! A todos esos padres y todas esas madres, que lleváis a vuestra camada vestidos como un pincel, pulcros, inmaculados, rebrillantes cual modelos de revista… ¡También os maldigo! Por dejarme por inútil y por nerd. Y os envidio en secreto con cochinez, a partes iguales.

¿Sabéis una cosa? Que a tomar por culo: me pienso unir al enemigo. Con la mano puesta en el delantal, os juro que voy a empezar a hacer performances callejeras con la ropa sucia de casa, y oye, cuantas más manchas, mejor… A lo Jackson Pollock. Así os lo digo. Me voy a llevar los abrigos de mis hijos y los voy a ir dejando por alguna esquina de la calle, así, colocaditos como sin intención, en poses divertidas y exóticas, y voy a sacarles fotos muy chulas, rollo en plan muy casual y muy loco. A ver si de esta forma empiezo alguna tendencia nueva chorra y me hago Instagramer de éxito y me convierto en el nuevo Banksy con mis intervenciones urbanas clandestinas de ropas callejeras llenas de mierda, y lo peto fuertecito y sacamos al menos algo en limpio de todo esto.

Claro que igual me debería poner a usar la lavadora en condiciones de una maldita vez, así por probar. Más todavía, digo. Darle otra vueltecita más. Que a lo mejor ahí está la respuesta y lo que pasa es eso, que en temas de manchas, sigo siendo, en definitiva, un pringao.

Porque un flís-flís milagroso, que lo echas así en un momento, y chimpún, se obra la magia, ya por preguntar, y tal… De eso no hay, ¿no?

¿O sí…?

 

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16 semanas de permiso de paternidad

Quien tenga por seguros todos sus pensamientos en esta vida, que dé un paso al frente.

No seré yo quien lo haga, desde luego. Y ni mucho menos si hablamos de un tema tan espinoso como la noticia con la que arrancamos este enero: la ampliación a 16 semanas de permiso por paternidad, igualándolas por tanto a las de maternidad.

Espinoso por las reacciones que suscita, digo. En estos años desde que tuve a mi lechona mayor, he ido escuchando diferentes posturas, distintos argumentos, a favor o en contra de la ampliación de permisos de paternidad, y la mayor parte de las veces me encontraba en la posición de: -“Oye, pues tienes razón. Esto me suena razonable…”- Y es que siempre solía encontrarme con buenos argumentos pusiera la oreja donde la pusiera. Todo me parecía razonable en mayor o menor medida. Y con este último empujón de esta ley, eso tampoco ha cambiado.

Y ahí es donde veo la raíz de uno de los problemas que envuelven este tema, (al igual que sobre muchos otros temas, o sobre todos, bien podría decirse…) Que si bien existen las soluciones buenas a un problema, no creo que existan las soluciones perfectas. Desde esta premisa, todo se convierte entonces en un juego de tratar de conseguir la mejor de las soluciones posibles.

Sí, vale. La mejor. Pero… ¿La mejor, para quién? Y además, ya que nos ceñimos al ámbito de las meramente “posibles”, en ese saco siguen cabiendo muchas variantes, opciones, requiebros y vericuetos que inevitablemente dejarán poco o nada satisfechos a una parte de los interesados. Porque si algo tenemos claro en esta vida, es que nunca llueve a gusto de todo el mundo.

Por ejemplo, ¿quién decide aquí qué es lo más importante, lo más necesario, o lo que más urge? Si es una EQUIPARACIÓN, en aras de igualar días de permiso entre padres y madres, y tratar de favorecer así un equilibrio en el ámbito de las relaciones laborales, frente, a por ejemplo, la urgencia de un AUMENTO de las semanas de permiso para las madres, para que estas afronten una recuperación más integral de su físico; para que tengan un poco más de distancia y puedan organizarse e integrar los cuidados y el desarrollo de las primeras etapas de sus bebés, o simplemente para que puedan dar el pecho en condiciones si optan por un modelo basado en la lactancia materna, hasta el MÍNIMO recomendado de 6 meses por la OMS.

Yo, amigos y amigas, sigo sin tenerlo claro. Porque veo lo que hay, hablo con la gente, miro alrededor, y lo ÚNICO que sí que se me viene con cristalina presteza a mi mente es la conciencia de que yo LO QUIERO TODO. De que todo es necesario. Que no es una cuestión de LO UNO O LO OTRO. Si te doy A, te quedas sin B, o al revés. Porque inevitablemente, aquí hay gente que va a salir perdiendo, paradójicamente. Te vas a sentir perdedor, ya seas padre o madre, de un ambiente en el que alguien (Papá Estado) está DANDO. AÑADIENDO.

Pero yo creo que aquí, necesitamos la A, y la B. A la vez. Y ya. Y también la C, la D y la E, ya puestos.

Donde yo veo suma, o añadidos, o elementos que nos hacen avanzar en general como sociedad, pasitos adelante aunque sean pequeños, desde otros ojos se perciben como un atraso. Como pasos hacia atrás. Como agravios. Y seguramente TENGAN RAZÓN. Y no es que yo quiera ser de los que ven el vaso “medio lleno” frente a quienes lo ven “medio vacío”, sino que como digo, oye… ¡Es que yo no me conformo con el vaso a medias, ya sea medio vacío o ya sea medio lleno! ¡Yo quiero mi vaso lleno! Porque creo que puede y debe llenarse.

 

 

Aquí hay unas necesidades que cubrir, amigos y amigas. Innegociablemente. Son las de los nuevos padres, las de las nuevas madres, pero bajo mi punto de vista, y por encima de lo demás, LAS DE LOS NUEVOS SERES PEQUEÑITOS QUE LLEGAN A ESTE MUNDO. Y creo, siempre he creído, que es ahí donde ha de ponerse el foco. Siempre he pensado que los beneficios en forma de permisos, remuneraciones, etc, más que recaer sobre la figura del padre o de la madre, deberían recaer, en esencia, sobre los bebés. Es el bebé el que debería tener el DERECHO garantizado a tener cubiertas una serie de cuestiones determinadas por un tiempo determinado: un cuidador a su cargo 24/7, padre o madre o ambos, una serie X de meses mínimos. Una alimentación asegurada de leche materna a demanda de X meses mínimos, para quien opte por ese modelo. Un entorno físico y a ser posible familiar seguro para su crecimiento y primer desarrollo, de X meses mínimo (mejor si esto último se alarga a toda su vida, obvio…), donde poder empezar a crear esos lazos afectivos, de seguridad y de confianza con sus familiares, ya sean madres, padres, hermanos, etc.

Es decir, en esencia lo que vendría a ser algo tipo prestación universal por hijo/a.

Por eso yo lo pido todo, de corazón. Lo quiero todo. Porque lo veo todo necesario, y todavía escaso, actualmente. ¿Un mínimo de 6 meses de permiso para las madres? ¡CLARO! Pero es que no me entra en la cabeza que esto todavía no sea así. No me creo que todavía estemos en estas.

Y de hecho, si me preguntas, te diría que más tiempo, que 6 meses son pocos. Que por qué no 9 meses o un año si es necesario, haciendo los cambalaches pertinentes. Sabemos que redunda en beneficio de los bebés. ¿Por qué no hacerlo? ¿O por qué no también un mayor número de semanas iniciales y mínimas tras el parto para las madres? ¡POR SUPUESTO! ¿Qué les ocurre a las madres con partos complicados? ¿Con puerperios difíciles? ¿Qué hay de las secuelas físicas y mentales y lo que hace falta para recuperarse y superar todo eso? ¿Por qué no ahondar ahí?

Pero si me dices: -“¡Equiparemos permisos y hagámoslos intransferibles y remunerados al 100%”- Pues te diré de la misma manera: -“¡Venga! ¡Dale! ¡Ya estábamos tardando también con esto…!”- Porque me puedo poner en el lugar de un padre, y también veo cosas muy positivas aquí. Sí, llamadme iluso. Llamadme soñador. Yo juego en el equipo de John Lennon en esto, lo siento. Yo lo siento así. Quizás no sea una realidad a corto plazo, pero creo que a medio o largo plazo, hay un poso, un lastre ideológico machista ahí encerrado, que a la fuerza debe ir cambiando. Creo que va a ser una medida beneficiosa al menos en lo laboral, para todos, hombres y mujeres. Y seguramente en el ámbito doméstico también. Cada uno ganando espacios que ahora mismo no tiene ni de lejos asegurados. ¿Por qué no dar una oportunidad y ver si esto funciona?

 

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Repito: no es lo que yo quiero, per se. Yo creo que lo ideal deberían ser unos derechos otorgados a los bebés concedidos a través de sus padres, y por consiguiente, que estos se organicen, distribuyan y disfruten de manera flexible en función de su situación familiar particular y según necesidades. Me parece que es lo lógico, porque cada familia tiene sus circunstancias.

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Tenéis estos X meses de permiso, más este dinero Y, más estas ayudas Z, y con estos requisitos mínimos: las 12 primeras semanas fijas e intransferibles para ambos. (Por ejemplo, yo qué sé). Y a partir de estos cimientos, vais organizando y construyendo vuestro puzzle familiar, hasta cubrir el primer año entero de la criatura. O los dos primeros años. O los tres. Los que sean. Pero que haya quorum. Que haya facilidades. Que el Estado, la patronal laboral, la comunidad de mi barrio y Perico el de los Palotes, me dejen y me permitan llevar a cabo este nuevo plan de vida. Y que no te encuentres con penalizaciones. Ni laborales. Ni sociales. Ni, por supuesto, individuales.

Que si algo tengo claro también, es que criar es ya de por sí un trabajo MUY DURO, muy complicado, que requiere de atenciones constantes y que demanda plenitud de energías y mil y un recursos. Que requiere de la implicación de toda la sociedad si queremos que haya un saludable recambio generacional. Y que el tan manido axioma de -“Pues no haber tenido hijos”- no me sirve, porque si el tema es no tener niños, entonces, ok, en 50 años todos muertos y dejamos un lindo país entero desierto para que pasten las cabras del vecino en él. Y es un plan, oye. Pero no me parece que sea ese un MEJOR plan que el mío, la verdad. La regeneración poblacional es el motor de cualquier sociedad humana que no se quiera extinguir.

-“¿Y esta bonita orgía de paz y amor que te has montado en la cabeza, entonces, quién la organiza? ¿Quién la paga?”- Me diréis. Pues el Estado, señores y señoras mías, que para eso están y para eso se les paga a ellos, que somos todos y todas. O eso nos han querido contar siempre. Yo quiero un estado fuerte, atrevido y ¡Ohhh…! ¡Locurón! Que vele por los intereses de su pueblo y sus ciudadanos. Que apueste por su futuro. Y no creo pedirle peras a un olmo, porque esto es pedir lo mínimamente lógico a cualquier estado de derecho normal. Y más en un país con un índice de natalidad tan bajo como el nuestro.

Pero aquí es cuando lo lógico se pega de tortas con la realidad, y es cuando te das de bruces con la mierda que hay, con el Estado de 3ª regional que tenemos para muchas cosas. Y es que la rueda nunca ha funcionado como debería. A Papá Estado no le interesan una mierda los bebés. No le han interesado nunca, o desde hace muchos años, al menos, como no le interesa la infancia en general. Un sector que solamente reporta gastos, problemas y preocupaciones, pero no reportan pecunia, porque no pagan impuestos, y encima tampoco aportan votos, porque son gente pequeña. Y esto lo hemos visto hasta la saciedad en este último año de pandemia, cómo los niños y niñas han sido de lejos el sector poblacional más abandonado por los dirigentes, junto a los grandes mayores.

Si Papá Estado no funciona, si no pone el foco en los más pequeños, en fomentar y cuidar la natalidad a todos los niveles (vivimos en el país viejuner en el que vivimos, never forget…), y se rige siempre por el más recalcitrante de los cortoplacismos, el tejido empresarial tampoco se va a quedar a la zaga. Si desde arriba no hay apoyo ni interés real, el Patrón seguirá repitiendo los mismo patrones que hasta ahora: fomentar y aprovecharse de las desigualdades y la precariedad, de los resquicios culturales mohosos heredados, y arrinconando como siempre la labor de los cuidados de los asalariados bajo su manto. Criar, cuidar, maternar, paternar… Estos términos seguirán siendo un lastre para los que manejan y controlan y deciden mayoritariamente sobre nuestra pasta. Seguirán siendo simples piedras en su camino de hacerse cada vez más y más adinerados.

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Y de nuevo, todo seguirá igual. Plus ça change plus c’est la même chose, que dicen nuestros vecinos franceses.

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Urge un cambio de mentalidad INTEGRAL. Urge más educación social. Más educación masculina dirigida en recuperar el valor hacia los cuidados y la intendencia doméstica desde un punto de vista global, y no desde el meramente económico y de proveedor. Urgen cambios de modelos. Y mientras llegan estos cambios, puestos a aparcar el sueño utópico de un Estado perfecto que haga ¡chás! y aparezca a tu lado, y coloque todo en su sitio de la noche a la mañana (lo cual sabemos que no va a ocurrir jamás), hay pequeños o grandes pasos previos que se pueden ir dando en una dirección más o menos acertada, más o menos positiva, y que a día de hoy, seguramente es todo lo más a lo que podemos aspirar. Pasos como esta nueva ley, por ejemplo. Que posibilite llegar a lo otro, un día soñado de estos. ¿Por qué no?

¿Esta nueva ley es lo ideal, o justa? No, no lo es. ¿Es lo prioritario ahora mismo, o debería haberse aumentado el permiso de maternidad? Pues aquí que cada uno decida, porque como digo, yo creo que eso se debería haber resuelto ya hace tiempo. Pero a poco que me aprietes, te diré que aumentar el permiso por maternidad debería haber sido prioritario, sí. ¿Es una ley buena, entonces? Sinceramente, en mi legítima confiada credulidad, sí. Creo que debería ser útil y eficaz para ir consiguiendo nuevos objetivos que deberían ser positivos para el conjunto de la ciudadanía. ¿Se podría haber hecho algo mejor? No me cabe la más mínima duda. ¿Hay que conformarse con esto y ya está? ¿Ya está todo hecho? Ni de puñetera coña.

Que no. Que hay que seguir reivindicando. No vale quedarse aquí.

Hay que conseguir poner el foco en la importancia de los cuidados, insisto. En implementar políticas que desarrollen un fomento de la natalidad real, integradora y con garantías. Devolver el foco a los ciudadanos y sus necesidades, y hacerlo de forma racional. Hay que conseguir implicar a los hombres en las responsabilidades que les corresponden, y comprometerles con el nuevo status que han adquirido implícitamente si estos se transforman luego en padres. Trabajar para lograr que las mujeres tomen de una vez las riendas de sus vidas de forma justa, lícita y activa, en igualdad y bajo unas mismas premisas, sean en el ámbito laboral, doméstico, o cualesquiera que sean. Que ellas reciban de una vez lo que en justicia necesitan y demandan.

Que queda todavía un mundo entero por hacer, por conseguir y por recorrer. Y ya que lo sabemos, pues sigamos caminando hacia él y sobre él, pero con la guardia en alto, con viento ligero, ojo avizor y paso firme. Porque, repito, yo QUIERO MÁS. Estos mínimos son todavía demasiado mínimos en muchas cosas, y sigue habiendo mucho por solucionar y por mejorar.

Lo que sí que os puedo decir, es que creo que esta nueva ley, pese a los errores que traiga ya de nacimiento bajo el brazo, no debería ser un nuevo techo sobre el que arrojar las mismas piedras furibundas de siempre, si se me permite la expresión. No digo que sea un gran techo, o ni siquiera que se haya colocado donde debiera, o cuando debiera, vale… Pero conviene recordar, todos y todas lo sabemos, que todavía hace mucho frío ahí afuera. Y hay mucha lluvia, con sus rayos y truenos y granizos. Y sí creo que este es un techo que puede ofrecer un buen cobijo a mucha gente que lo espera y que lo desea; que puede y debe ser útil, y que ojalá resulte todo lo beneficioso que puede llegar a ser, y que esas piedras que por fuerza hay que seguir arrojando, deberían redirigirse a otros muchos techos que todavía quedan por ahí, muros, paredes y cristales lamentables que todavía existen y que por supuesto, también merecen nuestra atención y nuestra fiera puntería, por injustos, caducos, vergonzosos, marginales y peligrosos.

Pero bueno… Qué sabré yo.

 

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El anillo de mi amigo Carlos

Hay cosas que por mucho que pase el tiempo, parecen no cambiar. Cosas que se repiten. Cosas por las que pasamos este, aquel y el de más allá. Cosas que nos resuenan en la cabeza, por haberlas vivido ya en otros. Cosas que nos sirven de puente, y que de alguna manera, nos van conectando. Dejavús. Defectos en Matrix, o como lo quieras llamar. Sentimos ecos que no son sino reflejo de lo que a otro le pasó antes, y aquello que en su día observaste de lejos, te vuelve hoy de rebote como diciendo: -“¡Hey, que ahora vamos contigo, venga…!”-

Hace un rato, antes de comer, mi hijo pequeño estaba jugando con una pequeña linterna led. Es muy pequeña; apenas un juguetito. De hecho, es un remanente de muchas iguales, de colorines, que llegaron a casa hace ya año y pico como parte de un lote de detallitos chorras para repartir en la clase el día del cumpleaños. Una party bag de estas tan de moda, ya sabéis.

El caso es que la linterna lleva una gomita incorporada, lo que hace que te la puedas poner en un dedo, a modo de anillo. Ahora claro, imaginaos a un crío con cinco de estas en una mano, los dedos llenos, en una habitación medio oscura. La party, vamos. Un nuevo Jean Michel Jarre. O sea… Para eso son.

Y luego está lo otro… Que esta es de color verde. Y claro. Ahí tenemos al niño, danzando por casa con su anillo, todo flipado gritando aquello de… -“¡Soy Linterna Verdeeeee…! ¡FIUUUU… FIUUU… CHASSSSS!”- (Signifiquen lo que signifiquen esos fiufíus y esos chaschás).

Y he aquí, que entro de repente en una sensación curiosa… Extraña… De estar viviendo una situación que ya he vivido antes. Y no es una situación que viviera yo de pequeño, porque yo no era fan del bueno de Linterna Verde siendo tan pequeñito. Era más bien de acordarme de algo…

Lo que se me estaba viniendo a la memoria era ni más ni menos que una increíble experiencia, humana y lectora, que viví a través de las palabras que nos dejaba mi querido amigo Carlos, en una entrada de su blog, hace ya unos cuantos años. Yo había empezado con este blog ese mismo año, pocos meses antes, y en aquella época estaba a la caza y captura incesante de otros blogs sobre experiencias de paternidad que me llamasen la atención. Y el blog de Carlos, sus experiencias, su manera de narrar, me cautivaron desde el primer momento como un flechazo, como pocos blogs lo han vuelto a hacer.

Y de allí surgió una historia muy linda… Una pequeña llamada de auxilio que caló fuerte, que nos conquistó a muchos por la ternura que había detrás. Por la seria implicación que escondía. Carlos nos contó la historia del anillo de Linterna Verde de su hijo Martí. Un anillo de juguete muy chulo que compró para él. De cómo el crío se sintió engañado al volver del primer día de colegio, porque aquel añillo en realidad no tenía poderes, y de cómo la salida que encontró su padre para remediar, para intentar aliviar algo de esa pequeña tragedia familiar, fue echar mano de la gente que estábamos ahí, al otro lado, leyendo, escuchando ese eco de S.O.S., para mandarle algunas palabrillas al chaval… Un ánimo, una pizca de esperanza que reinflase quizás ese saco de ilusión que horas antes había estado lleno a rebosar, y ahora estaba desinflado por completo, pisoteado y por los suelos. Y la gente, los que leímos aquella historia, muchos, respondimos. Aquello nos caló. Le inundamos a mensajes…

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-“¡Hey, Martí! ¡En serio, chico…! La magia existe, créeme. Yo la veo a diario…”-

-“Hay un poder especial en ese anillo, de verdad. Ya lo verás un día de estos…”-

Y cosas similares. Mensajes de ánimo, de cariño…

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Todo esto nos lo relató Carlos en aquel momento, y sigue siendo una de las historias cotidianas más bonitas que recuerdo haberle leído a nadie en todos estos años, la verdad. Si no lo hiciste en su día, párate un momento a hacerlo, y bucea unos minutos en aquella historia, que no te arrepentirás.

Hoy me he vuelto a acordar de ella, al ver a mi pequeño corretear y disfrutar por la casa con su pequeña linterna verde. Mi pequeño, que tiene una edad cercana a la que tendría el pequeño Martí por aquel entonces. Pienso en que de alguna manera, me está tocando hoy a mí vivir lo que él vivió ya con su hijo hace unos pocos años. Misma situación. Mismos personajes. Estoy retomando aquella historia por la que pasó él, y por la que pasarían otros tantos antes que él.

Y por ello pienso en las conexiones. Las conexiones que nos unen. A ti y a mí. Lo que yo te leo. Lo que tú me cuentas. Lo que aprendo de ti. Lo que yo pueda enseñar (quizás…) a los demás. Y oye… Mola. Eso siempre ha molado. Somos pequeños cómplices y partícipes de las historias que leemos, escuchamos y compartimos. Porque al final, se trata de eso. Aprender. Y enseñar. Conectarnos. Expresarnos. Y que esa rueda no se pare nunca.

Está bien recordar esto de vez en cuando, en la era de la escalada del odio, la angustia, la pose, los jeiters y la desinformación de las redes. Que no se nos olvide que las redes, como redes que son, y estén construidas por el hilo de que estén construidas, son en esencia ese vehículo de traspaso de información por el cual siguen colándose en nuestras casas, las más bellas, tiernas, válidas, provechosas e interesantes historias.

Historias como las de una pequeña linterna led de luz verde.

(Por cierto… ¿Qué tendrá el puñetero Linterna Verde, eh…? Supongo, que un pedazo de anillo que mola todo un universo.)

El juramento de Linterna Verde


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Papi no sabe ayudarme

La verdad es que esta bola rápida no la he visto venir.

Hoy acaba de darme un hermoso sopapo uno de estos momentos con los que todo padre o madre se topa de bruces tarde o temprano en esta carrera de fondo que es la crianza de los propios lechones.

Mi hija nos ha soltado directamente un muy doloroso -“…Es que papi no sabe ayudarme.”- Directo y sin anestesia. Y claro, mi tierno corazón ha sentido de lleno toda la fuerza y el escozor de la fría y amarga puñalada, de esta reveladora y cruel nueva realidad.

No sé si los antecedentes o el contexto son relevantes… Basta decir que Churri estaba fuera por un recado, y yo en casa con los dos críos. La mayor, ya terminado su desayuno hacía rato y haciendo propiamente la zascandila, como es menester. El pequeño y yo, todavía desayunando.

Insistiendo a la mayor que se ponga en marcha con sus tareas (a saber, la rutina diaria de quitarse el pijama, vestirse, peinarse, lavarse los dientes, recoger su cama y ponerse en su mesa y arrancar con los deberes del día del cole… Pfffff, sí, TODO eso. Que yo les entiendo, ¿eh? Que aquí también pasamos todos por aquello…), ella ha jugado hábilmente las cartas que las circunstancias habían puesto en su mano, desplegando sus ya muy desarrolladas habilidades dramáticas, y se ha declarado en ilegítima rebeldía, argumentando con la astucia que le dan sus muy vividos seis años de pajaruela que ya tiene. Y que hasta que no volviera su Santa Madre, ella no se movería ni haría nada de nada.

Y siguiendo en sus trece, hasta que al poco en esto regresa la Santa Madre, y claro, la otra al ver el panorama de ¡Pero bueno! ¿¿A estas horas y todavía así, que no has empezado con las cosas del cole todavía??, como la mar gruesa cuando avecina por la Tramuntana, enseguida ha saltado con esa argucia, esa vil frase que me ha sentado a cuerno quemado, que brotó ahí de su tierna boquita como si cualquier cosa…

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“…Es que papi no sabe ayudarme.”-

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Y me he hundido un poco yo solito en mi miseria. Me lo van a permitir.

Todo viene yo creo, de un día, una de estas mañanas de pandemia, en que aquí esta persona humana y cárnica que os escribe se puso al lío con la niña, que debió si no amanecer ya torcida, seguramente se torció a eso de las desayuno, desayuno-y-media de la mañana. Vete tú a saber porqué. (Igual fue que apagamos la tele, o alguna tragedia griega de estas…)

El caso es que inicié la cita escolar mañanera con ella. Algo de mates. O las horas del reloj, o averigua tú el qué… Y al poco, ya estaba aquella resoplando cual tetera, y el mundo viniéndosele encima. Nada que ver con la mañana anterior, que la cosa fue fluida y bastante bien. Iluso de mí, que pensaba que aquello podría durar y que todos los días serían jauja.

Ahí nos enzarzamos, o la cosa se lió… Ella sacó su Hamlet interior, yo mi impotencia de los días de no tengo el tótem para farolillos, y se nos truncó el amor de tanto usarlo… Y ahí quedó el drama. Desde aquella fallida mañana, la niña pidió el comodín del cambio, volvió a requerir a su madre en las labores de tutelaje escolar (que era con quien había empezado con esto, semanas atrás, dicho sea de paso) y poco ha querido volver a saber de mí a este respecto.

Es decir, que de aquella, me plantó la etiqueta de “MI PADRE, POR AQUÍ, NO”.

 

drama queen. Mi hija es una dramitas.

 

Y es que bueno, no por intuirlo a lo mejor, hace menos daño el escucharlo de viva voz. La confirmación del presentimiento. La crónica de una muerte anunciada. Y pese a que con ella también se trae trifulcas, perifollos, desmanes, llantinas, bufidos y desabridas desavenencias, desde entonces ha sido su madre la que ha ido de la mano con ella en el tema de los deberes, casi la totalidad de los días, mientras que yo me dedico al pequeño y a labores caseras. No sé si es que con ella se resigna, porque ha agotado el cupo de cambios, o es que realmente está más a gusto.

Esta es mi losa. Mi temor. Mi bajona de hoy, con luces de neón y flechitas parpadeantes apuntando a este padre luser. Resulta un combate que ni siquiera sabía que estaba librando, y de repente me veo tumbado en la lona a las primeras de cambio y por nocaut. No he oído ni el ding-ding de la campana.

Mi hija, etiquetándome. Después de todo el machaque que nos ha dado el bueno de Alberto Soler con este tema, y es mi hija la que me cuelga la etiqueta a mí. Manda webs.

Pero con una etiqueta de las que nadie quiere… De las chungas. De las de “Producto defectuoso”. De las de –“Este ejemplar no me sirve, señora cajera… Lo pone aquí, oiga. Mire. Deme mejor otro…”- Mi hija, sacando una libreta mental, haciendo –click- a su boli y poniendo una X enorme o dibujando una carita triste, que para el caso tanto igual da, junto al epígrafe de “Papá y las tareas del cole” en su lista de –Cosas de papá en las que puedo confiar–. Mi hija, haciéndome, en esencia, un Jaime Lannister en toda regla: -“Una vez maté a un rey, y desde entonces me llamaron Matarreyes…– O lo que es lo mismo, una vez tuvimos un mal día, y desde entonces, ya no valgo para ayudarte con las clases. Nunca más, por lo que se ve.

¿Cómo he fallado de esta manera? ¿En qué momento mi hija ha logrado asociar y asimilar mentalmente que ya no se fía de su padre para ayudarla en todo lo que sea? Que ya no puede contar conmigo para cualquier cosa que ella necesite. Es duro pensar en esto, en serio.

Nunca pretendí ser un súper padre, y sabía que estos momentos llegarían, que tampoco me he caído de un guindo, pero sinceramente, os diré que no pensaba que llegaran tan pronto. Con 6 añitos, pensaba que todavía esa parte de la inocencia seguiría ahí. Pensaba que esta ilusión duraría al menos un poco más. Qué sé yo. Hasta los 8 o los 9 años… Llamadme loco. Aunque realmente tampoco me ha dado nunca por pensar sesudamente en esto, no os voy a mentir.

Pero supongo que también eso dice algo a favor de su inteligencia, claro, si lo rumio bien. Habrá que mirar lo positivo de este palazo, digo yo. La jodía es lista. Intuyo que eso al menos es algo bueno que sale de este tragicómico episodio. Como decía el gran dios Carles Capdevila en aquel grandioso monólogo para la eternidad, -“La misión de los padres consiste en espabilar a los pequeños, y tratar de controlar a los mayores…”- Y al menos, esta parece estar espabilando y dándose cuenta de que no todo el monte es orégano. Igual tan mal no lo estamos haciendo, entonces.

Bueno… Eso tiene de positivo, y el recordar también que yo tenía un blog en alguna parte, ya de paso. Un blog en el que yo solía recoger y atesorar tonterías de este tipo. Un lugar donde poder llorar mis mierdas a gusto; mierdas monguers como la de hoy, y con suerte, compartirlas con algún gato o gata despistada que pase por ahí. Es bueno, de repente, recordar que tienes un blog. Bendito blog.

En fin. Supongo que toca lamerse las heridas, tragarse el orgullo y pensar que mañana será otro día, y que nunca es tarde para enderezar el rumbo de esta nave del misterio. Seguiré insistiendo, y metiendo caña y cuña cuando pueda, y veremos cómo puedo hacer para que la cosa se arregle. Y por supuesto, habrá que intentar que esa nueva prescencia suya, esa capacidad de discernir o adivinar en qué múltiples cosas de repente su querido papá está por debajo del umbral de lo molón y lo resolutivo, se retrase todavía un poquito más, a poder ser. Dejadme darle todavía unos tragos más a la ilusión, porfa.

Estoy jodido, lo reconozco. Me ha escocido. No todos los días afronta uno a bocajarro la realidad de su difusa inutilidad, y sin derecho a revancha o a una simple réplica. Pero aquí os digo también que otra cosa que no sé si sabe aquí mi listilla, es que los Lannister siempre pagan sus deudas.

Y mi deuda eterna con ella, como buen padre suyo de ley que soy, siempre estará presente. Y el pago de dicha deuda consiste entre otras cosas, en que llegado el momento preciso, y aunque me quedase manco de una mano, siempre habré de estar ahí, detrás, o a su lado, para al menos intentar ayudarla o guiarla en lo que buenamente ella quiera o necesite de mí. 

Ley de vida. Tendré que conformarme con eso.

 


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Madres de cómic

Hoy, primer domingo de mayo, vengo a despedir el fin de semana con un post rapidito improvisado e impulsado por la curiosidad, dedicado a todas las mamis del universo, por el Día de la Madre.

Y es que a veces el mundo Tuiter hace su magia y obra milagros (como que me ponga un domingo por la noche a darle a la tecla).

Esta mañana, al abrir la rrss del pajarito azul, me topé con un tuit de los amigos del podcast Tebeismos, felicitando y recordando como es habitual en su cuenta, la efeméride del día, acompañando al tuit con una imagen relacionada del mundillo del cómic.

Y es ahí donde se me ha encendido la bombilla, y me he preguntado…:

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-“Oye… ¿Cómo se ha tratado la figura de la madre en el mundo del cómic?

Personajes que sean madres y tengan relevancia como tales en las obras en las que aparecen. ¿Qué conozco yo al respecto de esto…?”-

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Tenemos muchas veces muy presentes la infinidad de referencias hacia la figura de la madre en el cine, en la literatura, en la pintura… ¿Pero en el cómic? ¿Alguna vez te lo habías preguntado tú también, esto…? Porque reconozco, y mira que me gustan, que yo no.

Así que con la más tonta de las curiosidades, me he asomado raudo y veloz a mi tebeoteca particular; he anotado algunos buenos ejemplos que considero interesantes, y con las mismas me lancé a elaborar un pequeño hilo, que empezaba aquí…:

…Y os lo voy a desglosar, aquí:

Calvin & Hobbes
Susan Storm, de Los 4 Fantásticos
La Leyenda de Madre Sarah
Príncipe Valiente
Zipi y Zape
Lydie
Custodia Compartida
La Parejita S.A.
Superman
La Casta de los Metabarones
The Umbrella Academy
Los Diarios de Cereza
Paula Crusoe
La Visión
El Ala Rota

Todos estos ejemplos son sobre figuras de madres diversas que abarcan acercamientos muy diferentes, opuestos muchos de ellos entre sí, al concepto de “madre” o de cómo ejercer la maternidad. De qué significa o implica el ser madre. Y la verdad, que puestas así en fila admito que me causan cierta impresión.

Las madres, por lo tanto, también tienen su pequeño rincón, su hueco merecido entre las viñetas, como no podía ser de otra manera. Madres únicas. Madres diferentes. Como la vida misma. ¡Y… por cierto! Todas estas obras, son -sobra decirlo, pero no me quedaré con las ganas…- grandes obras, con grandes personajes. Algunas de ellas son incluso cumbres en su géneros. ¡Os animo a echarles una buena ojeada si veis que tenéis la oportunidad! ¡Las madres también alumbran buenos tebeos!

¡Feliz día pues, a todas las mamis del mundo mundial!

PD: el hilo sigue abierto en comentarios, para el que quiera aportar más ejemplos, por supuesto. 😀

PD 02: perdonad la calidad reguler de algunas de las imágenes. Las busqué de aquella manera, y nunca pensando en que tendría que presentarlas aquí. Sorry!

 


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El derecho a soñar en una hamaca

…O también podría haber titulado este post, “Descansar (2ª parte)”, como continuación del post de la semana pasada.

Porque curiosidades de la vida, creedlo o no, pero apenas un par de días después de publicar la entrada del otro día, de paseo por un parque al que teníamos ganas de ir desde hace tiempo, casi como por azar, me topé con un pequeño milagro moderno en forma de cartel, que atrapó mi atención, y decía así…:

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EL DERECHO A SOÑAR EN UNA HAMACA

«¡Oh, Pereza, apiádate de nuestra larga miseria! ¡Oh, Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!»

Paul Lafargue terminaba con estas palabras su conocido libro El derecho a la pereza, de 1883. Su mensaje cobra actualidad en un siglo XXI en el que la epidemia de estrés es la otra cara de la moneda de una economía compulsiva, que está relacionándose con la naturaleza y con nuestras buenas costumbres como se relacionan los tumores con los cuerpos sanos. El hamacódromo popular de Finca Liana surge del encuentro entre el CA2M Centro de Arte 2 de Mayo, el Ayuntamiento de Móstoles y dos colectivos locales: Tejiendo Móstoles y el grupo ecologista Instituto de Transición Rompe el Círculo.

La idea, materializar una intuición visionaria de estos últimos: en 2030 Móstoles será una ciudad sostenible y tendrá hamacas en sus parques. Para adelantarnos se ha convocado a perezosos y soñadores, artesanas sin oficio y adictos a la siesta, enamoradizos y nostálgicas del futuro, a tejer juntas el primer hamacódromo popular del país. Durante el proceso se han involucrado más de un centenar de vecinas y vecinos.

Un hamacódromo para tener un bello rincón en un parque público donde cualquiera pueda descansar. Para encontrarse y entretejer otras cosas más importantes que hamacas: nuestros vínculos deshilachados. Nuestros saberes desperdiciados. Nuestra lentitud estratégica. Nuestra alegría incansable. Nuestra creatividad sin medida. Nuestra cultura de vivir bien en común. Y, sobre todo, para no olvidar que la felicidad es exactamente lo contrario a la rentabilidad.

Esforzarse en decrecer, sanar, parar. Consumir menos para vivir mejor. Hacer de la lentitud una nueva norma. Este es el reto que nos lanza la sostenibilidad ecológica. Para ello, tenemos que aprender a valorar de nuevo qué es lo importante y qué es lo posible. Y reescribir una nueva declaración de Derechos Humanos sostenible para el siglo XXI, donde la pereza juegue un papel importante: «todo hombre o mujer tienen derecho a soñar que se enamoran tumbados en una hamaca».

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Y yo, que soy así de monguer, lloro fuertecito por dentro, porque parece que acabo de encontrar mi pequeña parcela de paraíso en la Tierra. ¿Cómo…? ¡¡Un hamacódromo público, en un parque… En España! La idea me parece tan molona como loquísima; tan innovadora como radical, y tan española como la tortilla de papatas; eso también. Si en otros países se ha hecho, ¿cómo es que aquí no se ha implantado esta ideaca nunca? Y muchas piezas sueltas se conectan en mi cerebro, que empieza a salivar cual perro de Pavlov, imaginándome inmerso en dicho entorno.

Una pequeña parcela de pinar en que la apología a la calma es patria y cuatro cordeles atados su bandera. Un minúsculo paraíso urbano en el que la contemplación tiene una mano ganadora en una partida frente a la acción y a la tensión. Un lugar en el que soñar despierto, imaginar, pensar, abstraerse, no está reñido con el tic-tac invisible de ese reloj que nos susurra al oído que cada segundo que se te cae al suelo son pepitas de oro con las que estás sembrando el campo muy a tu pesar, porque son de esas pepitas que nunca retornarán a tu bolsillo y desaparecerá tu nombre grabado en ellas.

-“¡No todo está perdido, entonces! ¡Todavía hay esperanza!”- Pienso, casi en éxtasis. No estoy del todo solo en este mundo acelerado.

Peeeeeero… (Siempre tiene que haber un pero…), solamente hubo un pequeño problemilla. Un detallín. Una minucia sin importancia. Y fue queeeee… NO se veía hamaca alguna por ninguna parte. Nada. Nacin de nacin. Rián de rián. Nichts. Niente. Nichego, moy tovarisch. Ni rastro, vamos. 😦

Mi gozo en un pozo. Oscuro y profundo de narices.

Investigando, por lo visto, meses después de su inauguración, en la primavera del años pasado, ya no quedaba hamaca alguna en su sitio. Deterioro, falta de mantenimiento. Desinterés, quizás… Mierda pa mí. Mi sueño, desvanecido tan pronto llegó. En fin; demasiado hermoso para ser verdad. Aunque este año lo volvieron a abrir. Pero se conoce que sigue siendo una performance efímera y temporal. Vale. No por eso dejo de aplaudir fuertemente en mi interior. Arte puesto al servicio del público y cumpliendo un bien social. Maravilloso. ¿Qué más se puede pedir? (Vale, sí… Encontrártelo materializado y entero, cierto. Pero ya me entendéis…)

Mi hija, que me vio, viniendo desde lejos se me acercó y me preguntó: -“¿Qué estás leyendo, papi…?”-

-“Nada, hija, nada… Un cartel con un pedazo de sueño deshilachado pero muy hermoso, nada más.”-

Es algo que se ha quedado a medio camino entre el ser y el no ser en mi imaginación. Bueno, es mucho mejor que nada, ¿no creéis? Y me queda el consuelo de que algo así ha existido, que existe, y que posiblemente, se levantará de nuevo, quién sabe, si la primavera que viene o cuando algún concejal de turno vuelva a repensar esos fondos que permitan su mantenimiento y conservación. Y se convertirá sin lugar a dudas en mi nuevo sitio favorito del universo.

Cartel descriptivo del proyecto del hamacódromo público de Móstoles.

Lo dicho. Que habrá que volver por aquí en 2030, entonces, y ver cómo les va.

Y mientras ese día llega, siempre nos quedará esperar, tumbarnos y soñar.


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Descansar

Ayer hablaba con un amigo sobre las extraescolares de los niños. Supongo que por sacar un tema e ir hilando una cosa con otra. No queda otra que dejar fluir la lengua si estás en un velatorio, y encima si es con un amigo al que ves mucho menos de lo que deberías. Al fin y al cabo, como se demuestra a cada rato a lo largo de la tarde, no hay nada más incómodo que un silencio prolongado en un corrillo de varias personas, y más si es algo doloroso lo que lo envuelve.

Hablamos de muchas cosas, de los horarios de los peques, de nuestros horarios, de las cosas que hacen ilusionados y de las cosas que hacen por inercia, porque nosotros se lo pedimos o imponemos.

A veces les metemos en ruedas en las que no quieren entrar, aunque lo hagamos simplemente para que prueben. Otras veces son ruedas sobre las que montan encantados, y no queda sino soltarles, que hagan camino y le den como si no hubiera un mañana. El poder de la ilusión y la motivación, ya sabéis.

Con las mismas, nosotros mismos nos metemos igualmente en ruedas nuevas en las que en el fondo tampoco queremos entrar, pero lo hacemos exactamente por las mismas razones, porque creemos que hay que hacer tal cosa. (Y que nos gusta meternos en fregaos, también).

A veces simplemente pienso en el tiempo que nos ha tocado vivir, y en nuestras circunstancias. En esta época en que uno de 20 todavía es un crío, un pipiolo que no sabe nada de la vida salvo transportar cuatro libros y una carpeta con apuntes de aquí para allá, y hace apenas unos siglos, o quizás unos decenios atrás, uno con 20 ya tenía una familia detrás, un proyecto de vida, un trabajo, hijos, etc. Es decir, alguien que vivía la vida que por aquí muchos estamos empezando a vivir a nuestros treintaymuchos.

Con las mismas, y dándole de nuevo la vuelta a la tortilla, veo igualmente que hoy con 20 puedes haber hecho cosas inimaginables para alguien de unas décadas atrás. Hoy todo va más deprisa; todo parece mucho más complicado. Y eso también es un handicap.

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Las posibilidades se juntan con las expectativas y a veces con las obligaciones, y podemos vernos a nosotros mismos como un pequeño hámster que no para de dar vueltas en la rueda giratoria de su jaula, moviéndonos todo el santo día sin parar. Rueda. Rueda. Rueda más. Sigue rodando. Cada segundo del día cuenta y es importante exprimirlo al máximo.

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Quizás es el anhelo que aparece de vez en cuando de querer volver atrás, de querer volver a una época aparentemente más sencilla, (que no sé si es igual a más desocupada). Pero sí más tranquila. Aunque me temo que simplemente, lo que queremos es volver a encontrarnos en situaciones que se acomoden a nuestros intereses. A nadie le amarga agarrarse a una rueda que se mueve al gusto y al ritmo de uno, al fin y al cabo.

Hoy toca entierro. Sé que es un sitio al que no quiero ir. Una de esas obligaciones de adulto, una rueda, dura, hosca, ingrata, que me recuerda que a veces, en la vida, hay cosas que hay que hacer porque tocan, porque deben hacerse. Porque sabes que hoy hay que estar ahí, apoyando. Y así debe ser.

Pero eso debe hacernos reflexionar, valorar lo positivo que hay también en el otro lado. Lo necesario de soltar un poco el carrete cuando se pueda, quede cuerda y quede tiempo suficiente. El intentar soltar un poco de lastre para procurar hacernos la vida un poco más sencilla. Algo así como aplicar a la vida cotidiana lo que en economía nuestros vecinos franceses dieron por llamar laissez faire, laissez passer. O yo lo interpreto así.

Quizás no podamos evitar que la gente que nos importa y de la que nos rodeamos se vaya. Quizás no podamos huir de las obligaciones verdaderamente importantes. Tampoco lo querría, en el fondo. ¡Bah…! O sí, no lo sé. Obligación no deja de ser un término bastante porculero, no nos engañemos.

Pero a lo mejor sí que podemos dejar pasar unos minutos eso que en el fondo no es tan importante. Quizás sí que podemos dejar hacer a nuestros peques y ofrecerles esos cinco minutos de más que necesitan. Ese hueco. Ese espacio. Quizás sí que podemos hacerlo igualmente nosotros mismos.

Eso sí que podemos hacerlo. Permitirnos nosotros y dejarles a ellos que elijan agarrarse o no a la rueda que más les atraiga. Y que cuando se pare y quieta se quede, podamos todos tumbarnos un ratito y descansar a la orilla del camino con una sonrisa en la boca mirando una nube pasar.

Por cierto… También me gustó escuchar la coherencia en la voz de mi amigo, e incluso en la mía. ¡Oye, que creo que no lo estamos haciendo ni tan mal, jatetú…!

 


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Yo también me equivoco

Claro que me equivoco. ¡Por supuesto que me equivoco!

Constantemente.

Como tantas veces que he querido acceder al metro pretendiendo poder pasar, con toda mi cara de extrañeza, metiendo las llaves de casa en la ranura del billete de los tornos de la estación. O con su contrapartida, faltaría más, queriendo abrir la puerta de casa con el abono transportes.

Como aquella vez que regresando en avión desde Barcelona, en el viaje del paso del ecuador en la facultad, cuando una chica con cara aterrada se sentó a mi lado, en el pasillo, y le pidió a mi amigo David que por favor bajara la cortinilla de la ventana, que le tenía mucho miedo a las alturas, y al poco de despegar, al subirla, me asomé y dije en voz muy alta: -“Joder, pues sí que hay una buena hostia desde aquí arriba, sí…”- Y al ver la cara de mi amigo, pensé –“(¡Ups! Tierra, trágame…)”- Sí. Bocazas, el personaje del bueno de Corey Feldman en los Goonies, es un pringao a mi lado.

Como aquella vez que se me olvidó revisar (bien) la mochila que uso para llevar como equipaje de mano cuando voy en avión, y justo antes de facturar descubro de milagro que llevo dentro… …Mi navaja. (No, no soy un personaje de peli de Eloy de la Iglesia. Sí, es la navaja de cortar setas. Que es la misma mochila que uso para las excursiones. Malpensados.) Ahora que pienso, habría sido divertido explicar eso en el arco de seguridad. O no. Con mi familia y yendo con prisas, igual no.

Como aquella vez que le compré un ratón inalámbrico a mi cuñada para su portátil. Que luego no quiso, porque resultó que ya tenía otro. Y cuyo tique de compra perdí misteriosamente, por lo que no lo pude devolver. Y ahí se ha tirado años por casa esa cosa, okupando un espacio valioso y cotizado en un cajón.

Como aquella vez que en la reforma de nuestra casa, elegí unos azulejos blancos para el baño, la mar de bonitos. Que cuando llegaron a casa, resultaron que eran… Grises. Y hubo que comprar otra remesa, esta vez sí, de blancos de verdad. Cosas de las luces de las tiendas, gente. Yo qué sé… Qué queréis que os diga. El WTF todavía resuena en mi cabeza.

Como aquella vez que intenté estrenar la sartén pequeña de las tortitas… Y lo que salió de allí parecía más a regurgitado de orco. Eso sí, de orco gourmet, ojo. Que todavía hay niveles.

Como aquella vez que me compré aquel tebeo plastificado, porque la portada era muy molona. Y luego el interior era una mierda. O aquella, o aquella otra… Y aquella también. Y la de más allá. Y nunca los devolví, claro. Pero de todo se aprende. Ya no lo hago.

Como aquella vez que me compré unas playeras del 43. -“Joder qué justas están, ¿no? Bueno, esto cede rápido…”- Y un mes después de dolor de pies tras ir poniéndomelas cada día, resultaba que no cedían tan rápido como yo creía, las muy perracas. O quizás fueran dos meses. Porque si digo tres, a lo mejor ya me flipo demasiado… O no. Ya hace tiempo, la verdad.

Como aquella vez que te caíste con la bici, a principios de este verano, en mitad del parque, rodeada de adolescentes que se rieron, y yo no supe ver en aquel momento la vergüenza y la frustración en tus lágrimas que pedían a gritos la importancia de un padre defendiendo a su pequeña ante aquellos pringados y sus risas malhirientes. Que no lo fueron tanto, de verdad, pero sí ante tus ojos, que es lo que importaba. Y cuando me quise dar cuenta, ya era tarde. Mal, y tarde. Y nos volvimos andando a casa. Se acabó la bici ese día.

Pago suscripciones a servicios de los que luego no hago uso, y no me doy de baja. Tengo el Guinnes en perder cosas. En serio. Un día de estos os haré una lista… Dos de cada tres veces que como en un sitio exótico, me da la sensación de que he pedido el peor plato posible. O el peor postre, que para el caso, es lo mismo.

Vamos. Que pilláis el concepto, imagino. Papi se equivoca, queridos lechones míos. ¡Ya os digo que se equivoca! Aunque, como todo el mundo, nunca con mala intención.

 

El libro de Gloria Fuertes para niños y niñas, de Blackie Books

 

Como cuando se ha hecho tarde para ponernos a leer el cuento que me traes, y te digo que no da tiempo, que es muy largo, pero por contra, ¡venga! Mejor os leo algún poema rápido y bonito de esa cucada de libro monérrimo que es ‘El Libro de Gloria Fuertes para Niñas y Niños’, maravillosamente ilustrado por Malta Altés, que por azar no tocamos nunca y curiosamente tengo unas ganas locas de metéroslo en vena, que para eso me gasté la pasta con toda la ilusión del mundo. Y tú, que no, que quieres tu cuento del cole. Y yo, que no, que te leo este poema, verás… Tú escucha, siéntate aquí…

Erre que erre. Si tú, si yo… Como la canción de Kiko Veneno. Y de repente, te llevas tu cuento bajo el brazo, lo dejas en su sitio en la estantería, y te vas del salón cabizbaja, con el ceño fruncido, en silencio, cabreada, y con la palabra decepción pintada en la frente, enfilando hacia tu cama. Sin abrazo. Sin beso. Con la cara de bobo de tu padre con la palabra colgando de la boca… Tu hermano, en cambio, como pasa de todo, sigue a su bola dando brincos en el sofá, ajeno a la movida.

Claro que me equivoco, amoresmíos. ¡Igual estoy en el TOP 5000 de los que más se equivocan en el mundo! ¡Qué idiota! Obligar a una niña a leer algo que no quiere. Una lección que es de de Niñez. Pero de verdad quiero que sepas que no pretendía que te fueras de esa manera. ¡Ay, ese carácter tuyo, cariño…! Tantas soluciones diferentes como estrellas en el cielo, y sencillas, que podrían haber salido mejor que ese desenlace, para ambos. 😦

Pero bueno… Como dice mi buen amigo Carlos, los niños no tenéis rencor. Y al día siguiente, cuando te pido disculpas, me dices que no te acostaste enfadada. ¡Qué rica eres!

Si es que hay que quererte, joder recórcholis…

PD: todo este rollo, para deciros a los dos lo importante: que equivocándonos, es como aprendemos. Nunca lo olvidéis. Y cada día que paso con vosotros aprendo una miajita más a ser esto de… padre. 


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Día internacional de la Niña (2019)

Hace 5 años escribía un post con este mismo título.

Era la primera vez que escribía sobre este tema, que surgió por casualidad, y recuerdo lo que me impactó saber que había un “Día Internacional de…” específico para ellas. Para las niñas.

Pero no me quiero repetir. Simplemente vengo de pasada, para poner en contexto muy rápidamente qué significa para mí este día, cinco años después. Y significa que sigo teniendo un tesoro en casa. Un tesoro, unos cuantos centímetros y kilos mayor que aquel de entonces.

Me vuelve loco lo mucho que está aprendiendo mi hija. Me alucina ver todo lo que ha ido cambiando en estos años. Las sorpresas que me presenta y cómo se va desarrollando a todos los niveles: su físico, su personalidad, su carácter, su curiosidad…

Cada día tengo más claro que es un tesoro. Un tesoro valioso y raro que hay que proteger y cuidar con mucha atención para que crezca y se desarrolle, dándole mucho cariño, dándole pautas, dándole educación, dándole seguridad, dándole buenos y firmes ejemplos, dándole esperanzas, dándole confianza, dándole igualdad de oportunidades. Dándole nuestro tiempo y nuestro aprecio. Dándole nuestra atención sincera sin ser condescendiente desde el mal sentido del término. Dándole salud. Dándole respeto. Dándole lo mejor de nosotros, como padres.

¡Qué difícil! ¿Verdad? Una tarea que nos llevará el resto de nuestra vida, porque nunca dejaremos de ser padres, y nunca dejaremos de ser ejemplo y de tratar de estar ahí para nuestras niñas. Pero en el fondo, no es algo que nos deba resultar imposible, en principio. Al fin y al cabo… ¿Acaso no son nuestras hijas? ¿Cómo no hacerlo, entonces? ¿Cómo no intentarlo, al menos? ¿No es lo que queremos todos…?

Porque no son un montón de monedas metidas en un cofre cerrado por un bucanero de parche en el ojo con un candado herrumbroso, reposando bajo metro y medio de fina arena blanca y a la cálida sombra de un palmeral exótico en un rincón de una isla desierta… Son otro tipo de tesoro. Un tesoro que de hecho, siendo justos, no nos pertenece, porque pertenece al mundo entero.

Porque si ponemos de verdad nuestro empeño, ¡es que les estamos ofreciendo el mundo entero, de verdad! Les estamos ofreciendo un futuro. Un potencial. Les estaremos ofreciendo una oportunidad. O muchas. Las que ellas quieran o sean capaces de coger. La oportunidad de llevar la vida que quieran llevar. Y de mejorarla. La suya, y las de muchas otras personas. Eso es lo grande, lo valioso de este tesoro.

La oportunidad de seguir una cadena. Pero una cadena buena, la única cadena buena que de hecho, hay… Que es la de intentar ser buenas personas y dejar una huella positiva en la gente y el entorno que te rodea, para convertir este pequeño mundo azul en un sitio un poco más amable y agradable. Nada más. Y nada menos.

Creo firmemente que el futuro a corto plazo debe escribirse en femenino y lo hará desde la igualdad. Ya toca. Y las niñas de hoy serán las mujeres que mañana veremos haciendo, creando, imaginando cosas que hoy todavía soñamos como si nos hablaran de un milagro.

Orgulloso de mi hija

Sobra que te lo diga, por supuesto, pero cuida de tu hija. Dale tu amor y tu confianza. Respétala, cree en ella y apuesta por ella.

Y por supuesto, está muy bien fliparse tanto y ponerse muy trascendental, y todo eso. Pero por encima de todo… ¡Aprovechad, insensatos, además, para darles muchos besos, abrazos, achuchones y pedorretas en la tripa mientras podáis, quieran y se dejen! Al fin y al cabo, ¡¡están creciendo muy deprisa, y el tiempo vuela, mierda…!!

¡Son niñas, joder! ¿Qué queréis…? ¡Que no van a estar así de monérrimas y adorables toda la vida!

 


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Tempus Fugit

“Tempus fugit”. El tiempo, que corre que se las pela, decían ya en la antigua Roma…

No hay un tópico mayor que éste, cuando has tenido críos y la realidad te golpea de bruces . No has cumplido todavía los 6 años, y hoy acabas de tener tu segunda (…¡¡SEGUNDA, Diosss!!) graduación escolar.

¿¿Cómo es posible?? ¿¿Yaaa…?? ¿Cuándo ha ocurrido? ¿Cómo…? ¿Dónde se han ido estos tres primeros años de colegio? ¿Por qué ya te vas a “primaria”? ¿En qué lugar tendremos que aparcar lo de “infantil” para dejar paso a lo de “las clases de los mayores”…? ¿Es que acaso ya no eres una niña…?

El caso es que te veo, y sigo viendo a una niña… A mi niña. Pero no puedo negar lo evidente, tampoco. Anoche nos pusimos a mirar algunas de las fotos de la “fiesta de graduación” que tuviste en la escuela infantil (-“Mañana es un día importante, cariño… Es tu segunda fiesta de graduación… ¿Te acuerdas de la primera? Ven, mira, que tengo algo que enseñarte que me apetece que veas… Verás cómo te ríes.”-), y en cierta manera me chocó verla (a todos los niños, vaya), tan pequeña.

Y es que el tiempo corre…

El caso es que ahí nos tenías esta mañana a tu madre y a mí, entre el público, en ese salón de actos del colegio, casi en la última fila (intentad desayunar mínimamente en un bar en el intervalo de dejar a uno en la escuela infantil, a la otra en el colegio, ir a un cajero a sacar pasta, volver a casa a recoger las entradas para el sarao que se te han olvidado y volver al cole encima pillando primera fila, en apenas media hora: otro ejemplo claro de que el tiempo va como un tiro…), con esa sonrisa bobalicona de oreja a oreja de padre megaorgulloso y esa pulsión milagrosamente contenida de no aplaudir a cada puñetera cosa que ocurriera dentro, fuera o en el borde del escenario. No sea que los peques se desconcentren y la liemos…

Y es que el tiempo vuela…

Me tienes todavía con el lagrimón contenido en los ojillos por lo de esta mañana. ¡Estáis creciendo tanto! Ese desparpajo natural… Esa soltura… Esas formas… Esas maneras… ¡Y esos intereses! ¡Ayyy… los intereses! Cómo pasamos de unos gustos a otros… Las cosas que te llamaban la atención lo que a mí me parece hace un chasquido de dedos, y las cosas que te atrapan ahora. Mi pequeña… Mi chica grande. Que ya echa a volar hacia una nueva etapa de nuevo…

No me quiero ir, ya puestos, porque hoy es cuando toca, sin echar la vista atrás, mirar lo recorrido en estos últimos años, y hacer un breve inciso sobre tu maestra. Sobre todo el equipo educativo que os ha estado llevando de la mano estos últimos tres cursos que se me han pasado como el rayo. ¡Qué agradecido estoy por habernos cruzado en el camino de esta gente, cariño! Qué suerte, el haber apostado por este centro. Qué suerte el haber acertado al confiar la educación y el cuidado de mi pequeña a un equipo tan profesional, tan competente, tan cariñoso y tan implicado.

Creo que hemos contraído una deuda eterna con vosotras y vosotros que no sé si jamás se llegará a pagar. Sois la gente que ha sembrado la semilla de la persona que mi hija puede llegar a ser en un futuro. Una semilla regada durante estos últimos tres años, a base de tesón, de entusiasmo, con afecto, con rigor, con paciencia, con afecto, con energía, con comprensión y con profesionalidad.

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Uno de los hitos en tu vida como padre, es darte cuenta de que te ha tocado la lotería no tanto consiguiendo un boleto de papel con una combinación ganadora en tu cartera, sino agradeciendo que en sus años escolares, tus hijos han ido pasando por la manos sabias de un buen docente. Uno que les deje huella.

Esa lotería… No tiene precio.

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Sé que es lo que se le pide al cargo y al sueldo, pero no está de más valorar todas las cosas que implica el que esa dedicación clave y voluntariosa se lleve a cabo de forma que va más allá incluso de la eficacia. Vosotras y vosotros, maestras y maestros de mi hija, sois las personas que la habéis enseñado a leer. A escribir. A contar. A interesarse por tantas y tantas cosas… A desarrollarse física, mental, culturalmente. En definitiva, que habéis dotado a mi hija de herramientas fundamentales, básicas y primarias para su desempeño en la vida y que habrán de acompañarla cada día de su vida de ahora en adelante. Y eso no deja de impresionarme si me paro a pensarlo medio segundo. Es algo que desde el fondo de mi corazón, no sé muy bien ni cómo agradecerlo, porque es casi abrumador. ¡Qué maravilla de profesión, la del maestro!

Y es que el tiempo va como el rayo…

Soltaréis en apenas unos días a estos pequeños polluelos vuestros, que ya levantan el vuelo alejándose del aura protectora en la que se encontraban bajo vuestras alas, y otra vez remontaréis los cielos rumbo hacia otro ciclo nuevo, el curso que viene, para acoger y abrazar a otra hornada de pequeños elementos recién salidos del cascarón de escuelas infantiles o directamente de sus propios hogares. Porque es lo que os toca; lo que habéis escogido hacer. Lo que implica que volveréis a los pañales, a los llantos, y a aquellos cuidados tan básicos por los que pasamos nosotros y vosotras hace ya la eternidad de… tres años. Hay cosas, efectivamente, que, por mucho que corra el tiempo, seguirán manteniéndose siempre igual.

Eso sí… Todas estas cosas del eterno retorno vendrán después de las consabidas y merecidas vacaciones de verano. Otras que pasarán, me temo, como el rayo, para unos, y a paso de caracol cojo para otros. Un verano en el que, hija mía, me temo, te volverá a crecer el pie, crecerás medio dedo (o igual dedo y medio, vete a saber…) y pasarás quién sabe también qué tipo de cambios más que iremos descubriendo juntos y con los que tendremos que ir lidiando, cogidos, espero, de la mano.

Y es que el tiempo va… …Que ni te lo crees el miedito que da.

Porque como te digo, yo no estoy preparado para soltarte de la mano. No quiero. Todavía no… Apiádate y dame un poco más de tiempo, por favor. Total… Si será un momento de nada para ti.

Porque ya sabemos que, después de todo… …Tempus fugit. 

¡Fugit, pero del carajo, tú!

tempus fugit: el calendario corre que vuela