Y yo con estas barbas

Relatos sobre mis experiencias y expectativas como padre novato


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El derecho a soñar en una hamaca

…O también podría haber titulado este post, “Descansar (2ª parte)”, como continuación del post de la semana pasada.

Porque curiosidades de la vida, creedlo o no, pero apenas un par de días después de publicar la entrada del otro día, de paseo por un parque al que teníamos ganas de ir desde hace tiempo, casi como por azar, me topé con un pequeño milagro moderno en forma de cartel, que atrapó mi atención, y decía así…:

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EL DERECHO A SOÑAR EN UNA HAMACA

«¡Oh, Pereza, apiádate de nuestra larga miseria! ¡Oh, Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!»

Paul Lafargue terminaba con estas palabras su conocido libro El derecho a la pereza, de 1883. Su mensaje cobra actualidad en un siglo XXI en el que la epidemia de estrés es la otra cara de la moneda de una economía compulsiva, que está relacionándose con la naturaleza y con nuestras buenas costumbres como se relacionan los tumores con los cuerpos sanos. El hamacódromo popular de Finca Liana surge del encuentro entre el CA2M Centro de Arte 2 de Mayo, el Ayuntamiento de Móstoles y dos colectivos locales: Tejiendo Móstoles y el grupo ecologista Instituto de Transición Rompe el Círculo.

La idea, materializar una intuición visionaria de estos últimos: en 2030 Móstoles será una ciudad sostenible y tendrá hamacas en sus parques. Para adelantarnos se ha convocado a perezosos y soñadores, artesanas sin oficio y adictos a la siesta, enamoradizos y nostálgicas del futuro, a tejer juntas el primer hamacódromo popular del país. Durante el proceso se han involucrado más de un centenar de vecinas y vecinos.

Un hamacódromo para tener un bello rincón en un parque público donde cualquiera pueda descansar. Para encontrarse y entretejer otras cosas más importantes que hamacas: nuestros vínculos deshilachados. Nuestros saberes desperdiciados. Nuestra lentitud estratégica. Nuestra alegría incansable. Nuestra creatividad sin medida. Nuestra cultura de vivir bien en común. Y, sobre todo, para no olvidar que la felicidad es exactamente lo contrario a la rentabilidad.

Esforzarse en decrecer, sanar, parar. Consumir menos para vivir mejor. Hacer de la lentitud una nueva norma. Este es el reto que nos lanza la sostenibilidad ecológica. Para ello, tenemos que aprender a valorar de nuevo qué es lo importante y qué es lo posible. Y reescribir una nueva declaración de Derechos Humanos sostenible para el siglo XXI, donde la pereza juegue un papel importante: «todo hombre o mujer tienen derecho a soñar que se enamoran tumbados en una hamaca».

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Y yo, que soy así de monguer, lloro fuertecito por dentro, porque parece que acabo de encontrar mi pequeña parcela de paraíso en la Tierra. ¿Cómo…? ¡¡Un hamacódromo público, en un parque… En España! La idea me parece tan molona como loquísima; tan innovadora como radical, y tan española como la tortilla de papatas; eso también. Si en otros países se ha hecho, ¿cómo es que aquí no se ha implantado esta ideaca nunca? Y muchas piezas sueltas se conectan en mi cerebro, que empieza a salivar cual perro de Pavlov, imaginándome inmerso en dicho entorno.

Una pequeña parcela de pinar en que la apología a la calma es patria y cuatro cordeles atados su bandera. Un minúsculo paraíso urbano en el que la contemplación tiene una mano ganadora en una partida frente a la acción y a la tensión. Un lugar en el que soñar despierto, imaginar, pensar, abstraerse, no está reñido con el tic-tac invisible de ese reloj que nos susurra al oído que cada segundo que se te cae al suelo son pepitas de oro con las que estás sembrando el campo muy a tu pesar, porque son de esas pepitas que nunca retornarán a tu bolsillo y desaparecerá tu nombre grabado en ellas.

-“¡No todo está perdido, entonces! ¡Todavía hay esperanza!”- Pienso, casi en éxtasis. No estoy del todo solo en este mundo acelerado.

Peeeeeero… (Siempre tiene que haber un pero…), solamente hubo un pequeño problemilla. Un detallín. Una minucia sin importancia. Y fue queeeee… NO se veía hamaca alguna por ninguna parte. Nada. Nacin de nacin. Rián de rián. Nichts. Niente. Nichego, moy tovarisch. Ni rastro, vamos. 😦

Mi gozo en un pozo. Oscuro y profundo de narices.

Investigando, por lo visto, meses después de su inauguración, en la primavera del años pasado, ya no quedaba hamaca alguna en su sitio. Deterioro, falta de mantenimiento. Desinterés, quizás… Mierda pa mí. Mi sueño, desvanecido tan pronto llegó. En fin; demasiado hermoso para ser verdad. Aunque este año lo volvieron a abrir. Pero se conoce que sigue siendo una performance efímera y temporal. Vale. No por eso dejo de aplaudir fuertemente en mi interior. Arte puesto al servicio del público y cumpliendo un bien social. Maravilloso. ¿Qué más se puede pedir? (Vale, sí… Encontrártelo materializado y entero, cierto. Pero ya me entendéis…)

Mi hija, que me vio, viniendo desde lejos se me acercó y me preguntó: -“¿Qué estás leyendo, papi…?”-

-“Nada, hija, nada… Un cartel con un pedazo de sueño deshilachado pero muy hermoso, nada más.”-

Es algo que se ha quedado a medio camino entre el ser y el no ser en mi imaginación. Bueno, es mucho mejor que nada, ¿no creéis? Y me queda el consuelo de que algo así ha existido, que existe, y que posiblemente, se levantará de nuevo, quién sabe, si la primavera que viene o cuando algún concejal de turno vuelva a repensar esos fondos que permitan su mantenimiento y conservación. Y se convertirá sin lugar a dudas en mi nuevo sitio favorito del universo.

Cartel descriptivo del proyecto del hamacódromo público de Móstoles.

Lo dicho. Que habrá que volver por aquí en 2030, entonces, y ver cómo les va.

Y mientras ese día llega, siempre nos quedará esperar, tumbarnos y soñar.


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Descansar

Ayer hablaba con un amigo sobre las extraescolares de los niños. Supongo que por sacar un tema e ir hilando una cosa con otra. No queda otra que dejar fluir la lengua si estás en un velatorio, y encima si es con un amigo al que ves mucho menos de lo que deberías. Al fin y al cabo, como se demuestra a cada rato a lo largo de la tarde, no hay nada más incómodo que un silencio prolongado en un corrillo de varias personas, y más si es algo doloroso lo que lo envuelve.

Hablamos de muchas cosas, de los horarios de los peques, de nuestros horarios, de las cosas que hacen ilusionados y de las cosas que hacen por inercia, porque nosotros se lo pedimos o imponemos.

A veces les metemos en ruedas en las que no quieren entrar, aunque lo hagamos simplemente para que prueben. Otras veces son ruedas sobre las que montan encantados, y no queda sino soltarles, que hagan camino y le den como si no hubiera un mañana. El poder de la ilusión y la motivación, ya sabéis.

Con las mismas, nosotros mismos nos metemos igualmente en ruedas nuevas en las que en el fondo tampoco queremos entrar, pero lo hacemos exactamente por las mismas razones, porque creemos que hay que hacer tal cosa. (Y que nos gusta meternos en fregaos, también).

A veces simplemente pienso en el tiempo que nos ha tocado vivir, y en nuestras circunstancias. En esta época en que uno de 20 todavía es un crío, un pipiolo que no sabe nada de la vida salvo transportar cuatro libros y una carpeta con apuntes de aquí para allá, y hace apenas unos siglos, o quizás unos decenios atrás, uno con 20 ya tenía una familia detrás, un proyecto de vida, un trabajo, hijos, etc. Es decir, alguien que vivía la vida que por aquí muchos estamos empezando a vivir a nuestros treintaymuchos.

Con las mismas, y dándole de nuevo la vuelta a la tortilla, veo igualmente que hoy con 20 puedes haber hecho cosas inimaginables para alguien de unas décadas atrás. Hoy todo va más deprisa; todo parece mucho más complicado. Y eso también es un handicap.

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Las posibilidades se juntan con las expectativas y a veces con las obligaciones, y podemos vernos a nosotros mismos como un pequeño hámster que no para de dar vueltas en la rueda giratoria de su jaula, moviéndonos todo el santo día sin parar. Rueda. Rueda. Rueda más. Sigue rodando. Cada segundo del día cuenta y es importante exprimirlo al máximo.

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Quizás es el anhelo que aparece de vez en cuando de querer volver atrás, de querer volver a una época aparentemente más sencilla, (que no sé si es igual a más desocupada). Pero sí más tranquila. Aunque me temo que simplemente, lo que queremos es volver a encontrarnos en situaciones que se acomoden a nuestros intereses. A nadie le amarga agarrarse a una rueda que se mueve al gusto y al ritmo de uno, al fin y al cabo.

Hoy toca entierro. Sé que es un sitio al que no quiero ir. Una de esas obligaciones de adulto, una rueda, dura, hosca, ingrata, que me recuerda que a veces, en la vida, hay cosas que hay que hacer porque tocan, porque deben hacerse. Porque sabes que hoy hay que estar ahí, apoyando. Y así debe ser.

Pero eso debe hacernos reflexionar, valorar lo positivo que hay también en el otro lado. Lo necesario de soltar un poco el carrete cuando se pueda, quede cuerda y quede tiempo suficiente. El intentar soltar un poco de lastre para procurar hacernos la vida un poco más sencilla. Algo así como aplicar a la vida cotidiana lo que en economía nuestros vecinos franceses dieron por llamar laissez faire, laissez passer. O yo lo interpreto así.

Quizás no podamos evitar que la gente que nos importa y de la que nos rodeamos se vaya. Quizás no podamos huir de las obligaciones verdaderamente importantes. Tampoco lo querría, en el fondo. ¡Bah…! O sí, no lo sé. Obligación no deja de ser un término bastante porculero, no nos engañemos.

Pero a lo mejor sí que podemos dejar pasar unos minutos eso que en el fondo no es tan importante. Quizás sí que podemos dejar hacer a nuestros peques y ofrecerles esos cinco minutos de más que necesitan. Ese hueco. Ese espacio. Quizás sí que podemos hacerlo igualmente nosotros mismos.

Eso sí que podemos hacerlo. Permitirnos nosotros y dejarles a ellos que elijan agarrarse o no a la rueda que más les atraiga. Y que cuando se pare y quieta se quede, podamos todos tumbarnos un ratito y descansar a la orilla del camino con una sonrisa en la boca mirando una nube pasar.

Por cierto… También me gustó escuchar la coherencia en la voz de mi amigo, e incluso en la mía. ¡Oye, que creo que no lo estamos haciendo ni tan mal, jatetú…!

 


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Yo también me equivoco

Claro que me equivoco. ¡Por supuesto que me equivoco!

Constantemente.

Como tantas veces que he querido acceder al metro pretendiendo poder pasar, con toda mi cara de extrañeza, metiendo las llaves de casa en la ranura del billete de los tornos de la estación. O con su contrapartida, faltaría más, queriendo abrir la puerta de casa con el abono transportes.

Como aquella vez que regresando en avión desde Barcelona, en el viaje del paso del ecuador en la facultad, cuando una chica con cara aterrada se sentó a mi lado, en el pasillo, y le pidió a mi amigo David que por favor bajara la cortinilla de la ventana, que le tenía mucho miedo a las alturas, y al poco de despegar, al subirla, me asomé y dije en voz muy alta: -“Joder, pues sí que hay una buena hostia desde aquí arriba, sí…”- Y al ver la cara de mi amigo, pensé –“(¡Ups! Tierra, trágame…)”- Sí. Bocazas, el personaje del bueno de Corey Feldman en los Goonies, es un pringao a mi lado.

Como aquella vez que se me olvidó revisar (bien) la mochila que uso para llevar como equipaje de mano cuando voy en avión, y justo antes de facturar descubro de milagro que llevo dentro… …Mi navaja. (No, no soy un personaje de peli de Eloy de la Iglesia. Sí, es la navaja de cortar setas. Que es la misma mochila que uso para las excursiones. Malpensados.) Ahora que pienso, habría sido divertido explicar eso en el arco de seguridad. O no. Con mi familia y yendo con prisas, igual no.

Como aquella vez que le compré un ratón inalámbrico a mi cuñada para su portátil. Que luego no quiso, porque resultó que ya tenía otro. Y cuyo tique de compra perdí misteriosamente, por lo que no lo pude devolver. Y ahí se ha tirado años por casa esa cosa, okupando un espacio valioso y cotizado en un cajón.

Como aquella vez que en la reforma de nuestra casa, elegí unos azulejos blancos para el baño, la mar de bonitos. Que cuando llegaron a casa, resultaron que eran… Grises. Y hubo que comprar otra remesa, esta vez sí, de blancos de verdad. Cosas de las luces de las tiendas, gente. Yo qué sé… Qué queréis que os diga. El WTF todavía resuena en mi cabeza.

Como aquella vez que intenté estrenar la sartén pequeña de las tortitas… Y lo que salió de allí parecía más a regurgitado de orco. Eso sí, de orco gourmet, ojo. Que todavía hay niveles.

Como aquella vez que me compré aquel tebeo plastificado, porque la portada era muy molona. Y luego el interior era una mierda. O aquella, o aquella otra… Y aquella también. Y la de más allá. Y nunca los devolví, claro. Pero de todo se aprende. Ya no lo hago.

Como aquella vez que me compré unas playeras del 43. -“Joder qué justas están, ¿no? Bueno, esto cede rápido…”- Y un mes después de dolor de pies tras ir poniéndomelas cada día, resultaba que no cedían tan rápido como yo creía, las muy perracas. O quizás fueran dos meses. Porque si digo tres, a lo mejor ya me flipo demasiado… O no. Ya hace tiempo, la verdad.

Como aquella vez que te caíste con la bici, a principios de este verano, en mitad del parque, rodeada de adolescentes que se rieron, y yo no supe ver en aquel momento la vergüenza y la frustración en tus lágrimas que pedían a gritos la importancia de un padre defendiendo a su pequeña ante aquellos pringados y sus risas malhirientes. Que no lo fueron tanto, de verdad, pero sí ante tus ojos, que es lo que importaba. Y cuando me quise dar cuenta, ya era tarde. Mal, y tarde. Y nos volvimos andando a casa. Se acabó la bici ese día.

Pago suscripciones a servicios de los que luego no hago uso, y no me doy de baja. Tengo el Guinnes en perder cosas. En serio. Un día de estos os haré una lista… Dos de cada tres veces que como en un sitio exótico, me da la sensación de que he pedido el peor plato posible. O el peor postre, que para el caso, es lo mismo.

Vamos. Que pilláis el concepto, imagino. Papi se equivoca, queridos lechones míos. ¡Ya os digo que se equivoca! Aunque, como todo el mundo, nunca con mala intención.

 

El libro de Gloria Fuertes para niños y niñas, de Blackie Books

 

Como cuando se ha hecho tarde para ponernos a leer el cuento que me traes, y te digo que no da tiempo, que es muy largo, pero por contra, ¡venga! Mejor os leo algún poema rápido y bonito de esa cucada de libro monérrimo que es ‘El Libro de Gloria Fuertes para Niñas y Niños’, maravillosamente ilustrado por Malta Altés, que por azar no tocamos nunca y curiosamente tengo unas ganas locas de metéroslo en vena, que para eso me gasté la pasta con toda la ilusión del mundo. Y tú, que no, que quieres tu cuento del cole. Y yo, que no, que te leo este poema, verás… Tú escucha, siéntate aquí…

Erre que erre. Si tú, si yo… Como la canción de Kiko Veneno. Y de repente, te llevas tu cuento bajo el brazo, lo dejas en su sitio en la estantería, y te vas del salón cabizbaja, con el ceño fruncido, en silencio, cabreada, y con la palabra decepción pintada en la frente, enfilando hacia tu cama. Sin abrazo. Sin beso. Con la cara de bobo de tu padre con la palabra colgando de la boca… Tu hermano, en cambio, como pasa de todo, sigue a su bola dando brincos en el sofá, ajeno a la movida.

Claro que me equivoco, amoresmíos. ¡Igual estoy en el TOP 5000 de los que más se equivocan en el mundo! ¡Qué idiota! Obligar a una niña a leer algo que no quiere. Una lección que es de de Niñez. Pero de verdad quiero que sepas que no pretendía que te fueras de esa manera. ¡Ay, ese carácter tuyo, cariño…! Tantas soluciones diferentes como estrellas en el cielo, y sencillas, que podrían haber salido mejor que ese desenlace, para ambos. 😦

Pero bueno… Como dice mi buen amigo Carlos, los niños no tenéis rencor. Y al día siguiente, cuando te pido disculpas, me dices que no te acostaste enfadada. ¡Qué rica eres!

Si es que hay que quererte, joder recórcholis…

PD: todo este rollo, para deciros a los dos lo importante: que equivocándonos, es como aprendemos. Nunca lo olvidéis. Y cada día que paso con vosotros aprendo una miajita más a ser esto de… padre. 


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Día internacional de la Niña (2019)

Hace 5 años escribía un post con este mismo título.

Era la primera vez que escribía sobre este tema, que surgió por casualidad, y recuerdo lo que me impactó saber que había un “Día Internacional de…” específico para ellas. Para las niñas.

Pero no me quiero repetir. Simplemente vengo de pasada, para poner en contexto muy rápidamente qué significa para mí este día, cinco años después. Y significa que sigo teniendo un tesoro en casa. Un tesoro, unos cuantos centímetros y kilos mayor que aquel de entonces.

Me vuelve loco lo mucho que está aprendiendo mi hija. Me alucina ver todo lo que ha ido cambiando en estos años. Las sorpresas que me presenta y cómo se va desarrollando a todos los niveles: su físico, su personalidad, su carácter, su curiosidad…

Cada día tengo más claro que es un tesoro. Un tesoro valioso y raro que hay que proteger y cuidar con mucha atención para que crezca y se desarrolle, dándole mucho cariño, dándole pautas, dándole educación, dándole seguridad, dándole buenos y firmes ejemplos, dándole esperanzas, dándole confianza, dándole igualdad de oportunidades. Dándole nuestro tiempo y nuestro aprecio. Dándole nuestra atención sincera sin ser condescendiente desde el mal sentido del término. Dándole salud. Dándole respeto. Dándole lo mejor de nosotros, como padres.

¡Qué difícil! ¿Verdad? Una tarea que nos llevará el resto de nuestra vida, porque nunca dejaremos de ser padres, y nunca dejaremos de ser ejemplo y de tratar de estar ahí para nuestras niñas. Pero en el fondo, no es algo que nos deba resultar imposible, en principio. Al fin y al cabo… ¿Acaso no son nuestras hijas? ¿Cómo no hacerlo, entonces? ¿Cómo no intentarlo, al menos? ¿No es lo que queremos todos…?

Porque no son un montón de monedas metidas en un cofre cerrado por un bucanero de parche en el ojo con un candado herrumbroso, reposando bajo metro y medio de fina arena blanca y a la cálida sombra de un palmeral exótico en un rincón de una isla desierta… Son otro tipo de tesoro. Un tesoro que de hecho, siendo justos, no nos pertenece, porque pertenece al mundo entero.

Porque si ponemos de verdad nuestro empeño, ¡es que les estamos ofreciendo el mundo entero, de verdad! Les estamos ofreciendo un futuro. Un potencial. Les estaremos ofreciendo una oportunidad. O muchas. Las que ellas quieran o sean capaces de coger. La oportunidad de llevar la vida que quieran llevar. Y de mejorarla. La suya, y las de muchas otras personas. Eso es lo grande, lo valioso de este tesoro.

La oportunidad de seguir una cadena. Pero una cadena buena, la única cadena buena que de hecho, hay… Que es la de intentar ser buenas personas y dejar una huella positiva en la gente y el entorno que te rodea, para convertir este pequeño mundo azul en un sitio un poco más amable y agradable. Nada más. Y nada menos.

Creo firmemente que el futuro a corto plazo debe escribirse en femenino y lo hará desde la igualdad. Ya toca. Y las niñas de hoy serán las mujeres que mañana veremos haciendo, creando, imaginando cosas que hoy todavía soñamos como si nos hablaran de un milagro.

Orgulloso de mi hija

Sobra que te lo diga, por supuesto, pero cuida de tu hija. Dale tu amor y tu confianza. Respétala, cree en ella y apuesta por ella.

Y por supuesto, está muy bien fliparse tanto y ponerse muy trascendental, y todo eso. Pero por encima de todo… ¡Aprovechad, insensatos, además, para darles muchos besos, abrazos, achuchones y pedorretas en la tripa mientras podáis, quieran y se dejen! Al fin y al cabo, ¡¡están creciendo muy deprisa, y el tiempo vuela, mierda…!!

¡Son niñas, joder! ¿Qué queréis…? ¡Que no van a estar así de monérrimas y adorables toda la vida!

 


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Tempus Fugit

“Tempus fugit”. El tiempo, que corre que se las pela, decían ya en la antigua Roma…

No hay un tópico mayor que éste, cuando has tenido críos y la realidad te golpea de bruces . No has cumplido todavía los 6 años, y hoy acabas de tener tu segunda (…¡¡SEGUNDA, Diosss!!) graduación escolar.

¿¿Cómo es posible?? ¿¿Yaaa…?? ¿Cuándo ha ocurrido? ¿Cómo…? ¿Dónde se han ido estos tres primeros años de colegio? ¿Por qué ya te vas a “primaria”? ¿En qué lugar tendremos que aparcar lo de “infantil” para dejar paso a lo de “las clases de los mayores”…? ¿Es que acaso ya no eres una niña…?

El caso es que te veo, y sigo viendo a una niña… A mi niña. Pero no puedo negar lo evidente, tampoco. Anoche nos pusimos a mirar algunas de las fotos de la “fiesta de graduación” que tuviste en la escuela infantil (-“Mañana es un día importante, cariño… Es tu segunda fiesta de graduación… ¿Te acuerdas de la primera? Ven, mira, que tengo algo que enseñarte que me apetece que veas… Verás cómo te ríes.”-), y en cierta manera me chocó verla (a todos los niños, vaya), tan pequeña.

Y es que el tiempo corre…

El caso es que ahí nos tenías esta mañana a tu madre y a mí, entre el público, en ese salón de actos del colegio, casi en la última fila (intentad desayunar mínimamente en un bar en el intervalo de dejar a uno en la escuela infantil, a la otra en el colegio, ir a un cajero a sacar pasta, volver a casa a recoger las entradas para el sarao que se te han olvidado y volver al cole encima pillando primera fila, en apenas media hora: otro ejemplo claro de que el tiempo va como un tiro…), con esa sonrisa bobalicona de oreja a oreja de padre megaorgulloso y esa pulsión milagrosamente contenida de no aplaudir a cada puñetera cosa que ocurriera dentro, fuera o en el borde del escenario. No sea que los peques se desconcentren y la liemos…

Y es que el tiempo vuela…

Me tienes todavía con el lagrimón contenido en los ojillos por lo de esta mañana. ¡Estáis creciendo tanto! Ese desparpajo natural… Esa soltura… Esas formas… Esas maneras… ¡Y esos intereses! ¡Ayyy… los intereses! Cómo pasamos de unos gustos a otros… Las cosas que te llamaban la atención lo que a mí me parece hace un chasquido de dedos, y las cosas que te atrapan ahora. Mi pequeña… Mi chica grande. Que ya echa a volar hacia una nueva etapa de nuevo…

No me quiero ir, ya puestos, porque hoy es cuando toca, sin echar la vista atrás, mirar lo recorrido en estos últimos años, y hacer un breve inciso sobre tu maestra. Sobre todo el equipo educativo que os ha estado llevando de la mano estos últimos tres cursos que se me han pasado como el rayo. ¡Qué agradecido estoy por habernos cruzado en el camino de esta gente, cariño! Qué suerte, el haber apostado por este centro. Qué suerte el haber acertado al confiar la educación y el cuidado de mi pequeña a un equipo tan profesional, tan competente, tan cariñoso y tan implicado.

Creo que hemos contraído una deuda eterna con vosotras y vosotros que no sé si jamás se llegará a pagar. Sois la gente que ha sembrado la semilla de la persona que mi hija puede llegar a ser en un futuro. Una semilla regada durante estos últimos tres años, a base de tesón, de entusiasmo, con afecto, con rigor, con paciencia, con afecto, con energía, con comprensión y con profesionalidad.

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Uno de los hitos en tu vida como padre, es darte cuenta de que te ha tocado la lotería no tanto consiguiendo un boleto de papel con una combinación ganadora en tu cartera, sino agradeciendo que en sus años escolares, tus hijos han ido pasando por la manos sabias de un buen docente. Uno que les deje huella.

Esa lotería… No tiene precio.

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Sé que es lo que se le pide al cargo y al sueldo, pero no está de más valorar todas las cosas que implica el que esa dedicación clave y voluntariosa se lleve a cabo de forma que va más allá incluso de la eficacia. Vosotras y vosotros, maestras y maestros de mi hija, sois las personas que la habéis enseñado a leer. A escribir. A contar. A interesarse por tantas y tantas cosas… A desarrollarse física, mental, culturalmente. En definitiva, que habéis dotado a mi hija de herramientas fundamentales, básicas y primarias para su desempeño en la vida y que habrán de acompañarla cada día de su vida de ahora en adelante. Y eso no deja de impresionarme si me paro a pensarlo medio segundo. Es algo que desde el fondo de mi corazón, no sé muy bien ni cómo agradecerlo, porque es casi abrumador. ¡Qué maravilla de profesión, la del maestro!

Y es que el tiempo va como el rayo…

Soltaréis en apenas unos días a estos pequeños polluelos vuestros, que ya levantan el vuelo alejándose del aura protectora en la que se encontraban bajo vuestras alas, y otra vez remontaréis los cielos rumbo hacia otro ciclo nuevo, el curso que viene, para acoger y abrazar a otra hornada de pequeños elementos recién salidos del cascarón de escuelas infantiles o directamente de sus propios hogares. Porque es lo que os toca; lo que habéis escogido hacer. Lo que implica que volveréis a los pañales, a los llantos, y a aquellos cuidados tan básicos por los que pasamos nosotros y vosotras hace ya la eternidad de… tres años. Hay cosas, efectivamente, que, por mucho que corra el tiempo, seguirán manteniéndose siempre igual.

Eso sí… Todas estas cosas del eterno retorno vendrán después de las consabidas y merecidas vacaciones de verano. Otras que pasarán, me temo, como el rayo, para unos, y a paso de caracol cojo para otros. Un verano en el que, hija mía, me temo, te volverá a crecer el pie, crecerás medio dedo (o igual dedo y medio, vete a saber…) y pasarás quién sabe también qué tipo de cambios más que iremos descubriendo juntos y con los que tendremos que ir lidiando, cogidos, espero, de la mano.

Y es que el tiempo va… …Que ni te lo crees el miedito que da.

Porque como te digo, yo no estoy preparado para soltarte de la mano. No quiero. Todavía no… Apiádate y dame un poco más de tiempo, por favor. Total… Si será un momento de nada para ti.

Porque ya sabemos que, después de todo… …Tempus fugit. 

¡Fugit, pero del carajo, tú!

tempus fugit: el calendario corre que vuela


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Un pequeño milagro

Todo el mundo sabe que los milagros existen. O deberían saberlo.

Los milagros grandes, son raros; raros y escasos. Ya sabes a cuáles me refiero. Pero los hay medianos y los hay pequeños. Y esos, familia… esos abundan. Y este fin de semana he vuelto a ser testigo, una vez más, de uno de ellos.

Este sábado pasado tenía un plan de toda la jornada. Mejor dicho… Un PLANAZO. Semanas con ese runrún en la cabeza, ojeando el calendario. De palparlo en el ambiente a una semana vista, notando el ansia, con el fastidioso hype de las narices bullendo y los pequeños nervios queriendo brotar por cada poro de mi cuerpo… Ya sabes a qué me refiero. O sea, EL plan.

Pues voy a sincerarme… Un par de días antes, me llegó una bajona inesperada y repentina. Un …-“¿Pero qué pinto yo allí…?”- Que me cogió a contrapié, desprevenido, desconcertado y por sorpresa, amenazando con mandarlo todo a la porra de un plumazo.

Y reconozco que me sobrepuse. Que luché contra ese bajón. Contra esa apatía. Contra la pereza o lo que fuera ese mierdero nubarrón que se me cruzó por delante. Porque tenía buenas armas a mi disposición para afrontar esa lucha, que son las que me da la experiencia de saber lo que la jornada me iba a deparar:

● Madrugar. Pero en plan bien. Por una vez y por una hermosa razón, la de aprovechar el día.

Reencontrarte con amigos. A gente querida a la que tienes muchas ganas de achuchar.

Abrazar. En plan oso pardo, levantando en vilo a la gente. Besar. Sonreír… –“Y todo, como si no hubiese un mañana…”– Que diría mi ya eterno y querido sidekick; mi compañero de asiento de bendita nariz de fraggle.

Conocer gente nueva. Lanzarse. Atreverse. Romper esa fina y dura pared de papel que es la timidez. Desvirtualizar. Ese palabro que es tan nuestro.

Escuchar. Aprender. Cosas útiles. De mano de gente que sabe. De fenómenos en lo suyo.

Reír. Mucho. A placer. A mandíbula partida. ¡Que no hay nada mejor en este mundo, por Dios!

Llorar. Menos. Lo justo. Pero de placer, eso sí. Por cosas buenas. Eso puntúa triple.

Participar. Relacionarte. Interactuar. Abrazar de nuevo.

Observar… Observar cómo esa cadena de abrazos, de besos, de sonrisas, se expande y lo inunda todo. Una mirada de reojo y no ves sino gente feliz a tu derecha, a tu izquierda… Incluso percibes cómo la felicidad corretea, a veces, gateando por el suelo en un rincón, si te fijas bien. Alegría ese que se saca un selfi. En aquella que ojea un libro. En aquella otra que saborea ese pinchito con un vino que le está sabiendo a pura gloria, o en esa niña que imagino ha sido llevada un poco a regañadientes y que de repente ve con ojos como platos compensada su tediosa mañana porque un inesperado regalo ha caído en sus manos. ¡Todo un salón lleno de gente que lo está pasando bien! Que disfruta. Que están felices. Tanta gente al mismo tiempo.

Más risas. Más alegrías. Nervios. Tensión. Decepciones también, no lo neguemos. Pero que a su vez se tornan más livianas cuando ves la justicia que emergen en ellas y que provocan seguramente no una reacción de rencor, sino de alegría y de afán de superación, porque eres consciente de que no es lucha entre rivales sino reconocimiento entre colegas; entre iguales. Manos doloridas de tanto aplaudir. Eso también puedo esperarlo.

● Abrazar más. Abrazar infinitamente. Hasta perder el sentido: –“¿Oye, ya te he abrazado hoy…? ¡Tres veces, pero da igual… A mí esos brazos, reina!”–

Apostar. Comentar las jugadas del día. Y compartirlas: selfis, vídeos, firmas. Quizás compromisos. Quizás promesas.

Sembrar… Semillas. Ideas. Conceptos. Confirmar supuestos. Afianzar voluntades. Generar sinergias. O colaboraciones. O proyectos. ¿Quién puede saberlo?

Crear nuevos recuerdos que te sirvan para sustentar los buenos (y malos) momentos de los meses que están por venir.

Y sabes también que cuando al final de la sesión se eche el telón, cuando todo acabe… …nada acaba. Porque the end es un “hasta luego”. El final no es sino un pacto sellado bajo la luna con una jarra fría en la mano y delante de un buen plato de apetitosos hidratos gratinados con queso.

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-“Te he visto de cine, oye… ¡Estás estupenda! Ganas todavía más en persona…”-
-“Pues verás el año que viene, maja… ¡Todavía mejor! Que yo, como los buenos caldos, voy ganando más con el tiempo…jajaja. ¡Como tiene que ser!”-

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Todas esas eran mis armas. Ni más, ni menos. Armas (…o quizás debería decir mejor “ingredientes”) que sabía me servirían para cocinar un pequeño milagro. Pequeñito. Casero. De estar por casa, si quieres. Pero milagro, al fin y al cabo. Y a estos ingredientes fueron a los que me abracé.

Y hoy, todas y todos volvemos a ser ya un poquito los de siempre. Lejos y cerca a la vez. Pegaditos a los móviles, a nuestras pantallas. Como cada día, unidos por un fino hilo de firme acero que nos tiene dulcemente conectados, y que es el pegamento que configura nuestra red. Un hilo que es nuestra comunidad. Un hilo conformado mediante nuestras palabras. Trenzado y tejido con esas pequeñas letras que tecleamos y juntamos a base de mucho tesón y esfuerzo, y que son con las que obramos a veces, pequeños, medianos o grandes milagros, nos demos cuenta de ellos o no.

Y el milagro se obró, como ya me esperaba. No hubo tiempo en ponerlo en duda. Porque es un milagro que ya conozco y que ya he vivido otras veces.

Este pequeño milagro que ocurrió este sábado, y del que os hablo, es un evento, una pequeña fiesta muy especial, que se llama Madresfera Bloggers Day. 

Es esa pequeña bomba de energía positiva a la que a muchos nos gusta aferrarnos año tras año y que se nos cuela ya de manera tradicional en nuestros calendarios porque se nos sigue ofreciendo con el mismo mimo y cariño de siempre, como ese bombón artesano de dulce chocolate negro que te ofrecen en bandeja de plata. Es el pequeño milagro de lograr reunir a gente maravillosa, con maravillosas cosas que contar y compartir. Ni más… ni menos.

Es también, el pequeño milagro que hace que alguien como yo, que está un jueves de bajona gorda, despierte un domingo con las Duracell cargadas de nuevo a tope, con ganas de ponerse de nuevo al teclado, con ganas de hacer cosas, y con fe renovada en la gente que hace posible que ocurran cosas bonitas en este mundo. Así que…

Gracias por confirmarme que escribir sobre mi paternidad y compartirla con vosotras y vosotros, fue desde el primer día, y sigue siendo hoy, un grandísimo acierto.

Gracias a toda la gente que hacéis posible que pequeños milagros como este, existan.

Gracias por permitirme ser Lobezno, al menos, por un instante.

¡Gracias, MBDAY19!

¡Os quiero! 😉

Selfie como si fuera Hugh Jackman

PD: Después de toda esta chapa, muchos podréis decirme que igual me he pasado siete pueblos y que vivo en un mundo flagüerpagüer y que tanto buenismo da un poco de arcadas. ¿Y sabéis qué…? Que no os faltaría razón. Pero oye, al fin y al cabo, soy un creyente. Así que permitidme que me lo crea y que me regodee un poco, al menos durante unos pocos días, en el dulce subidón empalagoso de los pequeños milagros.

¿O a lo mejor igual resulta que hay que aprender también a mirar un poco mejor…? Bueno… ¡Qué sabré yo!


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Felicidades, pequeño mío

Esto no tenía que haber sido así.

No era esto lo que tu padre tenía en mente. Ni mucho menos. Ni en un millón de años, la verdad. No sé por qué se torció todo ni cómo pasó que este trabajado y precioso tinglado se fue finalmente al garete. Porque yo tenía un plan.

Yo creé este blog como respuesta a muchas cosas, hace ya unos años. Cinco harán, concretamente, dentro de unos cuantos pestañeos. Tenía entonces muchas inquietudes; necesidades; ilusión; tenía muchas cosas en la cabeza y necesidad de contar, de compartir y de aprender. Y lo más importante… Tenía una hija. Un bebé. Preciosa. Rolliza. Un auténtico bollito. Tu hermana. La protagonista de mis miedos. De mis sonrisas. De mis suspiros. De mis pensamientos. De mis palabras. Era mi primer bebé y delante de mí todo era campo y verdor primaveral.

Y papá creció. Como persona. Como padre. Como escritor, o como juntaletras, más bien… Y por aquí iba vertiendo palabras y más palabras según soplaran los vientos, ahora más, ahora menos, ahora a tope, ahora desaparezco, mes a mes, año a año. A veces con mayor o menor fortuna, a veces con mayor o menor silencio. Pero la fe siempre intacta. La meta, siempre clara. La ilusión y la certeza, siempre inquebrantables. Porque este siempre sería el regalo para mi niña querida. Un registro de su pasado, para su futuro.

Papá conoció a gente maravillosa por el camino. Vivió experiencias fantásticas. Aprendió. Comprendió. Compartió. Arriesgó. Participó. Intentó. Sufrió. Sí… También sufrió. Pero se recuperó. Y siguió. Y de repente, la barriga de mamá volvió a crecer sin medida.

Y tal día como hoy, hace justo un par de años, viniste a este mundo y nos ofreciste la primera de tus sonrisas. Te cogí entre mis brazos. Con toda la ternura y la calma de la que fui capaz de hacer gala en aquel momento, para que no te pusieras a llorar. ¡Qué remedio, sin tu mamá cerca para haberte ofrecido calor y consuelo! (Estaba ahí liada con los médicos; en fin, eso te lo cuento ya otro día…)

Y entonces, el orden natural de las cosas, que dictaba que A pasara a ser B, resulta que no llegó a cambiar. A siguió siendo A. Es decir, un blog sobre mi vida como padre, sobre mi hija, que debió a pasar a ser por lógica un blog sobre mis hijos, ambos, dos, en plural, siguió tal y como estaba. No sé muy bien el porqué, pero de una u otra forma te resistías a salir por aquí. La grandilocuencia con la que tenía en mente presentarte seguramente llegó a suponer un freno, un lastre… Parece que siempre tenía cualquier otra cosa sobre la que hablar, que me hacía posponer el sentarme y escribir sobre ti, sobre mi pequeño.

No sé en qué estaba pensando… Sigo sin saberlo, a día de hoy. Pareciera como si aquel campo verde primaveral se fuera tornado poco a poco en la cresta de una colina, sobre la que ya no era tan fácil deslizarse, sino que había que ir tirando de riñón para empezar a subir esas cuestas. Cosas tan sencillas en apariencia, como cambiar el diseño para incluirte, mismamente, parecían no ser prioritarias. Simplemente me dediqué a escribir cuando podía, dejando de lado todo lo demás.

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Cuando quise darme cuenta, ya había pasado un año. La bola seguía rodando, creciendo, y mi pequeño bebé seguía siendo el particular fantasma de esta santa morada.

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Pero eso no es lo que más me duele… Porque puedes recopilar cosas. Apuntar. Anotar. Almacenar para un futuro, qué sé yo. Pero en la mayor parte de las ocasiones, también perdí ese tren. Cosas, hechos, fechas, reacciones, sensaciones que con tu hermana sí recogía, anotaba y plasmaba por aquí, que eran, en definitiva, la salsa que aderezaba ese lugar, han pasado por tu lado casi sin pena ni gloria. Quizás sea la maldición de los segundos: cuando ya has vivido algo de primeras, parece que la chispa de la novedad en cierta forma desaparece.

Y esa es la mayor de las injusticias que creo haber cometido contra ti, mi pequeño amor. Tantas fotos que no te he hecho. Tantas anécdotas que no he recogido. Y es que comparar siempre fue un acto asqueroso. Pero parece que contigo se me subió a la chepa también el cansancio. O el hastío, no lo sé. Y este pequeño blog es el que ha terminado pagando el pato, y tú con él.

Esto tenía que haber sido muy diferente. Debería haber escrito para hoy alguna locura brillante. Contarle a mi gente algún proyecto chulo para tu fiesta de cumpleaños o haberme sacado de la chistera alguna cosa genial para recopilar lo que nos han dado de sí nuestros primeros 730 días juntos. Pero no va a poder ser. De hecho, más de uno por aquí quizás se entere a estas alturas que tengo otro hijo, que tal día como hoy hace dos años que nació, y sobre el cual apenas llegué a escribir nada. Una ausencia tan involuntaria como injusta y dolorosa.

De un tiempo a esta parte me siento cansado. Sin energía. Se me fueron las pilas de repente, y el enchufe para cargarlas no apareció. El rato que solía aprovechar para escribir antes, cuando todo el mundo dormía, ahora me lo reclama también mi cabeza para hacer más de lo mismo y sumarse a la fiesta de las sábanas. Y me cuesta. Tanto, que tengo la sensación de que ya no sé qué hacer con estas teclas. ¡Qué humanamente mundano me está sonando todo esto ahora mismo! Qué olorcillo rancio a excusa de rebajas.

Pero algo de experiencia me ha ido dando el roce con vosotros estos últimos años, mis pequeños polluelos, así que ahora también sé que como tantas y tantas cosas, esto es, de nuevo, una fase más. Fase que espero poder superar, como tantas y tantas otras veces.

Porque la ilusión, esa, la de siempre… Esa sigue aquí dentro, guardada, agazapada, pero lista para saltar a las primeras de cambio en cuanto le permita salir de nuevo por alguna rendija. Y hoy, abro de nuevo esa rendija, tras casi un año sin escribir nada.

Tarjeta de felicitación de 2º cumpleaños.

Hoy vuelvo al blog. Porque hoy es tu segundo cumpleaños. Te debo dos años y un embarazo por aquí. No sé si podré devolvértelos. Pero un regalo sí quiero hacerte: quiero que vuelvas. Quiero que vengas. Quiero que estés. Quiero que compartas este sitio, que siempre debió ser tu sitio, tanto como el de tu hermana. Quiero abrir de nuevo las puertas de esta casa, la tuya, para que entres, la veas, la disfrutes… Y te quedes con nosotros de una vez. Quiero regalarte una imagen. Quiero regalarte tus propias líneas. Y cuando me vea capaz, tendrás todo eso, te lo aseguro. Simplemente dame un poco más de tiempo.

FELIZ CUMPLEAÑOS, HIJO MÍO.

Y espero que me perdones todo este tiempo de silencio. Eres la cosa más bonita del universo, y te quiero hasta el infinito… Y más allá.


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Feliz Día del Padre

Porque es algo para toda la vida. Aprovéchalo: disfruta tu paternidad; aprende y participa de ella. Y lo más importante de todo… Aunque hoy está marcado en el calendario oficial, no olvides celebrar tu paternidad cada día del año.

¡¡FELICIDADES, DE PARTE DE PAPÁS BLOGUEROS, A TODOS LOS PADRES DEL UNIVERSO!!


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#MiOtroSanValentin: amor al blogging

yo, agarrando mi teclado, lleno de corazones, en San Valentín

Este es mi otro SAN VALENTÍN: amor al teclado. Amor al blogging. 

Hace no pocos años muchos iluminados ya escribían sobre la muerte de los blogs. Que su momento había pasado. Pues yo te digo esto: ESCRIBE. Sigue escribiendo.

# Porque escribir, ayuda a conectarnos con nuestro mundo. Y con otros mundos ajenos mucho más allá del nuestro.
# Porque escribir abre puertas que ni siquiera soñamos que existían.
# Porque escribir puede hacernos sacar lo mejor de nosotros.
# Porque escribir puede hacernos ser mejores personas.
# Porque escribir nos hace avanzar.
# Porque escribir puede convertir tus sueños en algo tangible.
# Porque escribir puede ser amigo, ayuda, terapia, confesión, llamada de socorro, puente, desahogo…
# Porque escribir puede ser la balsa que salve la vida de otra persona que se encuentra en mitad de la tormenta.
# Porque escribir puede ayudarnos a encontrar nuestro lugar, ese sitio que siempre pareció querer esquivarnos.
# Porque las palabras son esa magia que obra los milagros más cotidianos.
# Porque escribir es la herramienta que puede abrirnos las puertas hacia el País de las Maravillas.
# Porque las letras, las palabras, son una prolongación nuestra, de nuestra persona.
# Porque escribiendo tenemos muy poco que perder, y todo por ganar.
# Porque todos tenemos cosas que contar.

Adivina. Eso es; ahora te resumiré en una sola palabra, pequeña y breve, algo que resume y aglutina todo este torrente de acciones, emociones y consecuencias:

BLOG

Los blogs te ofrecen todo esto. Y mucho más. Así que arremángate… y lánzate a escribir. Dale amor a las teclas. Abraza a tu teclado.

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Busca. Googlea. Lee. Escribe. Comparte. Exprésate. Crea comunidad. Vive, y sobretodo, disfruta el blogging.

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Porque nos gusta lo que hacemos. Porque amamos este medio. Porque tenemos mucho que aprender, y mucho más todavía que contar. Porque nosotros, bloggers, más que nadie, podemos afirmar que hoy, este medio tan maravilloso que es el blogging sigue más vivo y en forma que nunca.

Por tanto, hoy, Día del Amor, declaro (también, aparte del obvio) con una foto mi amor loco e incondicional por este bendito artefacto, que tantas satisfacciones me está dando…: El teclado.

Y si el maldito Cupido también te alcanzó a ti con uno de sus dardos, te invito a hacerte otro selfi de/con tu teclado, y que nos compartas en alguna frase, aquí en comentarios, o en tus redes sociales, por qué eres otro enamorado de las teclas.

¡Ah…! Y si todavía no tienes un blog…, ya estás tardando. Razones te he dado. 😉

#MiOtroSanValentin #ILoveBlogging


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Comprar con bolsas reutilizables

Hace ya unos cuantos meses, llegó a mis oídos que existían unas bolsas reutilizables específicas para usar en la sección de frutas y verduras de nuestros supermercados.

-“¡Cómo…! ¿Que puedo ir a comprar sin tener que inundar mi casa cada vez que voy, con esas pequeñas y fastidiosas bolsitas finas y transparentes, que acaban siempre irremediablemente en la basura? Esto lo tengo que probar…”-

Dicho y hecho. Ya tenía el mejor auto-regalo de Reyes para este año que se me pudiera ocurrir. Bien fabricadas, para comprar a granel, de rejilla fina, ligeras, cómodas. Con un cierre de cordones. Perfectas para el uso que se especifica.

Hice mi pedido: Me llegaron a casa, y me lancé a hacer mi primera compra con ellas. Porque creo que nos toca hacer algo. Y que hay que hacerlo ya. Creo en que un mundo mejor para todos es posible. Creo en arrimar el hombro. Creo en el compromiso personal. Creo en una cuota mínima de responsabilidad y conciencia social. Creo en la solidaridad. Creo en el ejemplo. Creo en la acción. Creo en el poder milagroso de la gente. Creo que el mundo, nosotros, tenemos que cambiar. Y me lancé a la calle carrito en mano a hacer eso mismo. A realizar mi pequeño gesto cotidiano con mis bolsas.

Yo suelo alternar nuestras compras entre el mercadito de la galería de alimentación de mi barrio, y el híper del centro comercial de mi barrio. Y ese día me acerqué al híper: un Carrefour. Realmente fui contento a hacer la compra. Entré, seleccioné mis artículos, los metí en las bolsas, y me acerqué, muy ufano yo, hacia la zona de pesaje donde está el frutero con las básculas. Llegué, miró aquello… Y mi gozo en un pozo, y la primera puñalada, en la frente: ¡no me dejaba usar mis bolsas! -“Es política de empresa, lo siento mucho…”- Me comentaba resumiendo entre sorprendido y apesadumbrado el hombre.

Yo no entendía nada y me pilló a contrapié, pero tuve que aceptarlo, claro. Me cambió la compra a sus propias bolsas, y me fui con las orejas gachas y la música a otra parte. Yo pensaba: -“Qué absurdo… ¿Cómo puede ser? ¡No tiene ni pies ni cabeza…!”-

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Y es que no entendía aquel contrasentido. No entendía la hipocresía encerrada en aquella negativa; en aquella política de empresa.

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No comprendía cómo podía ser que en esa cadena, en línea de caja, te invitan y animan a llevar tus propias bolsas de casa, y de hecho, te penalizan si no la llevas, ya que si pides las suyas te hacen pagarlas, y a la vez, dentro del establecimiento, en la sección de frutería, te prohíben hacer eso mismo, y te obligan a utilizar sus bolsitas. ¿Quién podía entender eso? ¿Qué política medioambiental es esa? ¿Cómo pueden alardear de innovadores y de favorecer un comercio sostenible con este ejemplo de mierda? No entendí aquello.

Cómo poner la etiqueta en una bolsa reutilizable

El gran problema de las bolsitas de plástico donde metemos las frutas y verduras del súper, o de cualquier pequeño comercio, ya puestos, tal y como yo lo veo, es múltiple: por un lado, no son de plástico ecológico o biodegradable (como sí son algunas supuestas bolsas más modernas, fabricadas a partir de fécula de patata, por ejemplo).

Tienen también una vida útil real ínfima, consistente en lo que dura el trayecto de la tienda hasta tu casa, ya que no se suelen reutilizar y suelen romperse para abrirse, porque quitar el nudo o la etiqueta suele dar mucho trabajo o se rompen al hacerlo, al ser tan finas. No son útiles.

Y por último, no son como una bolsa grande de línea de caja, en la cual puedes meter muchos artículos a la vez, sino que aquí, cada artículo concreto debe ir, por cuestión de precio, en su propia bolsa, de tal manera que si compras un pimiento, una manzana, una pera, dos tomates y un pepino, debes por fuerza, utilizar cinco bolsitas diferentes. Que van a ir directas al cubo nada más entrar en casa.

¿Os hacéis una idea de la cantidad de basura generada a lo tonto, que significa eso? ¿La cantidad de plástico prácticamente inútil que puede salir de un híper grande, como puede ser el Carrefour de turno de mi barrio, o del tuyo, cada día de cada semana de cada mes? Ahora extrapola y piensa en todos los híper, supermercados o pequeños comercios de barrio que hay por todo el país, utilizando el mismo sistema. Por no hablar también de sus primos hermanos, los guantecitos de plástico o las bandejitas de pvc, claro. También usadas últimamente en pescadería y carnicería, en muchos establecimientos, por cierto.

Aquel día no pude hacer nada a la respecto, pero salí de allí teniendo una cosa clara, y es el gran acierto y el gran regalo de esta historia. Yo tenía claro que quería usar mis bolsas. Por tanto, no sabía si volvería a ir a comprar allí. Y no sabía si cambiaría en algo el parecer de ese establecimiento, pero yo debía y quería dejar reflejado mi malestar por escrito; quería que alguien, el responsable de turno de allí, se diera cuenta de que todo aquello ESTABA MAL. Que hay algo contradictorio en todo esto. Quería dejar constancia de ello.

Y así he hecho unos días después. Resumiendo, me acerqué a información, y expuse allí lo que me ocurrió. Quería que alguien me lo explicara, y me ofrecieron una hoja para anotar la sugerencia. Pero además, la chica que me atendió, muy amable, me dijo que esperara, que iba a intentar localizar a la jefa de la sección de frutería, para preguntar directamente.

¿Y qué ocurrió? Que la localizó. Que hablaron por teléfono, y que llegaron a una conclusión: el único inconveniente que encontraban era el detalle de poner la etiqueta del peso/precio en la bolsa, ya que debe quedar bien cerrada y sin posibilidad de abrirse. Y que si yo no tenía inconveniente en que se pusiera la etiqueta, que podría pasar con ellas y utilizarlas sin problema.

¡Victoria! ¿Cómo me iba a suponer eso un problema? ¡Si las bolsas vienen perfectamente adaptadas para poder hacer eso! ¡No hay problema ninguno!

Así que el final anticipado de este pequeño drama doméstico, ya os imagináis cuál es. Al día siguiente, volví a entrar. Antes de pasar, me acerqué de nuevo a información, enseñé mis bolsas reutilizables a la responsable que andaba por allí (quedé en hacer eso cuando salí la vez anterior, que no quería más sorpresas), y me acerqué a la frutería. Antes de llenar nada, me acerqué a hablar con el mismo chico de la otra vez, el de las básculas, y le conté el percal:

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-“Oye… Buenas. Soy el plasta del otro día, el de las bolsas reutilizables. Que me han dado el visto bueno para poder usarlas…”-

-“Pues a mí nadie me ha dicho nada… Espera un segundo que voy a verificar con la supervisora, y ahora vuelvo…”-

-“Genial. Tranquilo, que aquí te espero…”- 

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Y volvió. Con un OK perfecto. Y de allí que me fui con la mayor de mis sonrisas, cargando con mi compra en mis flamantes bolsas reutilizables.

yo, con mi primera compra con bolsas de frutería reutilizables en Carrefour.

Como colofón, apenas unos días después probé también en la frutería del mercadito de mi barrio. Allí, como era de esperar, no solamente no me pusieron traba alguna, sino que los mismos empleados alucinaron bastante con las bolsas. Les hicieron fotos, me preguntaron, y me dijeron que se las enseñarían a su jefe, y que ellos mismos comprarían estas bolsas. (Ya no sé si a nivel particular, o con el ánimo de tener una remesa en la tienda y revenderlas a sus clientes, la verdad).

El caso es que ambos fueron momentos de esos en que parece que los astros se alinean y en los que piensas que por una vez, todo cobra sentido. Que leer, que escuchar, que escribir, que actuar, que tener fe en lo que haces, funciona. Que sabes que estás haciendo lo correcto, que vas por el buen camino y que lo que haces realmente sí que marca una diferencia.

Que un gigante del comercio multinacional como Carrefour se pliegue a tus justas demandas y aprenda de sus fallos. Que un pequeño comercio abra los ojos y conozca nuevas formas de ofrecer sus productos. Que tú, con un simple gesto, aportando el tan famoso granito de arena, puedas ayudar a cambiar el paradigma de consumo masivo de esta sociedad, intentando acercarte a un modelo más sostenible, justo, racional y amable con el medio ambiente… Eso, como diría el famoso anuncio, NO TIENE PRECIO. Oye, que todavía me dura el subidón. 

Quiero dar gracias desde aquí al personal del Carrefour de mi barrio, que en mi caso concreto, hablando, con educación, criterio y buen hacer, dieron la vuelta a esta rocambolesca situación, al igual que quiero agradecer hasta el infinito a las chicas de la tienda Usar Y Reusar, por enseñarnos y mostrarnos que otro camino y otra forma de consumir, es posible.

Volveré, por lo tanto. Seguiré comprando con mis bolsas reutilizables de frutería allá por donde vaya. Que todos los fruteros del barrio me conozcan, y que alguno de los que pasen a mi vera me vean, y se animen a preguntarme. Ojalá muchos lo hagan, y tenga que contarlo muchas veces. Y que el ejemplo cunda y se expanda entre la gente como balsa de aceite. Los primeros, por cierto, en mis hijos y mi familia.

Moraleja:

Aprende. Reclama. Habla. Actúa. Muévete. Insiste.

Si lo intentas, a lo mejor te sorprende lo que puedes conseguir. Y no pierdes nada por hacerlo. 

 

PD: por cierto… Visto el éxito, creo que voy a necesitar algunas bolsitas más. ;P