Y yo con estas barbas

Relatos sobre mis experiencias y expectativas como padre novato

Papi no sabe ayudarme

2 comentarios

La verdad es que esta bola rápida no la he visto venir.

Hoy acaba de darme un hermoso sopapo uno de estos momentos con los que todo padre o madre se topa de bruces tarde o temprano en esta carrera de fondo que es la crianza de los propios lechones.

Mi hija nos ha soltado directamente un muy doloroso -“…Es que papi no sabe ayudarme.”- Directo y sin anestesia. Y claro, mi tierno corazón ha sentido de lleno toda la fuerza y el escozor de la fría y amarga puñalada, de esta reveladora y cruel nueva realidad.

No sé si los antecedentes o el contexto son relevantes… Basta decir que Churri estaba fuera por un recado, y yo en casa con los dos críos. La mayor, ya terminado su desayuno hacía rato y haciendo propiamente la zascandila, como es menester. El pequeño y yo, todavía desayunando.

Insistiendo a la mayor que se ponga en marcha con sus tareas (a saber, la rutina diaria de quitarse el pijama, vestirse, peinarse, lavarse los dientes, recoger su cama y ponerse en su mesa y arrancar con los deberes del día del cole… Pfffff, sí, TODO eso. Que yo les entiendo, ¿eh? Que aquí también pasamos todos por aquello…), ella ha jugado hábilmente las cartas que las circunstancias habían puesto en su mano, desplegando sus ya muy desarrolladas habilidades dramáticas, y se ha declarado en ilegítima rebeldía, argumentando con la astucia que le dan sus muy vividos seis años de pajaruela que ya tiene. Y que hasta que no volviera su Santa Madre, ella no se movería ni haría nada de nada.

Y siguiendo en sus trece, hasta que al poco en esto regresa la Santa Madre, y claro, la otra al ver el panorama de ¡Pero bueno! ¿¿A estas horas y todavía así, que no has empezado con las cosas del cole todavía??, como la mar gruesa cuando avecina por la Tramuntana, enseguida ha saltado con esa argucia, esa vil frase que me ha sentado a cuerno quemado, que brotó ahí de su tierna boquita como si cualquier cosa…

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“…Es que papi no sabe ayudarme.”-

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Y me he hundido un poco yo solito en mi miseria. Me lo van a permitir.

Todo viene yo creo, de un día, una de estas mañanas de pandemia, en que aquí esta persona humana y cárnica que os escribe se puso al lío con la niña, que debió si no amanecer ya torcida, seguramente se torció a eso de las desayuno, desayuno-y-media de la mañana. Vete tú a saber porqué. (Igual fue que apagamos la tele, o alguna tragedia griega de estas…)

El caso es que inicié la cita escolar mañanera con ella. Algo de mates. O las horas del reloj, o averigua tú el qué… Y al poco, ya estaba aquella resoplando cual tetera, y el mundo viniéndosele encima. Nada que ver con la mañana anterior, que la cosa fue fluida y bastante bien. Iluso de mí, que pensaba que aquello podría durar y que todos los días serían jauja.

Ahí nos enzarzamos, o la cosa se lió… Ella sacó su Hamlet interior, yo mi impotencia de los días de no tengo el tótem para farolillos, y se nos truncó el amor de tanto usarlo… Y ahí quedó el drama. Desde aquella fallida mañana, la niña pidió el comodín del cambio, volvió a requerir a su madre en las labores de tutelaje escolar (que era con quien había empezado con esto, semanas atrás, dicho sea de paso) y poco ha querido volver a saber de mí a este respecto.

Es decir, que de aquella, me plantó la etiqueta de “MI PADRE, POR AQUÍ, NO”.

 

drama queen. Mi hija es una dramitas.

 

Y es que bueno, no por intuirlo a lo mejor, hace menos daño el escucharlo de viva voz. La confirmación del presentimiento. La crónica de una muerte anunciada. Y pese a que con ella también se trae trifulcas, perifollos, desmanes, llantinas, bufidos y desabridas desavenencias, desde entonces ha sido su madre la que ha ido de la mano con ella en el tema de los deberes, casi la totalidad de los días, mientras que yo me dedico al pequeño y a labores caseras. No sé si es que con ella se resigna, porque ha agotado el cupo de cambios, o es que realmente está más a gusto.

Esta es mi losa. Mi temor. Mi bajona de hoy, con luces de neón y flechitas parpadeantes apuntando a este padre luser. Resulta un combate que ni siquiera sabía que estaba librando, y de repente me veo tumbado en la lona a las primeras de cambio y por nocaut. No he oído ni el ding-ding de la campana.

Mi hija, etiquetándome. Después de todo el machaque que nos ha dado el bueno de Alberto Soler con este tema, y es mi hija la que me cuelga la etiqueta a mí. Manda webs.

Pero con una etiqueta de las que nadie quiere… De las chungas. De las de “Producto defectuoso”. De las de –“Este ejemplar no me sirve, señora cajera… Lo pone aquí, oiga. Mire. Deme mejor otro…”- Mi hija, sacando una libreta mental, haciendo –click- a su boli y poniendo una X enorme o dibujando una carita triste, que para el caso tanto igual da, junto al epígrafe de “Papá y las tareas del cole” en su lista de –Cosas de papá en las que puedo confiar–. Mi hija, haciéndome, en esencia, un Jaime Lannister en toda regla: -“Una vez maté a un rey, y desde entonces me llamaron Matarreyes…– O lo que es lo mismo, una vez tuvimos un mal día, y desde entonces, ya no valgo para ayudarte con las clases. Nunca más, por lo que se ve.

¿Cómo he fallado de esta manera? ¿En qué momento mi hija ha logrado asociar y asimilar mentalmente que ya no se fía de su padre para ayudarla en todo lo que sea? Que ya no puede contar conmigo para cualquier cosa que ella necesite. Es duro pensar en esto, en serio.

Nunca pretendí ser un súper padre, y sabía que estos momentos llegarían, que tampoco me he caído de un guindo, pero sinceramente, os diré que no pensaba que llegaran tan pronto. Con 6 añitos, pensaba que todavía esa parte de la inocencia seguiría ahí. Pensaba que esta ilusión duraría al menos un poco más. Qué sé yo. Hasta los 8 o los 9 años… Llamadme loco. Aunque realmente tampoco me ha dado nunca por pensar sesudamente en esto, no os voy a mentir.

Pero supongo que también eso dice algo a favor de su inteligencia, claro, si lo rumio bien. Habrá que mirar lo positivo de este palazo, digo yo. La jodía es lista. Intuyo que eso al menos es algo bueno que sale de este tragicómico episodio. Como decía el gran dios Carles Capdevila en aquel grandioso monólogo para la eternidad, -“La misión de los padres consiste en espabilar a los pequeños, y tratar de controlar a los mayores…”- Y al menos, esta parece estar espabilando y dándose cuenta de que no todo el monte es orégano. Igual tan mal no lo estamos haciendo, entonces.

Bueno… Eso tiene de positivo, y el recordar también que yo tenía un blog en alguna parte, ya de paso. Un blog en el que yo solía recoger y atesorar tonterías de este tipo. Un lugar donde poder llorar mis mierdas a gusto; mierdas monguers como la de hoy, y con suerte, compartirlas con algún gato o gata despistada que pase por ahí. Es bueno, de repente, recordar que tienes un blog. Bendito blog.

En fin. Supongo que toca lamerse las heridas, tragarse el orgullo y pensar que mañana será otro día, y que nunca es tarde para enderezar el rumbo de esta nave del misterio. Seguiré insistiendo, y metiendo caña y cuña cuando pueda, y veremos cómo puedo hacer para que la cosa se arregle. Y por supuesto, habrá que intentar que esa nueva prescencia suya, esa capacidad de discernir o adivinar en qué múltiples cosas de repente su querido papá está por debajo del umbral de lo molón y lo resolutivo, se retrase todavía un poquito más, a poder ser. Dejadme darle todavía unos tragos más a la ilusión, porfa.

Estoy jodido, lo reconozco. Me ha escocido. No todos los días afronta uno a bocajarro la realidad de su difusa inutilidad, y sin derecho a revancha o a una simple réplica. Pero aquí os digo también que otra cosa que no sé si sabe aquí mi listilla, es que los Lannister siempre pagan sus deudas.

Y mi deuda eterna con ella, como buen padre suyo de ley que soy, siempre estará presente. Y el pago de dicha deuda consiste entre otras cosas, en que llegado el momento preciso, y aunque me quedase manco de una mano, siempre habré de estar ahí, detrás, o a su lado, para al menos intentar ayudarla o guiarla en lo que buenamente ella quiera o necesite de mí. 

Ley de vida. Tendré que conformarme con eso.

 

Autor: ¡Y yo con estas barbas!

Ilustrador, diseñador y orgulloso nuevo papá de una lechona linda como la brisa del mar... Ando en constante diálogo con el día a día, persiguiendo a esa esquiva, la plena felicidad.

2 pensamientos en “Papi no sabe ayudarme

  1. Aquí una gata despistada que llegó y con despiste del bueno porque leí PEPI no me sabe ayudar jajajjajajajaj serán las horas que no acompañan.
    No conozco a tu hija pero como sea como la mía mucho ánimo porque aquí nos tiene cogidos bien por donde nos duele a cada uno y la jodia lo sabe eh??
    Esto lo enderezas tú con una de pipas.
    Ánimo amigo 💪🏻💪🏻💪🏻

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    • Jejeje… ¡Eso espero! La verdad es que fue más bien el shock del momento. Que me dije a mí mismo… -“¡Pero bueno! ¿Y estoooo…? ¡Esta niña…!”- Y luego, efectivamente pensar que mira, anda con mi Churri ahí con la cosa escolar, al tran tran, a veces guay, a veces de uñas, pero sí que parece que no quiere saber del tema “deberes” conmigo. En fin… ¡Críos!
      ¡Gracias por pasarte, gata bonita! Saludaré a PEPI de tu parte, sea quien sea, cuando la vea. 😉

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